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GANAR EL HOY Y ASEGURAR EL MAÑANA.
Wladimir Turiansky.

Que la madre de todas las tareas es ganar las elecciones está fuera de toda discusión.

Que como dice algún documento del FA “el gobierno es el hoy, la fuerza política es el mañana”, tampoco se discute.

La conclusión, obvia, que uno extrae de ambas certezas, es que “la madre de las tareas es ganar la elección y preservar el futuro de nuestra fuerza política”. Es decir, ganar el hoy y asegurar el mañana.


Porque no nos engañemos.
La elección descarto que la vamos a ganar, porque la obra de estos cinco años de gobierno frenteamplista, la lista de las reformas a favor de la justicia social, la disminución de la indigencia y la pobreza extrema, la honradez y la cristalinidad en la gestión, la mejora en los ingresos de la población, están a la vista. Y los uruguayos tienen buena memoria y están muy recientes las consecuencias de los gobiernos blanqui-colorados que condujeron al país a la peor crisis de su historia, como para pensar que tales experiencias puedan repetirse. Si trabajamos medianamente bien, valorando lo hecho y explicitando lo que nos proponemos hacer, “todos a una”, como Fuenteovejuna, habrá un segundo gobierno frenteamplista.

Pero no estoy seguro que del mismo modo que vamos a ganar el hoy, estamos en condiciones de asegurar el mañana.

El FA corre riesgo de subsumirse en el gobierno, cuando su responsabilidad es apoyarse en él para delinear su proyecto de país en el largo plazo y construir la fuerza social y política, el bloque de las grandes mayorías nacionales que lo haga viable, generar una nueva hegemonía. Apoyados en el hoy, ganar el mañana.

Pero no sólo esto. Tampoco la estructura actual del Frente contribuye a esa tarea. Se ha transformado en una rémora, no responde a los tiempos que corren y es fuente de contradicciones y conflictos que enrarecen el clima de la interna. Creo que no es necesario abundar en esto, porque desde la dirección del Frente y de los sectores de la coalición hasta la militancia de base, esto resulta claro hasta por demás. 

¿Qué hacer, entonces?.
Porque es verdad. Las urgencias del hoy no nos permiten pensar el mañana.

¿Hay manera de resolver este conflicto entre el hoy y el mañana?.
A mi me parece que hay que hacer lo que dicta el sentido común, dividir el trabajo.

El FA tiene experiencia al respecto. Y tiene organismos Como ayer el Instituto Otorgués, o el Centro 1815, me parece que hoy la Fundación L. Seregni pudiera abordar la tarea.

Se trataría entonces de que, sin menoscabo de las prioridades de la campaña electoral,  las autoridades del Frente especifiquen la tarea, indiquen quien deba llevarla a la práctica, y bien pudiera ser, como digo, la Fundación Liber Seregni, suministre de ser necesario el respaldo material para ello, y marque los plazos. Nada más.

Mi propuesta es que se establezcan dos objetivos: uno, delinear el proyecto de país como programa de largo plazo, de tal manera que los programas de gobierno se conciban como aproximaciones; y  dos, proyectar la estructura del Frente acorde a las nuevas realidades, sustituyendo la actual, absolutamente anacrónica.

Y otra cosa fundamental, ir informando paso a paso lo que se vaya elaborando, de manera de obtener la imprescindible retroalimentación de la organización    frenteamplista y de la sociedad en su conjunto. Un programa y una estructura elaborado entre todos.

EL FA Y SU PROYECTO DE PAIS.

En 1971, los fundadores definieron al FA como una fuerza nacional, popular, democrática, antioligárquica y antiimperialista. Una fuerza pacífica y pacificadora.
Recogieron como Bases programáticas de la nueva fuerza polìtica elementos del programa del Congreso del Pueblo de 1965 y, ya en la perspectiva electoral, las llamadas 30 medidas inmediatas de Gobierno.

Con esos fundamentos el FA participa en las elecciones de noviembre de 1971, obtiene cerca del 20% del electorado y su primera bancada parlamentaria de 6 senadores y 12 diputados.
Sobreviene el interregno dictatorial, las elecciones de 1984, todavía con el Frente y sus dirigentes proscriptos, y desde entonces, y hasta hoy, la elaboración programática del Frente ha sido básicamente la construcción de un programa de gobierno.  Y cada vez que debemos recurrir a los fundamentos, apelamos a aquellas primeras definiciones de 1971.

