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Los residentes del Mojón 301(Libertad, Uruguay), que durante algunos años tuvieron la "suerte" de estar -y aprender- con el Viejo Lenin -como cariñosamente le llamábamos- Lenin Prieto, no Ilich, recibimos dentro de tantas enseñanzas, memorables charlas sobre filosofía. Y nos costaba, y aún no lo consigo, entender la dialéctica de Hegel, luego dada vuelta de cabeza por Marx. Pero por difícil que sea la comprensión teórica, nos decía "nuestro Lenin: "LO VERDADERAMENTE DIFICIL ES PENSAR DIALECTICAMENTE".

Vaya un sentido homenaje a aquel formidable ser humano, profesor, filósofo, que tanto nos ayudó a pensar, a ser un poquito mejores.

Cuando leía el "comentario" de Aldo, pensaba en que contento estaría Lenin Prieto, si pudiera leerlo. Y que bueno que podamos, a través de este texto, internarnos en ese difícil oficio que es pensar dialécticamente.
quehacer.com.uy

Comentario sobre una declaración en torno a la situación de Venezuela.
Aldo Scarpa
Mayo 2017
   A más de un cuarto de siglo de la desaparición del “socialismo real”, por primera vez,  los grupos y tendencias de la izquierda uruguaya autodenominados “renovadores” se han visto obligados a dejar su cómodo mundo de “los valores universales”.   Como no podía ser de otra manera, una revolución provocó su incomodidad: “la Revolución Bolivariana”.   Y, por si fuera poco, un proceso de “nuestra América”.    Finalmente, como era de esperar, el devenir histórico los ha dejado a la intemperie, los ha arrastrado de su imaginario reino de la “universalidad” a la durísima realidad de los procesos sociales y políticos del capitalismo.
   Al compás de la atronadora campaña de los grandes medios de comunicación (cuando no), aparece, con fecha del 15 de marzo de 2017, una declaración pública de “un grupo de frenteamplistas”, “Por la democracia y la paz en Venezuela” a la cual habrían adherido en aquella fecha 230 dirigentes de distintos sectores del Frente Amplio.  A la hermana y “pobre” Venezuela le ha llegado “su minuto de gloria”;  todo el mundo, y particularmente los latinoamericanos, debemos hablar y preocuparnos de su proceso político.   Desgraciadamente no se nos informó ni fomentó tanto interés, inquietud y preocupación cuando la democracia venezolana era corroída por la corrupción y demagogia hasta ser rescatada por el “Chavismo” a fines del siglo pasado.   Ni cuando un frustrado golpe de estado intentó derrocar y asesinar a un Presidente, este sí, electo democráticamente.
   Es que los grandes medios de comunicación camuflados con su cínico punto de vista sobre “la libertad de prensa” no hacen otra cosa que cumplir a pies juntillas con los mandatos de sus amos, que nada tienen que ver con la información necesaria para una ciudadanía capaz de ejercer la libertad y la democracia.   Por el contrario, ellos juegan cínica e irresponsablemente con las tragedias de los pueblos y, cual si fuera un cine, suben y bajan noticias de “cartel” según las necesidades de sus amos; vale decir, de EEUU y la OTAN.   Sus amos les ordenan cuando se debe atosigar e inundar a la ciudadanía sobre una realidad creada, inventada, provocada y/o manipulada a su antojo y cuando, alcanzado el objetivo, el título debe bajar de “cartel”, debe sobrevenir el más irrestricto silencio, el ocultamiento de los trágicos resultados alcanzados.   “El dolor lo callan quienes lo hicieron”, canta Patxi Andión.

