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22/10/2015
Todos, quien más quien menos, tenemos una visión común-a grandes rasgos-de la situación interna del FA en términos de correlación de fuerzas. Yo reitero la mía una vez más:
Por un lado, el núcleo duro de lo que algunos llaman socialdemocracia, otros pos frenteamplistas, yo quizá les diría progresistas de derecha, el nombre es-por ahora- una cuestión menor. Núcleo duro compuesto por el astorismo y el vazquismo con nutrientes de personajes sueltos de la Vertiente, MPP, parte del PS, Sendic y algunos otros.
Por otro lado, el resto que, en términos de proyecto político se oponen a estas fuerzas, pero con una dispersión muy grande.
También sabemos-más que eso, fuimos protagonistas- del proceso de unificación de fuerzas de izquierda a partir de FDP, PVP, IEM, PST, Casa Grande y otros.
Hoy sólo queremos abordar una cuestión, central a todas luces, que, en nuestra opinión ha sido una especie de Talón de Aquiles de ese proceso por no haberlo abordado colectivamente y en profundidad. Es más, nos hemos conducido al respecto con una gran e inexplicable ambigüedad.
Se trata de la cuestión de la viabilidad del FA, de si es serio-por lo factible- darnos el objetivo de un cambio en la correlación de fuerzas y, naturalmente si hay- y si podemos crear- condiciones objetivas para ello.

Y, aunque parezca inverosímil, nunca hubo un abordaje colectivo, ya no entre varias fuerzas políticas, sino al interior de cada una, aunque por desconocimiento podemos tener cierto margen de error.
¿Porqué pensamos (¿cuántos?) que es una cuestión, diríamos, más que central, crucial? Muy sencillo. No puede haber un proyecto de recuperación de una fuerza política a su auténtica naturaleza liberadora si los que se lo proponen no están convencidos de ello, tanto como posibilidad como necesidad.
En una palabra, la definición a la que debemos darle respuesta colectiva es “¿sigue siendo el FA la herramienta política que ha construido el pueblo uruguayo para las transformaciones de estructura de la sociedad?”
Porque si en una hipótesis de trabajo –y sólo como una hipótesis-tomáramos un escenario en el que varias de estas fuerzas políticas, pongamos por caso PVP, IEM e independientes dieran, elaborada y fundamentadamente, una respuesta afirmativa a esta interrogante, entonces deberíamos encarar en concreto la próxima etapa, que nosotros la visualizamos de aquí al congreso del FA, el próximo año.
Aunque aquel está concebido como “de actualización ideológica”, las definiciones que se tomen (o no) responderán, naturalmente a una determinada correlación de fuerzas políticas.

Tenemos la referencia-y experiencia- del congreso anterior. Esa experiencia marcó un elemento positivo: La ruptura del discurso único y la reinstalación de una batalla ideológica real, donde las brasas-que algunos creían extinguidas-de las tradiciones combativas y antiimperialistas del FA, se inflamaron e iluminaron el escenario. Y ya no hablemos de la frutilla de la torta, el desafío al “Mesías” que ya no pudo presentar el rostro de “protector de los frenteamplistas libres”.
Si bien esto es cierto, en lo que hace a las resoluciones, los documentos, las discusiones en comisiones y plenario, allí quedaron patentizadas la debilidad y limitaciones de las fuerzas que produjimos los elementos positivos antes mencionados. Tengamos en cuenta que casi ni se coordinó y sólo se pudo-que no fue poca cosa-concentrar esfuerzos colectivos en la comisión de política económica con una propuesta impulsada por un amplio arco de fuerzas políticas que provocó la reacción destemplada de los que manejan como su feudo el equipo económico.
Entonces, son los actuales, momentos de pronunciamientos claros.
Si de lo que se trata para estas fuerzas políticas-PVP, IEM y otros-es sólo seguir construyendo sus propios espacios particulares, lo cual es absolutamente legítimo, dejando la política de alianzas en un plano secundario, seguramente terminará de diluirse el espacio en el que decenas de miles de frenteamplistas depositaron sus esperanzas.
Pero si, por el contrario la hipótesis mencionada fuera correcta, entonces es hora de no dilatar más la confluencia de fuerzas, ya no sólo para el congreso sino para impulsar un gran movimiento popular, transformador del FA y su democratización. Claro, es el camino más difícil, porque hay que trabajar mucho con la gente, afrontar la complejísima tarea en los comités y coordinadoras, promover la más amplia participación, no cerrar puertas sino tender puentes con aquellas fuerzas políticas que, aunque vacilantes, no estén comprometidas con políticas ajenas a los sectores populares, consustanciarse con las luchas de los trabajadores y, sobre todo aprender de las experiencias, reconociendo aciertos y errores.

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