Es así que el FA, de alguna manera por las contingencias del período histórico en el que surge, cargado de dramáticos episodios que lo tuvieron como protagonista esencial, no logró configurar, a partir de las definiciones fundacionales, su programa permanente, sus objetivos de largo plazo, su  proyecto de país.

Es cierto que, de alguna manera,  los cinco puntos del programa que condujo al Frente al Gobierno, el Uruguay social, democrático, productivo, innovador e integrado, apuntan en esa dirección.

Pero el último Congreso, como los anteriores, tuvo un carácter programático referido basicamente al próximo gobierno, discutió un programa de gobierno, en algunos aspectos meramente puntual.. Mostró en ese sentido unanimidad en la reafirmación de aquellos puntos y en su continuidad, más allá de retoques introducidos en las sesiones plenarias, que como siempre habrán de ser sometidos a la prueba de la vida. Sigue siendo, pues, un programa inmediato, no concebido para el largo plazo, para una visión del país de largo plazo, como proyecto de la izquierda nacional.

Un proyecto de país, un programa de largo plazo, claro que no puede pensarse como algo acabado, inconmovible. Sería como concebir un país fuera del mundo y sus transformaciones, una ínsula irreal.
El mundo hoy, en la base material de las sociedades humanas y en sus formas de pensar y de organizarse socialmente, no es el mismo de hace 37 años, cuando el Frente nacía, ni será el mismo que tendremos dentro de otros 37 años. Pero la experiencia que hemos acumulado nos permite, a partir de ella, establecer con mas o menos determinación los rasgos esenciales que habrán de sustentar ese país que pensamos desde la izquierda.
¿Cuáles son, a mi juicio, esos rasgos esenciales? Intento aquí un punteo, que no es, ni presumo que lo sea, suficientemente abarcador*:

1) Las formas de la propiedad. Sin duda la forma predominante de propiedad de los medios de producción y circulación define el carácter de una sociedad, la igualdad o desigualdad en la distribución de la riqueza, el rol del Estado en la economía y en relación al mercado, y, de alguna manera, también el contenido de la democracia y la institucionalidad republicana. Esto visto de una manera primaria, porque a la par de la forma predominante, que en el caso de nuestro país es la propiedad privada típica del capitalismo, coexisten diversas formas de propiedad social, como las cooperativas y las empresas recuperadas por los trabajadores, así como la propiedad estatal en los centros básicos de la economía nacional como la energía, las comunicaciones, el agua corriente, y el sistema financiero, entre otros, propiedad estatal que, bajo ciertas condiciones de la institucionalidad, puede concebirse como una forma particular de propiedad social.

Y bien. De acuerdo a nuestras definiciones fundacionales y a nuestro pensamiento de izquierda basado en la igualdad, la solidaridad y la libertad, un programa de largo plazo habrá de plantearse como un objetivo el acentuar el ámbito de la propiedad social en los medios de producción y circulación, así como el carácter social de la propiedad estatal, y como hacerlo. Pero no sólo se trata de acentuar el papel de la propiedad social, porque tan o tal vez más importante que la forma de la propiedad es el de la gestión social de los procesos productivos y de la economía en su conjunto. Cómo desarrollar la gestión social, que formas de institucionalidad requiere es el otro aspecto programático a desarrollar en este punto.

2) El concepto de democracia y su contenido participativo.
De alguna manera, en particular desde la salida de la dictadura, hemos desarrollado bastante, tanto en los  programas del FA como en aportes de algunos de sus sectores, así como desde el ámbito de las organizaciones sociales, el concepto de la democracia y los mecanismos de la participación popular, la complementación de sus formas representativa y directa,   así como el tipo de institucionalidad y de Estado que surgen de esas definiciones. En un programa de largo plazo son fundamentales aportes como el concepto de democracia avanzada desarrollado por el PCU, la democracia sobre nuevas bases del PS, así como los aportes del MPP y los provenientes de las bases frenteamplistas.