   Irak y sus supuestas armas nucleares fue noticia exclusiva en los grandes medios hasta que la invadieron; del millón de muertos (un tercio de Uruguay) que se contabilizan tras de la invasión no sabemos nada.   ¿Y qué sabemos de Afganistán?  ¿Allí ya no pasa nada digno de ser informado?   ¿O cuando EEUU y la OTAN lo decidan conoceremos las escenas del próximo capítulo?   Hace pocos años a Libia le tocó el honor de ser “la estrella mundial” en las pantallas, pero dicho prestigio duró sólo hasta que su Presidente fue derrocado y, cual show del orden democrático mundial, se nos presentó en vivo su asesinato; ¿qué será de los libios? ¿Existirán sobre la tierra?         En estos momentos la irracionalidad y el temor lo siembran a costa de los coreanos del norte, en tanto ellos mediante un terrorismo irracional despedazan Siria.  Sin embargo, ahora le toca a una hermana,  ¡cuidado!, después no valen lágrimas de cocodrilo, cada cual debe saber bien donde se va a ubicar.   Además, como decía Brecht, se van acercando…, esperemos que no sea demasiado tarde.  
   La Declaración adolece de una absoluta falta de fundamentos teóricos e ideológicos.  Es, por tanto, incoherente y contradictoria.   En consecuencia, es políticamente estéril e infecunda.   ¿Cuál es el camino a seguir, más allá de los deseos y las buenas intenciones de los firmantes, respecto al proceso político real de Venezuela?   Veamos de cerca el texto.
   “Rechazamos el autoritarismo del régimen de Nicolás Maduro”.   La Declaración basa esta posición, “en la lucha la dictadura cívico-militar de Uruguay que unió a los demócratas de nuestro país, y todas las luchas históricas de los pueblos por la libertad”.  En ese sentido, exigen “el fin de la represión de la protesta social con el uso desmedido de la fuerza bruta por el estado, la acción de francos tiradores encubiertos de grupos de oposición y grupos armados irregulares progubernamentales” y “la restauración del hilo constitucional violentado por la supresión reiterada del derecho al sufragio;  el decreto que invalida las leyes aprobadas por un Parlamento legítimo y recientemente electo en las urnas, la suspensión indefinida de las elecciones regionales, la violación de los derechos de los ciudadanos que firmaron para habilitar el referendo revocatorio”.   Para exigir, “el cese de las violaciones de la Constitución y los derechos democráticos en Venezuela”.   “Por eso los hechos que ocurren en Venezuela invocándola exigen una definición clara”.
   Algunos comentarios.   La lucha por la democracia y las libertades es entendida como un proceso idílico, puro y transparente; carente de todo error y exceso.   ¡Quién no lo quisiera así!, ¡Qué cosa más bella!  Si le pidiéramos a los compañeros firmantes un solo ejemplo histórico de un tal proceso, no tendrían ninguno.   Y cuando alguien se maneja con ideas y verdades que sólo se confirman y sólo son válidas en sus cabezas y nunca se expresan en el proceso político real está aferrado a un dogma.   Y un dogma es un dogma, no importa el signo de la afirmación dogmática.   Por otra parte, concibe el proceso histórico como oposición de antitéticos abstractos y absolutos, inamovibles;  incapaces de concebir la transformación de uno en el otro con contenido precisamente contrario.   Se trata de “democracia” o “autoritarismo” aunque que esta no sea la existencia real de los mismos.   Por el contrario, lo común en los procesos históricos es que un proceso “democrático” deba adquirir ciertos rasgos “autoritarios” para enfrentar un “autoritarismo” regresivo cuyo triunfo supondría un retroceso en toda la línea.   Bastaría recordar el jacobinismo en la Francia revolucionaria o el “autoritarismo” artiguista encabezado por el propio Artigas.   Esto si es real, no un dogma.   Más allá de nuestros deseos, así se han desarrollado los procesos históricos en la tierra, no en el paraíso de los “valores universales”.   Y esto ha sido así ante de la revolución francesa y después de la misma.   Y no tenemos ningún dato para suponer que esto haya cambiado o vaya a cambiar, precisamente, el proceso es una confirmación de esta continuidad histórica.   Como veremos, la misma Declaración constata hechos que no hacen más que confirmar la actualidad de esta dialéctica de revolución-contrarevolución en nuestro continente.  No existe un solo proceso realmente transformador que no sufra las consecuencias de esta dinámica.   Ejemplo de procesos transformadores por vía democrática, “legal” tenemos en América Latina.   Por ejemplo, Guatemala y Chile.   En ambos casos la tragedia sobrevino porque las fuerzas progresivas se vieron impedidas de imponer su “autoritarismo” al “autoritarismo” regresivo  de las clases dominantes y el imperialismo.   Precisamente, en Venezuela ocurrió (y por ahora ocurre), lo contrario; las fuerzas democráticas y progresivas tuvieron y parecen tener la capacidad para responder con su “autoritarismo” democrático y progresivo al “autoritarismo” reaccionario.   Y, sin embargo, es a la capacidad de respuesta de este proceso y a su “autoritarismo” al que acusa la Declaración.   Curioso, ¿no?
