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UBER y la Lucha de Clases -III- María Battegazzore

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UBER DESATA LA ESPECULACIÓN TEÓRICA
María Battegazzore 12/12/2015

La repercusión que obtuvo Juan Grompone con su tesis sobre UBER sólo muestra la escasez y pobreza del debate teórico, pero también –y esto es bueno- que hay un apetito insatisfecho por este tipo de elaboración. Hoy no se discute teóricamente: apenas hay discusiones pragmáticas e inmediatistas. Y aún éstas son pocas. Quizás por la idea de que la política es “el arte de lo posible”, concepción que deriva de la comprensión estática y mecánica de la realidad y sus condicionamientos.
En un momento en que vivimos en un presente absoluto, en que se desconoce el pasado y el futuro no se concibe sino como prolongación y continuidad del presente, que alguien plantee un futuro-otro, es tan sorprendente que los medios se brindan alegremente a difundirlo. Sobre todo porque las rupturas quedan descartadas. Como bien señala Aldo Scarpa, según Grompone todo sobrevendrá en una sencilla y lineal evolución, promovida por fuerzas externas a los hombres, independientemente de su voluntad y su conciencia. Los sujetos políticos, los hombres como actores conscientes de los procesos históricos, también quedan eliminados de la ecuación. Las cosas sucederán espontáneamente por efecto de las fuerzas económicas, la tecnología, el mercado, etc.
Grompone es coherente consigo mismo. UBER le sirve para ilustrar las tesis, evolucionistas y deterministas, que ya planteaba en 1997 (Recoger las lecciones y La aceleración de la historia: en Marx hoy). Sólo que atiende poco a la historia y aparentemente tampoco sabe mucho de UBER. O lo idealiza para que sirva de demostración de su tesis, desinteresándose de los hechos, fáciles de conocer navegando un poco, simplemente.
Hay dos planos en que se podría discutir: 1. el de los hechos; 2. el de la teoría. Nos interesa el primero, ya que examinar los datos que son premisas de la tesis, puede hacer innecesario el segundo. La verdad siempre es concreta. Salvo que lo fáctico y la historia solo existan “para servir al acto de consumo del comer teórico, de la demostración”. (Marx-Engels.La sagrada familia)
UBER no es una simple plataforma tecnológica que maneja exclusivamente información: entre otras cosas maneja dinero bien real; maneja las condiciones de trabajo de sus conductores, paga sus ingresos, puede eliminarlos de la plantilla. Ni mucho menos abre camino para un cambio en el modo de producción.