3) El papel del Estado y su rol de productor directo tanto como regulador del mercado, así como sus vínculos con la sociedad civil organizada.
(Me he permitido, en relación a este tema y al anterior, intercalar párrafos de notas anteriores publicadas en Voces. Pido disculpas por algunas repeticiones) 

Es fundamental definir el Estado en las direcciones antedichas tanto como en su papel constructor de democracia participativa extendida a todas las esferas de la sociedad. Esto conlleva el examen de la institucionalidad, así como las reformas necesarias para el eficaz cumplimiento de los objetivos programáticos enunciados. 

El Estado uruguayo tiene ciertas particularidades: no sólo cumple un papel de rector en la economía; no es sólo un regulador, un intermediario en los diversos factores de la producción. Es más, mucho más, es además el más importante productor de bienes y servicios, por lejos. Le pertenecen las principales empresas en la producción de energía, en las comunicaciones, en el sistema financiero; a él pertenecen los puertos, la red ferroviaria, y algunas producciones industriales relevantes. Por lo tanto, es un factor decisivo, imprescindible, a la hora de delinear un plan nacional de desarrollo.

Tenemos que entender el carácter del estado en una sociedad como la nuestra y con una fuerza política progresista en el poder, cuyo objetivo es el desarrollo económico, la profundización democrática y la justicia social.

Esto precisamente es lo que combaten los ideólogos de las clases dominantes: “...En el pensamiento de la derecha conservadora, hace rato que el tema está claro: no les gusta la presencia del Estado en la economía, en la producción, en servicios fundamentales como el transporte y las comunicaciones. No, no les gusta, y quisieran acabar con ella.

La última ola neoliberal que se derramó por estas playas lo planteó en términos filosóficos y prácticos. Filosóficos en cuanto desenterró de los tiempos de Adam Smith y el liberalismo económico el concepto del Estado como el instrumento puesto al servicio del libre comercio, el “estado gendarme”, como se lo definiera en el siglo XIX,  destinado a garantizar el orden y la protección del sagrado derecho a la propiedad, pero ajeno al funcionamiento del mercado, que, según la doctrina, es capaz de encontrar su propio equilibrio sin regulaciones extrañas a él. Y prácticos en cuanto adjudicó al intervencionismo estatal la causa de todos los males: ineficiencia, despilfarro, burocracia, corruptela, costos, déficit, etc., etc.”

Desde este ángulo, democratizar el Estado, esto es, involucrar, como ya se ha dicho, a la sociedad civil en su funcionamiento, implica un profundo cambio social, por cuanto conduce a la participación de la sociedad civil en la gestión, no ya de las típicas actividades administradoras y controladoras del Estado, de por sí importantes, sino de buena parte del aparato productivo del país, que el Estado tiene a su cargo. Es el camino hacia la apropiación social de la gestión de la economía, en lo que hace a sus áreas estratégicas, lo que es mucho más que su forma de propiedad, en este caso estatal.

Vuelvo a la cita del filósofo francés Lucien Seve. Es el meollo de la cuestión:

...La propiedad social de los medios de producción y de cambio como atributo del socialismo no se reduce a la propiedad nominal. Implica muchas otras condiciones, no sólo jurídicas sino de hecho, en particular la capacidad de gestión, que presupone el acceso real a la información económica y financiera, el saber teórico y práctico, la experiencia acumulada, etc. Desprivatizar la propiedad de medios de producción puede ser hecha de golpe, por un poder político. Socializar la capacidad de gestión ya es una cosa mucho más larga y compleja. En este sentido, una etapa de aproximación democrática avanzada puede verse como una apropiación social del saber, y no simplemente desde el plano de la propiedad como concepto jurídico.

Aquí vale la pena, por un momento, prescindir de lo concreto, de lo inmediato, para pensar en términos programáticos de largo plazo, en términos ideológicos, de construcción de un proyecto. Creo que nos ubica mejor, evita que este debate caiga, o bien en el pragmatismo estrecho, o bien en la mera palabrería seudo revolucionaria.
Me ubico, pues, en ese contexto.

Estamos pensando, muchos de nosotros, en un proceso que definimos como una vía de aproximación hacia una sociedad superadora del capitalismo, y que también muchos de nosotros llamamos socialismo.