   Por otra parte, la Declaración asume sin más la información con la que nos invaden los grandes medios de comunicación; “francotiradores encubiertos de grupos de oposición” “grupos armados irregulares progubernamentales”, etc.   ¿Será tan así? ¿No tenemos los latinoamericanos una larga experiencia acumulada como para albergar, por lo menos alguna duda?
   Sin embargo, otros pasajes de la Declaración acentúan su carácter contradictorio y su incoherencia política.   Así, podemos leer:    “sectores de la oposición han apostado a la desestabilización antidemocrática y al ejercicio de la violencia desconociendo la legitimidad de un gobierno cuya autoridad emanaba de elecciones avaladas por organismos internacionales de observación y veeduría confiable”.
   ¡Excelente!  ¡Correctísimo!  Todo aparece intelectualmente muy honesto.  Pero entonces; ¿qué conclusiones ideológicas y teóricas  y qué consecuencias políticas debería derivar, no diría ya un revolucionario sino un hombre de izquierda, de estas comprobaciones prácticas?
    Si para comprender, conocer realmente un proceso o un fenómeno es necesario estudiarlo en su génesis, en su desarrollo histórico y en su actual automovimiento, tener presente esta constatación es imprescindible.   Por cierto, apenas accedió Chávez al gobierno comenzó a ser hostigado por la derecha venezolana y el imperialismo hasta legar al intento derrotado de golpe de estado y asesinato del Presidente.   A este acontecimiento no se lo puede tomar como un hecho aislado  “muerto y enterrado”; sino como un hito que marca a fuego desde su origen el devenir del proceso bolivariano, lo condiciona.   Y esta es una enseñanza que todo dirigente de izquierda y todo revolucionario tiene la obligación de aprender por responsabilidad ante su pueblo.    No creerán los compañeros que las clases dominantes y el imperialismo asumieron la derrota desistiendo de todo acto violento y antidemocrático y se ajustaron a las normas de la legalidad democrática.   ¡No!,  continuaron actuando y conspirando ininterrumpidamente.   ¿Acaso puede explicarse la situación actual sin tener en cuenta este proceso?  ¿Acaso el “autoritarismo” de Maduro es la consecuencia del criterio antidemocrático de un carácter autoritario y no la respuesta a la política contrarrevolucionaria?  ¿Acaso la responsabilidad de los dirigentes de un movimiento político que hizo avanzar a su pueblo hasta la situación actual daría lugar a otra respuesta, a otra actitud?
    Lo curioso, lo paradójico, lo tragicómico del caso podríamos decir, es que la Declaración lo dice sin vacilaciones, y ya no sólo en relación a Venezuela, sino como una estrategia continental, que impone a los movimientos democráticos populares, “revanchas de derecha clasistas y elitistas, sea mediante formas represivas y rupturistas de garantías constitucionales -como por ejemplo sucede con decenas de desaparecidos o asesinados en Brasil, como Colombia o Méjico este mismo año- sea mediantes formas más “suaves” de derechas empresariales que promueven el fin de conquistas sociales y la implantación de modelos salvajes de globalización y libre mercado sin estado ni democracia social”.
   ¡Muy bien!..., ¡Y sacamos una Declaración contra el “autoritarismo de Maduro”!  ¿Cómo se compagina todo esto!
