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LA ESTRECHA RELACION DE LAS CUESTIONES POLITICAS CON LAS DE ORGANIZACION - EMIR SADER

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Brasil: La crisis del PT, la derecha y la izquierda - Emir Sader

Este es un  excelente artículo de Emir Sader aparecido en "América Latina en Movimiento", nro. 398, del 2 de agosto, revista de ALAI, a la que agradecemos su envío, ya que no estaba en Internet.     Daniel Aljanati
 
“No se puede separar mecánicamente las cuestiones políticas de las cuestiones de organización”   Lenin
“El pez se pudre por la cabeza”             Mao Tse-Tung

 La crisis del Partido de los Trabajadores (PT) puede aparecer como una crisis de los métodos de acción del partido.  La crisis parece haber sido exportada hacia el Congreso y el partido, buscando indagar qué parlamentarios estarían involucrados en la compraventa de votos y de qué forma miembros del partido habrían operado para hacer eso, así como para financiar las actividades partidarias con recursos paralelos.  El PT habría construido una enorme máquina partidaria – que extendería sus brazos y piernas en la dirección de los gobiernos y de los parlamentos –, “confundiendo partido con Estado”, como afirmó una renombrada revista “bushista” brasileña.
Pero si fue construida una estructura monstruosa en la dirección del PT, que ahora parece ser condenada por todos o casi todos, ella es sólo la contrapartida de la línea política que el partido fue adoptando.  De la misma manera que la forma es la forma de un contenido, la estructura organizativa es la forma de una línea política.  La comprensión de una es inseparable de la comprensión de la otra.
La organización es la expresión de una estrategia

Esa misma prensa saluda las transformaciones políticas que el PT tuvo, pasando a ser un partido “responsable” en su política económica, contenta con su reducción a un partido que cuida de las condiciones de reproducción del modelo económico vigente.  Pero para que eso fuera posible, el partido tuvo que sufrir grandes transformaciones.  Estas ya se reflejaban en las campañas presidenciales anteriores, cuando los equipos que dirigían las mismas se fueron autonomizando cada vez más con relación al partido, hasta el punto que fue el Instituto de la Ciudadanía el responsable de la elaboración del programa de la campaña presidencial de 2002.  Sin embargo, el proceso de autonomización se trasladó a otro espacio, porque ni siquiera este programa se concretó, puesto que las decisiones fundamentales fueron transferidas a un estrecho círculo en el que Palocci y Duda Mendonça acabaron teniendo el peso esencial.  El partido fue poco a poco neutralizado, relegando sus instancias al choque de tendencias, que definían candidatos a otros cargos, pero reservando cada vez más lo que se refería a la campaña presidencial al círculo constituido en torno a Lula.
Pero – como afirma Lenin – no existe separación mecánica entre las cuestiones políticas y las de organización.  ¿Por qué?
La organización de un partido de izquierda es siempre instrumento de su programa y de su estrategia.  El conocido debate entre los bolcheviques y los mencheviques, hace exactamente un siglo, más allá de su contexto específico, revela cómo estrategias diferentes requerían partidos diferentes.  Si se tratara de la lucha democrático-burguesa, por el carácter de ésta, se necesitaría de un partido amplio, parlamentario, sin mayor selectividad en el reclutamiento, un partido de masas.  Si se tratara de una lucha revolucionaria para derrumbar el zarismo, pero también para romper con el capitalismo, sería necesario un partido que pudiera sobrevivir y actuar en la clandestinidad, con militantes activos, escogidos selectivamente, dedicados prioritariamente a la militancia política.  El debate se da sobre la forma de partido, paralelamente a la discusión estratégica sobre la etapa de la lucha política de la izquierda rusa.
La discusión sobre el tipo de organización partidaria no es una cuestión técnica, sino política.  La cuestión: “Qué tipo de partido?” tiene que ser derivada de otra: “¿Partido, para qué?” ¿Para qué tipo de política? ¿Con qué tipo de objetivo? ¿Cuál estrategia requiere cada tipo de partido?
La forma de organización es la expresión de un tipo de estrategia.  Las crisis organizativas son expresiones de las crisis de la estrategia de los partidos.  Si el gobierno del PT aplica un programa similar al de otros partidos, si asume la herencia económica del gobierno de Fernando Henrique Cardoso (FHC) de forma explícita –de acuerdo a las palabras del Ministro de Hacienda -, no es extraño que actúe como otros partidos, que deje de tener especificidades y sea un partido como los otros.