Corresponde hacer algunas precisiones.
El programa del gobierno frenteamplista no es un programa socialista, es un programa de progreso social, de profundización democrática, de equidad.

Es bueno recordar, por otra parte, que el programa de gobierno se inspira en las bases programáticas del FA, pero que no son la misma cosa. El programa de gobierno es, en todo caso, una aproximación. Su contenido fue claramente explicitado en la campaña electoral, con la difusión pormenorizada de las 5 direcciones estratégicas: el Uruguay social, el Uruguay productivo, el Uruguay democrático, el Uruguay innovador, y el Uruguay integrado.

El programa del FA como fuerza política, tanto el texto fundacional de 1971 como las actualizaciones aprobadas en sucesivos Congresos, va más allá. Históricamente lo hemos definido como un programa de liberación nacional, democrático, antiimperialista y antioligárquico. No obstante, y a pesar de su contenido avanzado, no es, no lo hemos definido, como un programa socialista.

Por eso me parece que hoy, en este mundo globalizado y caótico, las actualizaciones programáticas de nuestro FA comenzarán a delinear en forma más precisa el carácter de la sociedad que aspiramos a construir, apoyados en la experiencia de nuestra propia historia, así como de la región y del mundo. Habrá que pensar más en el carácter de esa sociedad y en las vías para alcanzarla. Tendremos que ir delineando un proyecto, y de esto trata esta larga nota. A diferencia de esquemas prefabricados de otros tiempos, esto será una construcción colectiva, apoyada en nuestras realidades tanto como en las experiencias históricas de la región y del mundo. Y creo que en todos los ámbitos de nuestro FA, en sus órganos de conducción, en sus bases, en sus espacios de estudio y elaboración programática, todos los frenteamplistas tendremos que darnos algunos tiempos y algunos ámbitos de reflexión que nos permitan delinear ese proyecto. Habrá que dar respuestas a la pregunta: ¿Qué país, que sociedad, nos proponemos construir?.

Todavía me parece útil una precisión sobre el concepto de “vías de aproximación”.
Los tiempos actuales, están cargados de contradicciones. Por un lado, un sistema capitalista, que a la par de su expansión a todos los rincones del planeta, y del fabuloso desarrollo de las fuerzas productivas apoyado en las conquistas de la ciencia y la tecnología, viene sin embargo agudizando hasta límites intolerables su carácter depredador, excluyente y violento. Por otro lado, el derrumbe del sistema de países de economía socialista, con la consiguiente crisis ideológica de un vasto movimiento revolucionario mundial, no solo comunista, generó un cierto “vacío” en multitudes que, identificadas con un común sentimiento anti-capitalista, perdieron no obstante las referencias, el perfil del nuevo mundo a construir.

Pero aquel viejo “topo de la historia” siguió su incansable trabajo, y en el mundo en general, pero particularmente en A. Latina, el movimiento popular fue alumbrando nuevas realidades, caminos de pronto impensados, “vías de aproximación”. De eso se trata, en especial para quienes nos educamos en dogmas y esquemas que nos marcaban paso a paso el derrotero. Se trata de comprender que vivimos tiempos de exploración, y que incluso son estos procesos, definidos como vías de aproximación, los que contribuirán a delinear el tipo de sociedad que procuramos alcanzar.

4) El desarrollo nacional. Se ha definido al Uruguay, como a casi todos los países de la región, como una economía subdesarrollada, orientada básicamente a la producción de materias primas, con escasa incorporación de valor agregado, dependiente en tecnología y en productos de los países capitalistas centrales, y con una distribución injusta de la riqueza, generadora de desigualdad extrema entre ricos y pobres.

Desde la izquierda, y tal como hemos intentado aplicar desde el gobierno, pretendemos construir un país social y económicamente desarrollado, con una producción orientada a la utilización racional, eficiente y sustentable de los recursos naturales, a la máxima incorporación del trabajo nacional y a la sustitución progresiva de los commodities por productos altamente elaborados y con tecnología nacional, producto de la innovación y la investigación científica nacional. Es decir que el objetivo es romper con el subdesarrollo y la dependencia.