   Pero el asunto va más allá.   La declaración incluye una correctísima posición sobre el imperialismo en general y sobre el norteamericano en particular.   Rechaza toda “interferencia de los EEUU y otras grandes potencias que también violan DDHH, carecen de autoridad para erigirse en fiscales de democracias y que en la afirmación externa de sus intereses imperiales, amenazan la soberanía popular de naciones pequeñas o débiles”.
   ¡Muy bien!  ¡Muy interesante!  Pero, ¿cómo se transforman estas palabras en un coherente antimperialismo, consecuente en el proceso político real?   ¿Acaso los compañeros consideran que en el caso venezolano, “la derecha elitista y clasista”, “la derecha empresarial” actúa motivada por principios democrático, pacifistas y rechaza con dignidad nacional “la interferencia de los EEUU”?    ¿O es que los EEUU no han intervenido en el proceso venezolano?   ¿O será que intervinieron pero aleccionados han asumido los “valores universales” de la democracia y la autodeterminación de los pueblos?   No; la gran burguesía venezolana es, al igual que todas sus hermanas nativas una clase “nacional” que integra, en última instancia, el frente norteamericano para la aplicación de su estrategia continental y mundial.   Y la derecha venezolana, es hermosa “oposición democrática”, más allá de los deseos e intenciones de algunas fuerzas subalternas del bloque opositor que engrosan sus filas y pronto serán rechazadas cuando ya no sean necesarios sus servicios, es el brazo político de esta estrategia en el país hermano, que bien deseosa y preparada estará en caso de triunfar para, ni bien se apaguen los reflectores y los serviles medios de la “prensa libre” sean llamados a silencio, perpetrar una revancha criminal.   Entonces, no faltarán los preclaros intelectuales que hoy acusan al gobierno de Maduro que sentirán una profunda desazón porque otro proceso histórico-político  no habrá seguido sus limpias y puras ideas democráticas o, mejor dicho, porque los acontecimientos de la vida terrenal intentarán enseñarle por milésima vez que la “democracia pura” no es más que una pura idea que sólo existe en su cabeza.
    El proceso bolivariano fue, al igual que Cuba o Nicaragua en su momento (lo que no quiere decir que Venezuela sea Cuba ni Chávez Fidel), quien inauguró una nueva época en Latinoamérica que algunos llaman la “era progresista”,  pero que dicho con mayor criterio científico significó el avance de fuerzas de izquierda en varios países del continente que abrieron grietas, asestaron un golpe importante al consenso de las clases dominantes y el imperialismo y que sólo podían (y debían) avanzar en la construcción de una nueva hegemonía ético política sobre la cual fundar un nuevo consenso.     Por lo tanto, no fue casualidad ni un hecho aislado el tempranero intento de golpe de estado ni que Venezuela sea para la estrategia imperial el objetivo fundamental del momento, la más importante fortaleza a destruir por esta contraofensiva revanchista que denuncia la Declaración.   Lo grave, lo increíblemente absurdo, diríamos lo cómico sino fuera trágico, es que la Declaración, más allá de intenciones converge objetivamente con los propósitos políticos concretos de la “derecha clasista y elitista” venezolana: atacar y derrocar al gobierno venezolano.   Lo tragicómico es que los compañeros denuncian al imperialismo, especialmente al estadounidense, que amenaza “la soberanía popular de naciones pequeñas o débiles”; pero, el problema es que la política siempre es concreta y, por lo tanto, si partimos (debemos partir) de las fuerzas reales en pugna hemos de suponer que los firmantes de la Declaración abrían la esperanza de que el triunfo de la derecha venezolana o el retroceso del gobierno “autoritario” de Maduro significará no una amenaza; sino, por el contrario una garantía para la soberanía popular de esa nación y “pequeña y/o débil”.    Paradójico, ¿no?    Más aún, si tenemos en cuenta que precisamente el proceso bolivariano, seguramente con aciertos y errores, puso sobre un nuevo nivel, amplificó, la reivindicación de la soberanía nacional y popular, no sólo en Venezuela, sino en el continente. 