Si la forma de organización del PT está abiertamente en crisis, ella refleja el agotamiento de una estrategia.  El PT puede reorganizarse para adecuarse institucionalmente a ser el partido que el gobierno – con su cara actual – requiere y ahí estará formalizando organizativamente su agotamiento.  O podrá definir sus relaciones con las fuerzas sociales motoras de la lucha anti-neoliberal y anti-capitalista.  Esto requerirá una profunda revolución democrática a su interior, una especie de choque “gramsciano”, porque el partido siempre se situó en un universo teórico pre-gramsciano, sin proponerse construir un modelo hegemónico alternativo al predominante en el país -con todas las manifestaciones de un conjunto de medidas: modelo económico anti-neoliberal, propuestas de universalización de los derechos sociales, valores de democracia cultural, refundación del Estado brasileño – no sólo del sistema político-electoral.
Transformaciones ideológicas, políticas y organizativas
Es en ese marco que tienen que ser pensadas las transformaciones del PT como partido y su crisis actual.  Si a lo largo de los últimos años – particularmente de la última década – el PT fue modificando su plataforma, sus definiciones políticas, sus formas prioritarias de acción, su práctica, esos cambios tuvieron sus correlatos en las formas de organización.  Estas se expresaron en la profundización de lo que el PT – por la voluntad originaria de diferenciarse del leninismo – llamó “partido de masas”, en oposición a lo que sería un “partido de cuadros”.  Pero se expresaron también en el tipo de cuadros que pasaron a ser promovidos a puestos de dirección, en los métodos de acción de las direcciones, en los centros privilegiados de actuación del partido.  De tal manera, que es imposible comprender la crisis actual del PT en forma separada de las transformaciones de su línea política.
La opción por un “partido de masas” revela una preferencia ideológica, apuntando, mediante el tipo de organización que se desea construir, al objetivo que se persigue.  Un “partido de masas”, en la medida en que pueda existir, es un partido electoral.
Es preciso recordar que el PT nació en un escenario de crítica generalizada a los modelos soviéticos de socialismo, de Estado y de partido.  El partido se afirmaba como socialista, pero siempre añadía la palabra “democrático”, para expresar esa diferencia.  Afirmaba que escogía el modelo de un “partido de masas” en oposición al “partido de cuadros”, se fundaba un partido – después de no pocas resistencias de sus principales líderes, inclusive Lula -, pero se afirmaba que era un partido “ligado a los movimientos sociales”.
El PT nunca definió una estrategia política, ni el tipo de socialismo que buscaba.  Los documentos posteriores sobre “el socialismo petista”, sin embargo afirman diferencias con respecto al modelo soviético, al mismo tiempo que buscaba distanciarse del modelo socialdemócrata, pero sin definir la naturaleza del socialismo por el cual pretendía luchar.
Tampoco hubo una definición sobre las formas de lucha.  En la primera vez que participó de elecciones – en 1982, con Lula como candidato al gobierno de São Paulo, entre otras postulaciones-, el partido casi que pedía disculpas en sus documentos por participar en elecciones.  Posteriormente, pasó a participar cómo algo natural, sin definir lo que buscaba en las elecciones.  Luego, el ritmo de actuación del partido pasó a ser determinado por el calendario electoral y los núcleos más activos del mismo pasaron a las oficinas de los parlamentarios y las instancias de los gobiernos que el PT alcanzó  elegir, inicialmente, a nivel municipal, después provincial, hasta llegar al área federal.
El PT fue adaptándose rápidamente a la institucionalidad.  Si inicialmente elegía sus delegados y dirigentes y hacía sus convenciones con criterios propios, para después realizar convenciones conforme a los criterios legales de la Justicia Electoral, pasó inmediatamente a adecuarse a los criterios de esa legislación para realizar sus convenciones y elegir sus delegados y direcciones partidarias.
El funcionamiento cotidiano del partido se fue reduciendo a los núcleos de base, funcionó poco o casi nada el cobro de mensualidades a sus miembros, los criterios de ingreso al mismo se fueron debilitando al punto de limitarse finalmente al relleno de la ficha del partido, lo que permitió afiliaciones masivas, incluso como los casos denunciados, ocurridos en Río de Janeiro, en los que se contrató a profesionales afiliados a otros partidos.
El cobro del porcentaje para los representantes electos y nombrados para cargos públicos, dio respaldo económico al partido pero debilitó la necesidad de un compromiso regular de contribuir económicamente con el mismo, acentuando los frágiles lazos con el partido.  Después de algunos años de fundado, el PT presentaba una estructura real de funcionamiento que poco tenía que ver con el diseño original de núcleos de base, expresando ya una forma de funcionamiento en la que las instancias administrativas ganaron fuerza con relación a la posibilidad de que los movimientos sociales tengan un peso determinante en la vida del partido.