Del mismo modo, el desarrollo social implica avanzar hacia una distribución equitativa de la renta, eliminando definitivamente los bolsones de pobreza y acumulación de riqueza propios de la actual distribución desigual. Este aspecto de nuestro proyecto de país está relacionado, y condicionado, al desarrollo de las formas sociales de propiedad y gestión de los medios de producción, así como a los roles asignados al Estado.

Por otra parte, el desarrollo social deberá incluir, en las definiciones y en la práctica, un concepto abarcador de los derechos humanos y su plena vigencia como centro del programa, incluyendo en su contenido, y como prioridades, el carácter universal y de calidad de la educación, la salud y la vivienda despojadas de toda motivación mercantil.

(*) Para mayor desarrollo me remito al Foro “La izquierda y su proyecto de país” que la Comisión de Fundadores de la CNT, conjuntamente con la Fundación Vivian Trías y el Centro de estudios interdisciplinarios, CEIU, de la Universidad, organizaran a lo largo de 5 jornadas en el mes de noviembre de 2007. Este material fue entregado a la Presidencia del FA, y se ha editado en su versión digital.  

 

 

EL FA Y SU ESTRUCTURA. ¿COALICIÓN Y MOVIMIENTO?

Me permito primero transcribir algún trozo de algo escrito allá por marzo de 2007 en Voces.

“FA -  ENTRAMADO DE COALICION Y MOVIMIENTO”.
“VIRTUDES Y DEBILIDADES”.
“La doble condición.

El FA es, desde su fundación, una fuerza política con una doble característica: por un lado, es una coalición de partidos, grupos partidarios, movimientos partidarios, con diferentes orígenes ideológicos o históricos, aunque todos identificados con el pensamiento de izquierda; y, por otro lado, es un movimiento él mismo, constituido por comités de base, que reúnen en su seno a los frenteamplistas, cualquiera sea su definición sectorial, o simplemente sin ella.

Hay que decir que en la existencia de las bases, lo que llamamos “movimiento frenteamplista”, radica en buena medida la fortaleza del Frente, la que le ha permitido superar el trágico período de la dictadura, resurgir con fuerza a la salida de ella, y 20 años después llegar al Gobierno nacional con el voto mayoritario y entusiasta del pueblo. De alguna manera, pudiera definirse al movimiento de base como el cemento que liga y da solidez al conglomerado, constituido éste por las diversas vertientes partidarias que componen el Frente. Los comités de base son, pues, la fuente del frenteamplismo”.

...“El Estatuto del FA procura formalizar de alguna manera esta doble condición, integrando los órganos de conducción cotidianos (Plenario Nacional y Mesa política) por partes iguales, o aproximadamente iguales, con representantes de la coalición y representantes de las bases.
Con una particularidad sin embargo: el Congreso del FA es en cambio, y por definición, un Congreso de Comités de Base. Su integración parte de las asambleas de adherentes de los comités, quienes eligen sus representantes al Congreso en un número que corresponde al número de participantes de la asamblea. 
He aquí un rasgo absolutamente original, distintivo, del FA. Los sectores políticos no eligen por separado sus delegaciones al Congreso. Lo hacen de manera conjunta en las asambleas de los comités. Los afiliados de los partidos deben ser adherentes frenteamplistas e integrar el padrón de los comités. Se marca así el doble carácter, coalición-movimiento, de la fuerza política”.

...“Pueden parecer sutilezas, o ganas de perder el tiempo en cuestiones sin importancia. Pero no. No son cuestiones sin importancia. Tienen que ver con el futuro de nuestra fuerza política, con su solidez y su permanencia, con el apego a los principios, con el profundo carácter de su democracia interna.
¿De que se trata? Se trata de comprender que las delegaciones de las bases no son una simple suma de militantes de los partidos integrantes del Frente y de frenteamplistas no sectorizados. Son más, mucho más. Representan una verdadera síntesis de todos ellos, y están llamados a jugar, por lo mismo, un rol articulador y de construcción de consensos”.