   Sin embargo, los compañeros nos advierten donde radica el error en este caso, se aprestan a impartir algunas lecciones de táctica al gobierno venezolano.   Tengo la impresión que las mismas no difieren en lo sustancial de las escritas por algún exaltado
“fogonero”1.   “La respuesta autoritaria del régimen de Maduro, y su propio desconocimiento de la democracia, sólo fortalece una radicalización de todas las corrientes y partidos de oposición, la confrontación dentro del pueblo”.
   Nicolás; anda llevando.   Un tanto pedantesco, ¿no?   ¿Qué nos podrían decir los compañeros venezolanos de nuestro proceso que anda a la deriva y en el cual no poca influencia tienen muchos de los firmantes?   En verdad, no conozco en profundidad la realidad venezolana, la composición de fuerzas y la dinámica de las mismas, ni estoy inmerso en el proceso como para erigirme en consejero sobre lineamientos tácticos.   Lo que sí se y  de lo que estoy seguro, es que, a diferencia de Uruguay por razones en las que no nos podremos detener aquí y por exclusiva voluntad de una “gran potencia” que se propone “la afirmación externa de sus intereses imperiales” y de las “derechas clasistas y elitistas”, el proceso bolivariano no transita ni ha podido hacerlo desde su génesis “tiempo de desarrollo político normal”.   Más aún; lo característico de la actual situación política en Venezuela es la aguda polarización del proceso, seguramente los condicionamientos de su desarrollo difícilmente podrían haber conducido a otra situación.   El error consiste en trasladar mecánicamente lineamientos tácticos-estratégicos propios de un “desarrollo político normal” a situaciones extraordinarias, no “normales”.
   Sin pedantería y con menos dogmatismo no olvidaríamos que la tarea siempre es “de orden nacional”.   Al respecto, recuerdo cuando Gramsci decía que Ilich ya había comprendido que era necesario pasar de la guerra de maniobras victoriosa en oriente a la guerra de posiciones, “la única posible en occidente”, sostenía que Ilich no había tenido tiempo para “profundizar en su fórmula”  que por lo demás, “sólo podía profundizarla teóricamente, mientras que la tarea fundamental era de orden nacional, es decir exigía un conocimiento del terreno y una fijación de los elementos de trinchera y de fortalezas representados por los elemento de la sociedad civil, etc.”.   Permítaseme la analogía.   Aboquémonos a nuestra tarea “de orden nacional” con humildad que está bastante enredada y hay quienes avizoran nubes grises en el horizonte.   Avancemos en la dirección correcta en el “orden nacional” que es la única manera de contribuir al movimiento internacional que es, a su vez, el contenido de nuestra lucha.   Seamos internacionalistas y solidarios, no con nuestras abstracciones e ilusiones sino con los procesos concretos, único camino para defender nuestra propia independencia.
    ¿En qué consiste lo incoherente e irracional, lo estéril e ineficaz de la Declaración?   En profundos errores teóricos-políticos y filosóficos.   ¿Son los DDHH, la democracia, la libertad, “valores universales”?   Por supuesto.   Pero, ¿qué quiere decir esto?   ¿Sencillamente que son “valores universales”?   Entonces, son la nada misma; porque lo abstracto, lo general, lo universal, no existe.   Lo general, lo universal, sólo existe en tanto es susceptible de expresarse concretamente.   Y, precisamente, al expresarse concretamente deja de ser universal o, mejor dicho, niega total o parcialmente al universal precedente y promueve una nueva universalización; vale decir, una nueva generalización.   Si esto no ocurre, estamos ante una posición conservadora; más aún, reaccionaria en tanto combate y trabaja contra el surgimiento de lo nuevo y, por lo mismo, degrada y desnaturaliza todo lo progresivo de lo ya obtenido.   Este “universal” se retrae ante lo real, ante lo vivo.   Evade, evita, todo lo complejo, contradictorio, impuro del proceso histórico.   Rechaza y condena el movimiento cuando es realmente movimiento; es decir, creación y no simple sombra de lo existente y su dinámica.   Este “universal” fue creación en un momento histórico pero se congeló, ya no tiene trato con la vida.   Nunca acierta en sus previsiones y se enfurece con el mundo concreto que contradice sus ilusiones.   Está congelado y como tal es expresión de una gloria pasada y convalidación de un orden establecido.   Incapaz de renovarse.   Es puro dogmatismo.
