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"Las cinco dificultades para decir la verdad".
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 En más de una ocasión, todos hemos leído un par de citas magistrales de Bertolt Brecht sobre el fascismo:

 "¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo -que se condena- si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina?"

 "estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo".

Ambas citas están sacadas de un texto de Brecht escrito en 1934, "Las cinco dificultades para decir la verdad".

A pesar de los años transcurridos desde su publicación, el artículo mantiene plena vigencia en el mundo en el que vivimos.

Este artículo tuvo algunas modificaciones por parte de su autor. Inicialmente lo publicó (en alemán) el Pariser Tageblatt (12-12-1934), que era un diario que se editaba en París para exiliados alemanes. El título de esta primera versión era "Los poetas han de contar la verdad”("Dichter sollen die Wahrheit schreiben"). Al año siguiente, en abril de 1935, Brecht publicó lo que sería la versión final, en la publicación antifascista Unsere Zeit. A partir de 1938, comenzó a circular una nueva reedición, de forma clandestina, en la Alemania.

Las dos versiones de traducción que figuran aquí, son bastante diferentes. Desconocemos si hubo modificaciones posteriores a la versión original publicada en 1935 en Unsere Zeit. De ser así, esto pudiera explicar las diferencias entre las dos traducciones, presuponiendo que sendos traductores habrían partido de fuentes originales distintas.

La primera traducción al castellano que figura aquí (pp. 3-10), fue realizada en la Universidad de Salamanca en 1963, siendo publicada en noviembre de ese año por el Boletín del Seminario de Derecho Político (nº 29-30, noviembre de 1963) que editaba la universidad salmantina.

La segunda traducción (pp. 11-22) corresponde con la realizada por J. Fontcuberta en 1973, cuando se publicó este artículo como parte del libro Bertolt Brecht, El compromiso en literatura y arte (Ed. Península, Barcelona, 1973, pp. 157-171).

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 Las cinco dificultades para decir la verdad   Bertolt Brecht

[Versión: traducción de 1963 (autor no identificado), publicada en el Boletín del Seminario de Derecho Político (nº 29-30, noviembre de 1963), de la Universidad de Salamanca]

El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.

Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.

1. El valor de escribir la verdad

Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

2. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.

Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.

3. El arte de hacer la verdad manejable como arma

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo -que se condena- si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra - grandes desgracias, pero no calamidades «naturales»- debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

4. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.

Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

5. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.

Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.

Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión

La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.

Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción. 

Las cinco dificultades para escribir la verdad   Bertolt Brecht

[Versión: traducción de 1973 a cargo de J. Fontcuberta:

Bertolt Brecht, Schriften 2, Teil I; en Grosse kommentierte Berliner und Frankfurter Ausgabe, Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1993, pp. 74-89. La traducción castellana ha sido tomada de Bertolt Brecht, El compromiso en literatura y arte. Ed. Península, Barcelona, 1973, pp. 157-171]

Quien quiere hoy día combatir la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, tiene que vencer por lo menos cinco dificultades. Deberá tener el valor de escribir la verdad, aun cuando sea reprimida por doquier; la perspicacia de reconocerla, aun cuando sea solapada por doquier; el arte de hacerla manejable como un arma; criterio para escoger a aquellos en cuyas manos se haga eficaz; astucia para propagarla entre éstos. Estas dificultades son grandes para aquellos que escriben bajo la férula del fascismo, pero existen también para aquellos que fueron expulsados o han huido, e incluso para aquellos que escriben en los países de la libertad burguesa.

1. El valor de escribir la verdad

Parece cosa sobreentendida que el escritor debe escribir la verdad, en el sentido de que no puede reprimirla o callarla y de que no puede escribir nada falso. No debe doblegarse a los poderosos, no debe engañar a los débiles. Naturalmente que resulta muy arduo no doblegarse a los poderosos, y en cambio es muy provechoso engañar a los débiles. Desagradar a las clases acomodadas significa renunciar a la posesión de bienes. Renunciar a la paga por el trabajo efectuado significa, en ocasiones, renunciar al trabajo, y rehusar la honra entre los poderosos significa a menudo rehusar toda honra. Para esto hace falta valor. Las épocas de represión más extremada son generalmente épocas en que se habla de cosas grandes y sublimes. Hace falta valor, en estas épocas, para hablar de cosas tan vulgares y pequeñas como la comida y la vivienda de los obreros, en medio de un gran vocerío que proclama que lo principal es el espíritu de sacrificio. Cuando se colma a los campesinos de homenajes, tener valor es hablar de máquinas y forrajes a bajo precio que facilitaría su tan venerado trabajo. Cuando por todas las emisoras de radio se proclama a gritos que es mejor el hombre sin erudición y cultura que el sabio, entonces tener valor significa preguntar: ¿para quién es mejor? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, tener valor es preguntar si el hambre, la ignorancia y la guerra no engendran deformaciones graves. Asimismo se precisa valor para decir la verdad sobre sí mismos, los vencidos. Muchos de los que son perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores. La persecución les parece la mayor injusticia. Los perseguidores son, puesto que persiguen, los malos; ellos, los perseguidos, son perseguidos a causa de su bondad. Pero esta bondad ha sido golpeada, vencida y prohibida, y era por eso una bondad débil; una bondad mala, inconsistente e insegura: porque es inadmisible atribuir la debilidad a la bondad como a la lluvia su humedad. Para decir que los buenos no fueron vencidos porque eran buenos, sino porque eran débiles, hace falta valor. Naturalmente, hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua. De esta especie abstracta, genérica y ambigua es precisamente la falsedad. Cuando se dice de alguien que ha escrito la verdad, por de pronto es que algunos o muchos o uno solo han dicho algo distinto, una mentira o algo genérico, pero él ha dicho la verdad, algo práctico, positivo, innegable, ha puesto el dedo en la llaga.