Es en verdad una idea maravillosa, creación del pueblo frenteamplista, y que de alguna manera el estatuto, años después, procuró consolidar.
¿Genera problemas? ¡Vaya si los genera! Es fuente permanente de contradicciones y de conflictos. El último Congreso ha sido claro ejemplo de ello.
He aquí que una excelente idea puede desvirtuarse y transformarse en una fuente de complicaciones y enojos, por obra y gracia de los atajos con los que a veces se pretende resolver problemas difíciles.
Atajo, si, porque la doble condición de coalición y movimiento impone a los sectores políticos, si quieren conservar esa virtud del Frente, dos obligaciones: una, procurar que, poca o mucha, sus militantes participen siempre de la actividades de los comités y no en ocasión de los Congresos u otras decisiones que involucran a los partidos, que no los vacíen de contenido ni los condenen a la inoperancia; otra, recordar que el comité no es un ámbito para imponer decisiones partidarias mediante el número de sus militantes, sino el ámbito apropiado para aproximar posiciones y generar consensos, en suma, responder al sentido movimientista del FA, que no es contradictorio ni opuesto a la coalición, sino fuente de unidad y fraternidad, de opinar y escuchar, de hacer frenteamplismo, en una palabra..

Esta práctica del atajo fácil, que no complementa sino que opone el caudal electoral al caudal militante de los partidos, ha conducido, porque hace muchos años que se practica, a la destrucción de aquella doble condición de coalición y movimiento con que el Frente nació a la vida política.

Hoy, el FA es nada más que una coalición política, y los comités vegetan entre la resignación y el descontento, sustentados en el esfuerzo sacrificado de núcleos pequeños de compañeros empecinados en que “esas llamitas no se apaguen”.    

Nos guste o no, y somos muchos los militantes de base a los que no nos gusta, que advertimos reiteradamente acerca de esta “involución” del Frente, que lo hicimos ya en el Encuentro Nacional de comités de base allá por octubre de 2006, sin mayores consecuencias en el terreno práctico, nos guste o no, repito, debemos aceptar la realidad como es y no como nos gustaría que fuera, y actuar en consecuencia. Siempre se ha dicho que las estructuras organizativas no son un fin en si mismas, sino un instrumento para el eficaz desarrollo de la acción política. La actual estructura del Frente no contribuye al eficaz cumplimiento de sus objetivos políticos. Por el contrario, son un obstáculo. Veámoslo entonces.

Para empezar, yo creo que la doble forma de medir la representatividad de los sectores políticos integrantes del FA, esto es, su caudal electoral y su caudal militante, debiera conservarse. Para una fuerza política de izquierda es vital conservar el contenido asambleario de la vida política en contraposición a la transformación de los partidos en corrientes de opinión, propia de la filosofía neoliberal todavía hoy en boga.

Sin embargo, este principio, que “subyace” en los mecanismos de toma de decisiones del FA, debiera explicitarse, sin disimulos ni subterfugios, porque al fin de cuentas es un principio sano, que de alguna manera integra de manera original las formas representativa y participativa del ejercicio de la democracia en la vida frenteamplista.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la composición de los órganos de decisión del FA, Congreso, Mesa Política, Plenarios Departamentales, deben ser coherentes y responder a los mismos criterios en cuanto al peso relativo que el caudal electoral y el caudal militante deben tener en su integración. Soy conciente que esto roza muchos, muchísimos intereses sectoriales, y que no es tarea fácil construir consensos en esto, y los consensos son obligatorios, en este caso más que en ningún otro, pero si no se asume seguiremos navegando en este mar de nebulosas que el actual sistema genera.
En cuanto a los comités de base, deberán tener el mismo sinceramiento que el resto de las estructuras. Yo creo que también aquí los sectores deben tener presencia permanente, con sus delegaciones formales, de tal manera que, desde las bases mismas, se haga posible no sólo la información acerca del posicionamiento partidario sobre tal o cual aspecto de la actividad del Frente, sino el intercambio de ideas y las posibilidades de la aproximación de las mismas.

La presencia activa y permanente de los sectores políticos en los comités de base, y no sólo en ocasión de los Congresos o la elección de los representantes de las bases a los organismos nacionales y departamentales, permitiría asimismo transformar a los comités en verdaderos centros barriales, abiertos a los vecinos, escuelas de formación política tanto como de expresión cultural, en lugar de esos espacios cerrados, metidos para adentro, muchas veces envueltos en discusiones casi siempre inoperantes, como ocurre hoy en muchísimos lugares.

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