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Una visión del capitalismo es expuesta por el protagonista de la novela de Jack London (publicada en 1907) El Talón de Hierro, en el capítulo V, y no menos esclarecedora es la respuesta del representante de la burguesía.

EL TALÓN DE HIERRO
Jack London

 "...Ernesto prosiguió su ataque.  Explicó la existencia de un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos, acusando a la clase capitalista de haber gobernado mal a la sociedad.  Después de haber esbozado la situación económica del hombre de las cavernas y de la de los pueblos salvajes de nuestros días, que carecían de herramientas y de máquinas y no poseían más que sus medios naturales para producir la unidad de fuerza individual, delineó el desarrollo de las herramientas y de la organización hasta el punto actual, en que el poder productor del individuo civilizado es mil veces superior al del salvaje.

"Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas.  Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, tricotas para trescientas y calzado para mil.  Uno se sentiría inclinado a concluir que con buena administración de la sociedad el civilizado moderno debería estar mucho más cómodamente que el hombre prehistórico. ¿Ocurre así?  Examinemos el problema....
    "Pero vuelvo a mi acusación.  Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué, pues, hay actualmente en los Estados Unidos quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados convenientemente y tres millones de niños que trabajan?  Es una grave acusación. La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración.  En presencia de este hecho, de este doble hecho -que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, en tanto que su poder productor es mil veces superior-, no cabe otra solución que la de la mala administración de la clase capitalista, que sois malos administradores, malos amos y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo.  Y sobre este punto, aquí esta noche, frente a frente, no podéis responderme, del mismo modo que no puede responder vuestra clase entera al millón y medio de revolucionarios de los Estados Unidos....
    "Habéis fracasado en vuestra administración.  Habéis hecho de la civilización un tajo de carnicería.  Os habéis mostrado ávidos y ciegos.  Habéis tenido, y tenéis todavía, la audacia de levantaros en las asambleas legislativas y declarar que sería imposible obtener beneficios sin el trabajo de los niños, ¡de los nenes! ¡Oh!, no me creáis solamente por mis palabras: todo eso está escrito, registrado por y contra vosotros.  Habéis dormido vuestra conciencia con charlatanería sobre vuestro bello ideal y sobre vuestra querida moral.  Heos aquí cebados de poderío y de riqueza, borrachos de éxito.  Pues bien, tenéis contra nosotros las mismas posibilidades que los zánganos reunidos alrededor de la colmena, cuando las laboriosas abejas se lanzan para poner fin a su existencia ahita.  Habéis fracasado en la dirección de la sociedad, y esa dirección os será arrebatada.  Un millón y medio de hombres de la clase obrera se jactan de que ganarán para su causa al resto de la masa trabajadora y de quitaros el señorío del mundo.  Esa es la revolución, señores míos. ¡Detenedla si sois capaces!"

 

El coronel olvidó completamente que su papel de presidente lo obligaba a ceder cortésmente la palabra a los que se la habían solicitado.  Se levantó de un salto, lanzando a todos los vientos sus brazos, su retórica y su sangre fría; sucesivamente despotricaba contra su juventud y la demagogia de Ernesto y después atacaba salvajemente a la clase obrera, a la que trataba de presentar como exenta de toda capacidad y de todo valor.  Cuando terminó esta parrafada, Ernesto replicó en estos términos:

 

-Jamás he encontrado un hombre de leyes más difícil de hacerlo ceñirse al tema, que usted.  Mi  juventud no tiene nada que ver con lo que he dicho, ni tampoco la falta de valor de la clase obrera.  He acusado a la clase capitalista de haber dirigido mal a la sociedad.  Y usted no me contestó.  Ni siquiera ha intentado contestar. ¿Es que no tiene respuesta?  Usted, es el campeón de este auditorio: todos, excepto yo, están suspensos de sus labios, esperando de usted esa respuesta que ellos no pueden dar.  En cuanto a mí se lo vuelvo a decir, sé que usted no sólo no puede responder, sino que ni siquiera intentará hacerlo.

 

  -¡Esto es intolerable! -exclamó el coronel!. ¡Es un insulto!