Sin innovar en la forma de relación del partido con los movimientos sociales, los dirigentes sindicales, por ejemplo, que tuvieron peso en la vida del partido, consiguieron eso por haber sido elegidos parlamentarios o por ocupar, vía tendencias internas, puestos en la dirección del partido.  La relación con el Movimiento de los Sin Tierra (MST) es significativa de lo descrito, por el papel político e ideológico que ese movimiento pasó a tener, como referente de la “radicalización” y utilización de formas “violentas” de acción, que lo convirtieron, por unanimidad de los editoriales de la midia monopolista privada, en el modelo a ser atacado, vinculándolo con Cuba y con un pasado de luchas no-institucionales que se buscaba prohibir, para cooptar al conjunto de la izquierda a la institucionalidad.  Eso se daba paralelamente a los retrocesos de la nueva Constitución en lo que tiene que ver con la expropiación de tierras para la reforma agraria, bajo la presión de las fuerzas de los latifundistas en el Congreso.
Mientras los sin tierra sufrían una dura campaña de represión y criminalización en la prensa, el PT marcaba distancias con relación al MST, así como con Cuba – los dos elementos más caracterizados de formas de lucha y de construcción del socialismo de los que el PT cada vez más tomaría distancia, bajo la presión de la derecha, especialmente de sus órganos de prensa -, como demostraciones de una “opción democrática” expresadas por el partido.
La estrategia electoral se fue adoptando de manera expresa, sin siquiera definir el objetivo al que se quería llegar, ni si las instancias electorales lo permitirían: ¿Qué mayoría electoral es posible construir con los mecanismos políticos actuales? ¿A qué fines corresponden los medios escogidos? ¿Partido, para qué?
Ese camino fue estrechando las propuestas programáticas del PT.  A pesar de los extensos programas de las campañas electorales de 1989 y de 1994, formulados mediante extensas consultas a los movimientos sociales, con gran participación de estos, que expresaban cada vez más una larga plataforma de reivindicaciones de derechos económicos, sociales y políticos, sin análisis sobre la realidad concreta, del mundo, de América Latina y del país en que se desarrollaba la lucha del PT.
Las propuestas políticas del PT pueden ser condensadas en dos elementos: ética en la política y prioridad de lo social.  La campaña de 1994, la primera en que el PT veía, desde el comienzo, la posibilidad concreta de triunfar y gobernar Brasil, expresaba esto muy claramente.  La campaña contra Collor había destacado con fuerza el primer elemento, del que, el primer candidato a la vicepresidencia de Lula, Bisol, era un buen representante, mientras Lula, con sus caravanas, ponía el acento en el otro elemento de la propuesta: la prioridad de lo social, identificada en los documentos anteriores, sobre la “forma petista de gobernar”, como “reversión de prioridades”, desplazando el programa económico-financiero por el social.
Si la campaña presidencial de 1989 debería haber enseñado al PT que, sin órganos propios de prensa de la izquierda, no es posible disputar la hegemonía con las élites tradicionales, que tiene sus partidos – en el sentido gramsciano del concepto – en la gran midia monopolista privada, la campaña de 1994 debería haber enseñado cómo, sin un análisis de las condiciones históricas concretas del capitalismo contemporáneo, el partido no conseguiría formular un proyecto político propio.
Las dos propuestas del PT que parecían constituir los ejes de un nuevo consenso nacional fueron arrasadas en la campaña por el tema de la “crisis fiscal” de Fernando Henrique Cardoso presentó una derrota traumática para el PT pues tendría un peso decisivo en las transformaciones futuras del partido.  Debería haber sido suficiente para que el partido aprendiese que “no basta tener razón” y que es preciso formular la línea política y las alianzas adecuadas para hacerla triunfar.
Un análisis de la hegemonía neoliberal en el mundo – que si bien aún no se había consolidado en 1989, en 1994 ya se expresaba en el Consenso de Washington, en la conducción de la pareja Reagan/Thatcher y en su aplicación en América Latina, en países como Argentina, México y Chile, por ejemplo – habría permitido comprender su naturaleza y los temas nuevos que implicaba para la izquierda.