   Y esto, precisamente esto, es la supuesta teoría de “los valores universales” que arraigó  en la cabeza de muchos compañeros de izquierda desde hace algo más de un cuarto de siglo.   Desesperados por escapar de viejos errores dogmáticos no encontraron mejor refugio que un nuevo dogma.   Pero peor; aquellos eran desvíos dogmáticos de una concepción del mundo progresiva, lo actual no son errores sino que es un dogma por esencia, histórico-concreto, pues se trata de una concepción del mundo regresiva, que justifica un orden establecido e irracional.   Quizás, precisamente por esto, hayan tenido la necesidad política y psicológica de autodenominarse raudamente “renovadores” y diferenciarse de los compañeros que no los seguían, poniéndolos en el lugar de lo erróneo, lo equivocado; es decir, una actitud típicamente dogmática.
   ¿Quiere decir esto que no existen “valores universales”?   Por supuesto que sí.   Pero son producto de conquistas parciales  de los pueblos.   No son productos acabados, de lo contrario, no son más que prejuicios y fuerzas ideales, el arsenal de una hegemonía ético política que garantiza un consenso regresivo.   No pueden ser valores idénticos a sí mismos; o sea, tal cual fueron concebidos por una clase que luchaba por la dirección de la sociedad y lo consiguió para asegurar tal dirección.   Y, por lo tanto, no pueden ser las instituciones y las prácticas de aquella clase, sino instituciones y prácticas futuras y/o impregnadas de contenido futuro, lo que sólo quiere decir, prácticas e instituciones de una nueva clase social, de un nuevo bloque histórico.
   Y si estos “valores universales” no pueden ser concebidos como algo acabado, mucho menos puede ser concebido su desarrollo como un proceso idílico, puro, lineal, producto de una  marcha triunfal irreprochable.   No la teoría, sino la historia enseña que en sus orígenes como en la lucha por su transformación cualitativa estos “valores universales” han sido presentados positivamente pero nunca han podido evitar su negación parcial o total de manera temporal por las propias condicionantes del proceso histórico social, para lograr consolidarse como una nueva realidad.   Pues estos “valores universales” cuando son concebidos no como un dogma que consolida un orden envejecido e irracional; sino como una síntesis provisoria permanentemente contrastada con el proceso histórico que se desgarra por parir lo nuevo, no se desarrolla en el mundo idílico de nuestros espíritus, sino en el duro y riquísimo infierno de sociedades reales divididas por fuerzas irreconciliablemente antagónicas.
   De Perogrullo; ¿no?    Sin duda.   Pero precisamente esto lo que no logra explicar ni resolver la Declaración.   Porque todo su fundamento teórico y político es la supuesta teoría de “los valores universales” concebidos abstractamente, absolutamente escindidos del proceso real, pura alienación, miedo a la libertad, a ir más allá de lo permitido por las fuerzas económicas y políticas dominantes.   Por primera vez en el continente, tras un cuarto de siglo, se produce un agudo conflicto entre los yanquis y un país hermano, en el cual este está en condiciones objetivas y subjetivas de enfrentarlos.   Los “valores universales” en tanto supuesta teoría progresista han sido puestos a prueba y desnudados en su carácter conservador y desmovilizador, en su total ineficacia y esterilidad como concepción política de las clases subalternas y, por lo tanto, del progreso.   La Declaración es una prueba de ello, un documento inapreciable.   Los compañeros aparecen tristemente, realizando un cuestionamiento abstracto, de palabra, al imperialismo y a las “derechas empresariales” “Elitistas y clasistas”, y atacando y denunciando concretamente, en la práctica al proceso bolivariano y al gobierno de Maduro.   La concepción dogmática sobre los “valores universales” da muestras así de los resultados que es capaz de producir y desnuda, más allá de las enajenadas intenciones e ilusiones de los compañeros, su carácter de clase.   Este es otro mérito del proceso bolivariano.

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