 

-Lo que es intolerable es que usted no conteste -replicó gravemente Ernesto.. Ningún hombre puede ser insultado intelectualmente.  Por su naturaleza, el insulto es una cosa emocional.  Serénese.  Dé una respuesta intelectual a mi acusación intelectual de que la clase capitalista ha gobernado mal a la sociedad.

El coronel guardó silencio y se encogió con expresión de superioridad ceñuda, como de alguien que no quiere comprometerse a discutir con un bribón.

-No se desaliente -le espetó Ernesto-.  Consuélese pensando que ningún miembro de su clase no supo nunca contestar a esta imputación.

Se volvió hacia los demás, impacientes de usar de la palabra.

-Y ahora, esta es la ocasión para vosotros.  Vamos, pues, y no olvidéis que os he desafiado a todos para que me deis la respuesta que el coronel Van Gilbert no supo darme.

Me sería imposible referir todo lo que se dijo en el curso de la discusión.  Nunca imaginé la cantidad de palabras que pueden ser pronunciadas en el breve espacio de tres horas.  De todas maneras, fue soberbio.  Cuanto más se encendían sus adversarios, más aceite arrojaba Ernesto al fuego.  Conocía a fondo un terreno enciclopédico, y con una palabra o una frase, como con un estoque finamente manejado, los punzaba.  Señalaba y designaba sus faltas de razonamiento.  Tal silogismo era falso, tal conclusión no tenía ninguna relación con las premisas, tal premisa era una impostura porque había sido hábilmente encerrada en la conclusión que se buscaba.  Esto era una inexactitud, aquello una presunción y tal otra aserción contraria a la verdad experimental estampada en todos los libros.

A veces trocaba la espada por la maza y machacaba los pensamientos de sus contradictores a derecha e izquierda.  Reclamaba siempre hechos y se negaba a discutir teorías.  Y los hechos que citaba eran desastrosos para ellos.  En cuanto atacaban a la clase obrera, Ernesto replicaba:

-Es la sartén reprochando a la olla su tizne, pero eso no os salva de la suciedad imputada a vuestra propia cara.

Y a alguno o a todos les decía

-¿Por qué no habéis refutado mi acusación de mala administración que he lanzado contra vuestra clase?  Habéis hablado de otras cosas y hasta habéis hecho a propósito de éstas digresiones, pero no contestasteis. ¿Acaso no dais con la respuesta?

Hacia el fin de la discusión el señor Wickson tomó la palabra.  Era el único que no había perdido la calma, y Ernesto lo trató con una consideración que no había concedido a los demás.

-Ninguna respuesta es necesaria -dijo el señor Wickson con voluntaria lentitud-.  He seguido toda esta discusión con asombro y repugnancia.  Sí, señores, vosotros, miembros de mi propia clase, me habéis fastidiado. Os habéis conducido como colegiales bobalicones. ¡Vaya idea la de mezclar en semejante discusión todas las pamplinas sobre moral y el trombón fuera de moda del político vulgar!  No os habéis conducido ni como hombres de mundo ni como seres humanos: os habéis dejado arrastrar fuera de vuestra clase; es más, fuera de vuestra especie.  Habéis sido bulliciosos y prolijos, pero no habéis hecho más que zumbar como los mosquitos alrededor de un oso.  Señores, el oso está ahí (mostrando a Ernesto), erguido delante de nosotros, y vuestro zumbido no ha hecho, más que cosquillearle las orejas.

"Creedme, la situación es seria.  El oso ha sacado sus patas esta noche para aplastarnos.  Ha dicho que hay un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos: es un hecho.  Ha dicho que su intención es quitarnos nuestro gobierno, nuestros palacios y toda nuestra dorada comodidad: eso también es un hecho.  Y también es cierto que se prepara un cambio, un gran cambio, en la sociedad; pero, felizmente, podría muy bien no ser el cambio previsto por el oso.  El oso, dijo que nos aplastaría.  Pues bien, señores, ¿y si nosotros aplastásemos al oso?"

