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Alejandro Nadal


La Jornada
28/08/2008

La gran promesa de cambio que hace Barack Obama sufrió un duro golpe recientemente, al recibir el apoyo de Robert Rubin y hace unos meses el de Paul Volcker. Ese tipo de refuerzo no ayuda a pensar en cambios.

Volcker presidió la Reserva Federal (Fed) en los años 70, década en la que Estados Unidos sufrió estancamiento con inflación. Explicando que “las familias estadunidenses tienen que disminuir su nivel de vida”, la respuesta de Volcker fue un incremento a las tasas de interés, que provocó la recesión de 1980-1981 con tasas de desempleo no vistas desde 1933. De paso, esos aumentos desencadenaron la crisis mundial de la deuda, abriendo plaza con México, primero en irse a la moratoria.
Robert Rubin fue secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y después regresó a su querido Citigroup. Desempeñó un papel clave en la crisis mexicana de 1994-1995, asegurando los intereses de sus colegas de Wall Street, entre otras cosas, revirtiendo el riesgo cambiario en el caso de los tesobonos en contra del gobierno mexicano (algo que Guillermo Ortiz aceptó feliz). Pero quizá lo más importante para Estados Unidos y Obama en el contexto de la crisis financiera que hoy explota es el papel de Rubin como arquitecto y activista de la desregulación financiera.

En un excelente artículo en la revista Dissent (www.dissentmagazine.org), Tim Canova, experto en derecho económico internacional, analiza la desregulación bancaria y financiera y sus principales efectos. Su análisis muestra que los préstamos depredadores no son invento de Bush Jr. La verdad es que Reagan y Carter comenzaron el proceso eliminando las reglas X y W de la Reserva Federal, que controlaban los montos y pagos de enganche en créditos hipotecarios y al consumo. Esos controles reducían el riesgo de burbujas especulativas en los mercados de crédito, al impedir a los bancos multiplicar irresponsablemente el volumen de préstamos de alto riesgo. Desgraciadamente, al ganar fuerza la ideología de las bondades de los mercados, estas herramientas fueron consideradas demasiado restrictivas.

Un resultado es que para 1995 el mercado hipotecario subprime ya había alcanzado 90 mil millones de dólares (mmdd) y ese monto se duplicó para 1998. El número de prestamistas hipotecarios en este nicho de mala se multiplicó y algunos de los más grandes estaban afiliados a bancos registrados en la Fed, lo que hubiera permitido controlarlos. Pero Greenspan no estaba interesado en cortar las alas al naciente buitre financiero.

La Reserva Federal mantuvo durante décadas las reglas G, T y U para frenar la especulación en los mercados bursátiles. Esos controles impidieron la creación de burbujas en muchos segmentos del mercado de servicios bancarios y en las operaciones financieras. El análisis de Canova demuestra cómo con Clinton y Rubin las regulaciones y controles fueron remplazados por los “novedosos” sistemas de manejo de riesgos. Esos sistemas tienden a subestimar los riesgos en el contexto de una burbuja especulativa, lo que promueve los préstamos imprudentes. Y el agravante es que, al crecer la burbuja inmobiliaria, los reguladores de la Fed prefirieron no exigir mayores reservas y capitalización a los bancos.

La desregulación clintoniana culmina con la ley de modernización de servicios financieros (1999). Esta nueva legislación revocó partes de la Ley Glass-Steagall de 1933, que establecía restricciones a los bancos comerciales para evitar que se enredaran con aseguradoras, corredurías y bancos de inversiones. De esta forma se evitaba mezclar actividades que requieren una gestión prudencial con las que están más cercanas al riesgo especulativo. La derogación de la Glass-Steagall permitió a los bancos mezclar operaciones, siempre y cuando lo hicieran a través de empresas afiliadas al grupo corporativo.

De pronto los bancos pudieron combinar operaciones y lanzar paquetes de créditos hipotecarios al mercado financiero mundial mediante la bursatilización. Los paquetes burzatilizados eran difíciles de evaluar, aun por los “expertos”. Y el riesgo del mercado hipotecario de mala calidad se desparramó, literalmente, por todo el mundo. La burbuja nació con Clinton, pero le explotó en la cara a George Bush.

La puntilla fue la ley de modernización de los mercados de futuros (2000). Con esta pieza financiera los mercados de derivados quedaron fuera de la pantalla de radar de los reguladores de la Fed. El camino para especulación rampante estaba despejado.

Canova demuestra cómo Wall Street había buscado desde décadas atrás la revocación de la Glass-Steagall. Uno de los que tenía interés personal en eliminar esa legislación es precisamente Rubin. Ahora que Obama lo tiene como uno de sus principales asesores económicos, sus promesas de cambio han recibido un cubetazo de agua fría. Es como si la campaña ya hubiera sido confiscada por el aparato del Partido Demócrata y sus amigos en Wall Street.

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