La creencia en que la “democratización” sería el marco de resolución de la crisis brasileña de forma positiva, si a ella se añadía la prioridad de las políticas sociales, impedía una visión más amplia de la nueva cara asumida por el neoliberalismo y la forma cómo llegaría hasta nosotros: con los temas de la “gobernabilidad”, del “ajuste fiscal”, de la “estabilidad monetaria”, todas insertadas en el marco de la prioridad de la lucha anti-inflacionaria.
Faltó al PT una comprensión del periodo histórico que vivía el capitalismo, de su nuevo modelo hegemónico y de sus consecuencias en Brasil.  Le faltó una visión histórica, le faltó una visión marxista del mundo contemporáneo.  Nadie se deshace impunemente de un instrumento teórico esencial como el marxismo, sin pagar el precio concreto de esa renuncia.
Faltó la comprensión de lo que representaba la crisis en el proceso de acumulación, así como la crisis del tipo de Estado que habíamos tenido hasta aquel momento.  El PT quedó atolondrado con la derrota frente al Plan Real y el tema de la deuda pública.  Hasta ese momento los candidatos del PT sólo decían sobre el tema, que cuando ganasen, abrirían la caja negra de la deuda y ahí verían la forma de resolverla.  No se daban cuenta de cómo la deuda pública era la punta del iceberg de la crisis del Estado y que la izquierda no podría aceptar los términos en que ella era planteada por la derecha, que llevaría a la misma propuesta ajuste fiscal, para reestablecer el equilibrio de las cuentas públicas, siempre en detrimento de las políticas sociales.  La trampa estaba montada.  O el PT replanteaba el problema en otros términos, para buscar sus verdaderas raíces y las propuestas de la izquierda, o se dejaría llevar por la agenda neoliberal, quedando condenado a sus propuestas.
Para poner en práctica las políticas neoliberales, no solamente que el PT no era necesario, sino que sería un obstáculo, porque continuaba representando, en el plano político, a los movimientos sociales y porque había ocupado, en este mismo plano, el espacio de la resistencia al neoliberalismo.
A partir de las consecuencias que la dirección del PT extrajo de la derrota de 1994, pasando a privilegiar el camino de la “gobernabilidad”, el partido fue, de forma más acentuada, adaptándose a los lineamientos neoliberales.  La nueva agenda provocó profundos desplazamientos en la organización del partido.  Esa plataforma provocó importantes redefiniciones en la línea política del PT, que fueron llevándose a cabo en el transcurso del tiempo, algunas de ellas fueron madurando desde la derrota de 1994, sin embargo solamente fueron asumidas ya en la campaña de Lula de 2002 o en el propio gobierno.  Entre ellas, están la redefinición sobre el pago de la deuda externa, la cuestión de la previsión social, los transgénicos y el agronegocio, el derecho de las poblaciones indígenas, el papel del mercado interno de consumo de masas, el papel esencialmente negativo del capital especulativo y de su contraposición al capital productivo, la necesidad de un modelo de desarrollo estrechamente ligado a la distribución de renta, el modelo de reforma agraria, el plan rector de la reforma del Estado, entre otras.
La derecha, la izquierda y la crisis del PT
La crisis del gobierno y del PT ha sido bien aprovechada por la derecha.  Nunca se desató una campaña tan sistemática de denuncias en la midia mayor que la realizada contra sus “queridos” Collor y FHC.  La midia procesa todo: denuncias con fundamento, testimonios de personas hasta hace poco tiempo descalificadas, acusaciones que pasan a generalizarse a todo tipo de gasto de recursos públicos, más aún cuando se trata de políticas sociales.  Todo se permite la derecha para debilitar el gobierno y el PT.  La obscena propuesta de FHC no deja duda sobre los objetivos: que Lula renuncie a presentarse como candidato a la reelección, revelando que aún temen mucho el voto popular hacia Lula, miedo que fue confirmado por la investigación que reveló que el Presidente mantiene el nivel de apoyo del electorado.
Su línea de acción está clara: debilitar a Lula para intentar derrotarlo en 2006 y retomar su proceso de privatizaciones, pero sobre todo prestar un servicio fundamental al gobierno de los Estados Unidos para terminar con la política externa actual, tema sobre el cual FHC conversó con autoridades estadounidenses recientemente.
En cuanto a la izquierda, es y será víctima de la crisis del PT, porque este partido representó históricamente a la izquierda en el plano político – y aparece así ante la masa de la población -, pero también porque la derrota de Lula hará que vuelva la derecha al gobierno.  Pero el mayor riesgo para la izquierda es uno de los subprodutos de las derrotas históricas de la izquierda: la dispersión.