Un gruñido gutural se agrandó en el vasto salón.  Los hombres cambiaban entre sí signos de aprobación y de confianza. Las caras habían vuelto a tomar una expresión decidida.  Eran combatientes, sin duda.

Con su aspecto frío y sin pasiones, el señor Wickson continuó:

-Pero no es con zumbidos con lo que aplastaremos al oso.  Al oso hay que darle caza.  Al oso no se le contesta con palabras.  Le contestaremos con plomo.  Estamos en el poder, nadie puede negarlo.  Por obra y gracia de ese poder, allí nos quedaremos.

De pronto se enfrentó con Ernesto.  El momento era dramático.

-He aquí nuestra respuesta.  No vamos a gastar palabras con vosotros.  Cuando estiréis esas manos cuyas fuerzas alabáis para cogernos nuestros palacios y nuestra dorada comodidad, os mostraremos lo que es la fuerza.  Nuestra respuesta estará modulada en silbidos de obuses, en estallidos de  “shrapnells" y en crepitar de ametralladoras.  Despedazaremos a los revolucionarios bajo nuestro talón y caminaremos sobre vuestros rostros.  El mundo es nuestro, somos sus dueños y seguirá siendo nuestro.  En cuanto al ejército del trabajo, ha estado en el barro desde el comienzo de la historia y yo interpreto la historia como es preciso.  En el barro quedará mientras yo y los míos y los que vendrán después que nosotros permanezcamos en el poder.  He aquí la gran palabra, la reina de las palabras, ¡el Poder! Ni Dios ni Mammón, sino el Poder.  Déle vueltas a esta palabra en su boca hasta que le escueza. ¡El Poder!

-Es usted el único que ha contestado -dijo tranquilamente Ernesto-, y ha dado la única respuesta que podía darse. ¡El Poder!  Es lo que predicamos, nosotros los de la clase obrera.  Sabemos, y lo sabemos al precio de una amarga experiencia, que ningún llamado al derecho, a la justicia o a la humanidad podría jamás conmoveros.  Vuestros corazones son tan duros como los talones con que camináis sobre los rostros de los pobres.  Por eso hemos emprendido la conquista del poder.  Y con el poder de nuestros votos os quitaremos vuestro gobierno el día de las elecciones.

-Y aunque tuvieseis la mayoría, una mayoría aplastante en las elecciones -interrumpió el señor Wickson~, ¿qué diríais si nos negásemos a entregaros ese poder conquistado en las urnas?

-También eso lo hemos previsto -replicó Ernesto-, y os responderemos con plomo.  Usted ha proclamado al poder rey de las palabras. ¡Muy bien!  Será, pues, cuestión de fuerza. Y el día que hayamos conquistado la victoria en el escrutinio, si os rehusáis a entregarnos el gobierno al cual llegamos constitucional y pacíficamente, pues bien, entonces replicaremos como se debe, golpe por golpe, y nuestra respuesta estará formulada en silbidos de obuses, en estallidos de "shrapnells" y en crepitar de ametralladoras.

"De una u otra manera no podréis escapárosnos.  Es cierto que usted ha interpretado claramente la historia.  Es cierto que desde el comienzo de la historia el trabajo ha estado en el fango.  Es igualmente cierto que quedará siempre en el fango mientras permanezcan en el poder usted, los suyos y los que vendrán después de vosotros.  Suscribo todo lo que usted dijo.  Estamos de acuerdo.  El poder será el árbitro.  Siempre lo fue.  La lucha de clases es un problema de fuerza.  Pues bien, así como su clase derribó a la vieja nobleza feudal, así también será abatida por una clase, la clase trabajadora.  Y si usted quiere leer la biología y la sociología tan correctamente como leyó la historia, se convencerá de que este fin es inevitable.  Poco importa que ocurra dentro de un año, de diez o de mil: su clase será derribada.  Será derribada por el poder, por la fuerza.  Nosotros, los del ejército del trabajo, hemos rumiado esta palabra hasta el punto de que nos escuece el alma: ¡El Poder! Verdaderamente, es la reina de las palabras, la última palabra."

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