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20-06-2016
La Jornada

Brasil no será el mismo país después de esta profunda y prolongada crisis, que no ahorró a ninguna institución política pero, sobre todo, cuestionó la legitimidad del sistema. Brasil saldrá mejor o peor, más democrático o más autoritario.

Saldrá peor si el golpe se consolida, porque el periodo democrático de la historia brasileña tendría un cierre de ruptura, con una banda de políticos aventureros asaltando el Estado sin votos, sin legitimidad, buscando deshacer todos los avances logrados en años recientes. Habrá sido la consagración del método del golpe, de la falta de respeto a la voluntad democrática de la mayoría.

Pero Brasil saldrá mejor si se impone una solución democrática a la crisis, si a las más grandes movilizaciones populares, a los argumentos irrefutables en contra del golpe y en favor de la democracia se une una solución política que combine respeto a la democracia y legitimación de la consulta popular.

En entrevistas con televisoras y blogs alternativos la presidenta suspendida de sus funciones, Dilma Rousseff, reafirmó su derecho a retomar en su plenitud la presidencia de Brasil, para la cual fue electa democráticamente, pero, al mismo tiempo, reveló su comprensión de la dimensión de la crisis brasileña y reiteró que "Brasil necesita una repactación por el voto".

No un sufragio que sustituya el mandato legítimamente conquistado por ella, pero sí uno que reafirme los caminos que Brasil debe seguir a partir de una crisis tan profunda como esta. Ello supone una derrota del golpe en la votación del Senado, el 16 de agosto; esto es, que no logren los dos tercios de los votos para que Rousseff reasuma plenamente la presidencia del país para, a partir de ahí, consultar al pueblo sobre los caminos a seguir. En lo esencial, si el pueblo quiere nuevas elecciones o no.

Rousseff se ha reunido con los movimientos sociales para discutir el sentido de cada alternativa planteada. Ella se dispone a hacer una carta-compromiso sobre el programa que desarrollaría con la continuidad de su gobierno –que contaría con Lula da Silva como coordinador y tendría como principal cambio respecto de lo que ella estaba desarrollando– y retomar la política económica típica de los gobiernos del PT: desarrollo económico con distribución de la renta.

Lo más importante es buscar y encontrar una salida política democrática a la crisis, mostrar que el golpe no es el camino para el país, que no aguanta los retrocesos que se quieren imponer. Mostrar que, más allá de las movilizaciones y los argumentos, hay capacidad de articulación política para imponer una salida democrática a la crisis, que parece interminable.

Se trata de impedir el plan de los golpistas: obtener dos tercios de los votos en el Senado y seguir, de forma acelerada a partir de ahí, el desmonte del patrimonio público nacional, de los derechos de los trabajadores, de los recursos para las políticas de educación y salud, de la política externa soberana, de todo lo positivo que se logró en estos años, llegando a 2018 con un país desecho, reordenado según los dictámenes estrechos del mercado controlado por el capital especulativo.

Se vislumbra así una vía de derrota de los golpistas en el Senado, en caso de que la propuesta de plebiscito agregue a senadores en número suficiente para impedir que el golpe vuelva a tener dos tercios de los votos, lo cual permitiría el retorno de Rousseff a la presidencia y la convocatoria, que tendría que ser aprobada por el Congreso, del plebiscito. Es una posibilidad, la única concreta que se puede vislumbrar, de derrota del golpe y de reafirmación de la democracia en Brasil. En caso de darse, el país saldría más fuerte, la democracia renovada, el pueblo más confiado y decidido a tomar de una vez en sus manos el destino de Brasil.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/06/18/opinion/022a1mun

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