Este proceso avanza conforme el Partido por el Socialismo y la Libertad (PSOL) no evidencia capacidad para catalizar la crisis del PT, por varias razones: porque se constituyó precipitadamente, porque rápidamente la dirección del partido se dividió mayoritariamente por tendencias de matriz dogmática, con hegemonía de sectores de ultra-izquierda, porque no elabora una interpretación propia de la política brasileña y así no disputa hegemonía, porque importantes fracciones apoyan a un sector disidente del MST y no al más importante movimiento social del país, porque algunos quieren jugar todo en las elecciones y puede salir de ellas sin ningún mandato, sin fuerza de masas y sin tesis que proponer.  
Avanza cuando sectores sindicales deciden desafiliarse de la CUT, confundiendo un aliado moderado con un enemigo, sin fuerza para crear una fuerza unificada alternativa, contribuyendo a la dispersión de las fuerzas sindicales.  Avanza cuando grupos se salen del PT y se quedan sueltos.  Avanza cuando las tendencias dentro del PT no consiguen siquiera unirse entre sí, revelando la incapacidad que tendrían, si llegaran a ganar las elecciones internas, de coordinar entre sí y aliarse a otros sectores, para consolidar una nueva mayoría.
Cuando la izquierda limita su visión de lucha al interior de la izquierda o en el PT (o en contra), deja de aprehender la totalidad contradictoria de las relaciones de clase como la reveladora del sentido de cada actor y de cada fenómeno, como demanda el marxismo.  Gramsci ya advertía sobre el peligro doctrinario y sectario de asumir la historia de un partido como la historia de su vida interna, de sus conflictos y problemas, perdiendo la perspectiva de su inserción en el marco histórico y político más general.  Ella termina siendo prisionera del narcisismo, magnificando los conflictos internos y perdiendo de vista los grandes enfrentamientos de clase.  Por eso, las tendencias internas tienden a revelar enorme combatividad y radicalismo en el enfrentamiento interno y mucha menor capacidad de enfrentamiento con la derecha tradicional e igualmente menor capacidad de movilización de masas.  Usan desmesuradamente su energía para la lucha interna, sin que su presencia mínimamente se corresponda con los grandes desafíos de clase, incapacitándolos para la lucha por la hegemonía dentro y fuera del partido.
Por otro lado, el llamamiento, aparentemente fácil, de buscar retomar las tesis históricas del PT se revela muy frágil para alimentar una reagrupación política de las fuerzas de la izquierda, porque esas tesis mismas, como he mencionado más arriba, eran bastante insuficientes como para configurar una estrategia política.  La reagrupación de la izquierda sólo será posible en torno a un programa anticapitalista y a un proyecto político antineoliberal, que no ha sido aún formulado por la izquierda.
La derecha gana con la crisis del PT y éste, junto con el gobierno, son los responsables por esa situación.  La renovación de la dirección del PT es una nueva oportunidad de reagrupación de las fuerzas de izquierda, que necesitan urgentemente sumar fuerzas en la lucha contra el neoliberalismo y su eje: la política económica del gobierno.  Pero las fuerzas que actúan de forma centrífuga avanzan en otra dirección.  En la dispersión, pierde toda la izquierda.  Quién no sepa hacer alianzas, definiendo las líneas demarcatorias de la acción de la izquierda, contribuirá a la derrota estratégica de la izquierda, por no haber entendido el significado de la crisis actual.
Esa crisis de hegemonía en la izquierda se inserta en el marco más general de la crisis hegemónica en el país y en América Latina, como uno de los efectos de la subordinación de las economías de nuestros países al capital financiero.  Una crisis que requiere de la izquierda mucho  más que simplemente “retomar las tesis históricas del PT” – que ni siquiera constituían una interpretación capaz de armar a la izquierda para enfrentar los problemas de Brasil, como mencionamos arriba -, dado el tamaño y la profundidad de las transformaciones acontecidas en Brasil y en el mundo, particularmente en las dos últimas décadas.
La izquierda necesita ser contemporánea de su práctica, cosa que el PT nunca hizo, nunca formuló la teoría de los caminos que fue recorriendo.  La crisis del PT y de la izquierda es también una crisis teórica, sin cuya solución, difícilmente podrá darse su superación positiva, cualquiera que sea el plazo en que la pensemos.  Porque se trata de una crisis de hegemonía, que requiere capacidad de elaboración y de convocatoria de masas.  Pero hoy, ella se traduce, sobre todo, en una crisis política y de organización, indisociablemente vinculadas.

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