Mientras acá aparece UBER y produce, además de algunos conflictos, semejante interpretación teórica, en Estados Unidos, el Departamento de Desarrollo del Empleo de California determinó que “un ex conductor de UBER calificaba como empleado de la compañía y no como un contratista independiente, y como tal estaba habilitado para los beneficios por desempleo”, decisión que fue respaldada en segunda instancia por un tribunal administrativo. En Florida hubo fallos semejantes atinentes a demandas particulares. UBER enfrenta ahora un juicio federal en el que el juez, Edward Chen, en setiembre concedió el status de acción colectiva de clase (class-action status) a los conductores demandantes, por entender que no eran contratistas independientes sino empleados de la empresa. (www.wired.com – 10/09/2015)
UBER sostiene que de los 160.000 conductores que trabajaron para la compañía menos de 15.000 estarían incluidos en la categoría, “en gran parte porque revisaron los términos del compromiso arbitral en los contratos en 2014 (…) UBER argumentó que sus relaciones con los conductores varían mucho de individuo a individuo como para que la corte trate a todos como una clase y los considere colectivamente como empleados o contratistas. Pero el juez Chen anota ‘que hay una inherente tensión entre este argumento y la posición de UBER en su defensa’ porque la misma UBER trata a los conductores como una clase uniforme al considerarlos a todos como contratistas. (…) La falsa categorización de los trabajadores como contratistas puede ahorrar a una compañía miles de dólares por cabeza y por año. Pero la práctica ha estado bajo creciente escrutinio en los últimos años, con múltiples fallos judiciales a favor de los trabajadores en un caso de acción de clase contra FedEx que implicaba conflictos semejantes”. (thinkprogress.org - 1/09/2015) El juez considera que los conductores tienen mucho en común desde que “UBER establece su remuneración, usa la devolución de los clientes para evaluarlos y puede despedirlos”. (www.bbc.co.uk/news/business - 1/9/2015)
“Hasta la fecha Uber ha sufrido repetidos reveses por parte de las autoridades municipales de numerosas capitales de Europa, puesto que opera fuera del mercado e incumpliendo la regulación vigente en materia de transportes, social e incluso tributaria”. (www.eleconomista.es- 10/9/2015) Y la razón no es, como dice Grompone, que “la legislación de los países no se ha adaptado a un capitalismo global que comenzó hace 500 años y que se desarrolla todos los días”, sino porque las empresas capitalistas buscan constantemente eludir las leyes y reglamentos que puedan significarles costos, límites, responsabilidades o restricciones; en fin, menguar sus ganancias. La vieja frase: hecha la ley, hecha la trampa.
Por lo tanto, el caso UBER no sirve para demostrar que “la Sociedad de la Información y las nuevas empresas capitalistas que manejan solamente información (…) están transformado cada vez nuevos sectores de trabajadores asalariados en independientes”. (El capitalismo y los asalariados. Juan Grompone. Semanario Voces. 19/11/2015)
Pero supongamos que, a diferencia de jueces y oficinas de empleo norteamericanas,  decidimos creer a la empresa lo que ella dice de sí misma, esto es, que sus conductores son “contratistas independientes”. En ese caso, tampoco estaríamos frente a ninguna novedad histórica ni económica. Si compartiera una concepción unilineal y determinista de los procesos históricos más bien diría, para simplificar, que estamos más ante un retroceso que ante un progreso. En los hechos este tipo de organización del trabajo está en los orígenes del capitalismo: el trabajo doméstico o doméstico-rural, al que El Capital dedica un largo estudio. Los campesinos podían “hacer un pesito extra” tejiendo o hilando para algún mercader que era dueño de la materia prima y del producto terminado. Incluso se cuenta que, para incrementar la tasa de ganancia, ya que pagaban el hilado o el tejido al peso, entregaban la lana húmeda para descontar la diferencia de peso de los insumos y el producto. En general los campesinos eran dueños de las herramientas o de las máquinas: ruecas, hiladoras y telares. La fábrica se hace necesaria, bien por el uso de una fuerza motriz centralizada: primero los molinos, luego la máquina de vapor; bien para sistematizar la división del trabajo, como en el caso de la manufactura. El motor eléctrico habría podido facilitar procesos descentralizadores sin cambiar la esencia del sistema. La interrelación entre la tecnología y la organización del trabajo tampoco es una novedad ni había que esperar a la “sociedad de la información” para descubrirla.
Porque el capitalismo no se define sólo por el trabajo asalariado: existe, para decirlo brevemente, cuando el dinero empolla dinero. Y el capitalismo fue flexible para usar las formas organizativas e institucionales que mejor posibilitaran la acumulación. Por ejemplo, el mayorazgo, que siempre se identifica como una institución feudal, fue implantado en Inglaterra por la revolución burguesa y conservado por la restauración, lógicamente. No había que dividir sino acumular. Otro ejemplo de que la teoría no puede generalizar alegremente: la revolución burguesa significó la extinción del campesinado libre en Inglaterra mientras que garantizó su supervivencia en Francia.
Los medios para incrementar el capital han cambiado y pueden cambiar. Hace más de 30 años, la madre de una alumna del Liceo nº 22, trabajaba para una multinacional dedicada a la fabricación de equipos deportivos (me parece recordar que era ADIDAS) bajo el sistema de trabajo “independiente”, tan alabado como innovación. Era propietaria del medio de producción (una máquina overlock), lo que la convertía en responsable de su mantenimiento y víctima de su deterioro, y no gozaba de ningún beneficio social ni licencia ni vacaciones. Si aportaba al BPS, era por su cuenta y a sus costas. Cada semana recogía cientos de camisetas cortadas y trabajaba a destajo cosiéndolas en su casa. En el auge neoliberal de los años ’90, muchas empresas unipersonales eran simples coberturas del real y efectivo trabajo asalariado. La relación de dependencia no variaba. El régimen de contratistas independientes, según la terminología de UBER, libera al empleador, no al empleado.
Ver esto como antesala del socialismo o post capitalismo permite situar (lo que no significa entender y menos aceptar) la interpretación que hace Grompone de la “negación de la negación”: “El socialismo para mí es un ‘feudalismo bueno’, no un ‘capitalismo bueno’. (…) Los valores socialistas van a ser mucho más parecidos a los valores feudales que a los valores capitalistas. (…) La negación de la sociedad capitalista va a ser una especie de vuelta al feudalismo”. (Marx Hoy – P. 214)
Ya Marx y Engels prevenían sobre la oposición al capitalismo que idealizaba las condiciones de vida y de trabajo en la formación social precedente. Fue el caso de algunos socialistas, como William Morris, tan admirable en muchos aspectos. Teniendo en cuenta que los “valores” feudales incluían las relaciones de dependencia personal, una estratificación social rígida, la sujeción a sistemas jurídicos diversos según la pertenencia social, la servidumbre y otras bellezas, espero no presenciar ese advenimiento que Grompone anuncia a plazo fijo: entre 2053 y 2060, en que “el capitalismo debe entrar en crisis interna y destruirse para dejar paso a una nueva sociedad”. (Marx hoy – P. 50) A diferencia de Grompone, Marx y Engels no hacían profecías: en la historia y en política -haciendo la historia- los hombres son “autores y actores de su propio drama”. (Marx - Miseria de la Filosofía)
Para no alargar con consideraciones sobre el concepto de los procesos históricos en Marx y Engels, dejo por acá. Pero no puedo resistirme a recordar la ironía de Gramsci en relación a las lecturas deterministas, materialistas mecánicas, de la historia: “¿Es posible que exista una objetividad extrahistórica y extrahumana? (...) Puede muy bien sostenerse que se trata de un residuo del concepto de Dios...”. (Cuadernos de la cárcel)

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