Menos valor se precisa para quejarse en términos generales de la ruindad del mundo y el triunfo de la barbarie y amenazar con el triunfo del espíritu, en una parte del mundo donde esto todavía está permitido.

Entonces muchos actúan como si se les apuntara con cañones, cuando en realidad sólo se ha dirigido hacia ellos unos anteojos de teatro. Proclaman a gritos sus pretensiones de orden general en medio de un mundo de amigos insignificantes. Piden una justicia universal por la cual nunca han hecho nada, y libertad universal para obtener parte del botín que fue compartido con ellos largo tiempo. Tienen por único verdadero aquello que suena bien. Cuando la verdad se presenta como algo numérico, seco, real, algo cuyo hallazgo requiere esfuerzo y estudio, entonces no es una verdad para ellos, nada que les suma en el entusiasmo. Tienen únicamente el comportamiento de aquellos que dicen la verdad. Su miseria es que no saben la verdad.

2. La perspicacia de reconocer la verdad

Puesto que es difícil escribir la verdad, porque se ve reprimida por doquier, les parece a la mayoría que escribir o no la verdad es cosa de convicciones. Creen que para ello sólo hace falta valor. Olvidan la segunda dificultad, el descubrimiento de la verdad. Ni hablar de que es fácil encontrar la verdad.

Para empezar, ya no resulta fácil averiguar qué verdad vale la pena decir. Hoy, por ejemplo, ante los ojos de todo el mundo, los grandes estados civilizados se precipitan uno tras otro en la mayor de las barbaries. Además, cualquiera sabe que la guerra civil, realizada con los más atroces medios, cada día puede convertirse en una guerra exterior que tal vez deje a nuestro continente convertido en un montón de escombros. Esto, indudablemente, es una verdad, pero hay otras, desde luego. Así, por ejemplo, también es verdad que las sillas tienen asientos y que la lluvia cae de arriba abajo. Muchos escritores escriben verdades de este género. Se parecen a los pintores que cubren de naturalezas muertas las paredes de barcos zozobrantes. No existe para ellos nuestra primera dificultad, y no tienen, no obstante, ningún remordimiento. Impertérritos ante los poderosos, pero sin turbarse tampoco por los gritos de los oprimidos, van pintando sus cuadros. Lo absurdo de su manera de obrar engendra en ellos mismos un «profundo» pesimismo que venden a buen precio y que, a decir verdad, a la vista de tales maestros y de tales ventas, sería más justificado en otros. Con todo, no resulta fácil tampoco darse cuenta de que sus verdades son del mismo género que las de las sillas y la lluvia, por lo general suenan de modo muy distinto, como si fueran verdades acerca de cosas importantes. Porque la creación artística consiste precisamente en atribuir importancia a una cosa.

Sólo fijándose bien llega uno a distinguir que solamente dicen: «Una silla es una silla» y «No hay nada que hacer contra el hecho de que la lluvia caiga hacia abajo».

Esta gente no encuentra la verdad que vale la pena escribir. Otros, por su parte, se ocupan realmente en las tareas más urgentes, no temen a los potentados ni a la pobreza, y no obstante no pueden encontrar la verdad. Carecen de conocimientos. Están llenos de viejas supersticiones, de prejuicios ilustres y bellamente formulados en la antigüedad. El mundo es demasiado complicado para ellos, desconocen los hechos y no perciben las causas. Aparte de los propios sentimientos, hacen falta conocimientos que se adquieren y métodos que se aprenden. A todos los escritores de este tiempo de confusión y grandes cambios les es preciso conocer la dialéctica materialista, la economía y la historia. Este conocimiento puede obtenerse en los libros y a través de una iniciación práctica, cuando existe la aplicación necesaria. Se pueden descubrir muchas verdades de la manera más simple, partes de verdad o estados de cosas que conducen al encuentro de la verdad. Cuando uno quiere buscar, le irá bien un método, pero también puede encontrar sin método, incluso sin buscar. Pero de una manera tan casual difícilmente se consigue una exposición de la verdad que baste por sí sola a enseñar a los hombres cómo deben actuar. La gente que sólo toma nota de pequeños hechos, no está en condiciones de hacer manejables las cosas de este mundo. Y sin embargo la verdad tiene este único objetivo, no otro. Esta gente no es capaz de cumplir con la exigencia de escribir la verdad.

Cuando alguien está dispuesto a escribir la verdad y en condiciones de reconocerla, le quedan aún tres dificultades.

3. El arte de hacer la verdad manejable como un arma

Hay que decir la verdad por las consecuencias que se desprenden de ella en cuanto a la conducta a seguir. Como ejemplo de una verdad de la cual no pueden sacarse consecuencias o tan sólo consecuencias falsas, nos servirá la opinión muy extendida de que las graves circunstancias imperantes en algunos países provienen de la barbarie. Según este modo de ver las cosas, el fascismo es una ola de barbarie que ha irrumpido en algunos países por fuerza natural.

Según esto, el fascismo es una tercera nueva fuerza junto a (y por encima de) el capitalismo y el socialismo; no solamente el movimiento socialista, sino también el capitalismo, no hubieran podido continuar existiendo, siempre según esta opinión, sin el fascismo, etc. Naturalmente se trata de una afirmación fascista, de una capitulación ante el fascismo. El fascismo es una fase histórica en la que el capitalismo ha intervenido en tanto que algo nuevo y a la vez viejo. El capitalismo existe en los países fascistas nada más que como fascismo, y el fascismo sólo puede ser combatido como capitalismo, como el más desnudo, insolente, contundente y falaz de los capitalismos.

En consecuencia, ¿cómo quiere alguien decir la verdad sobre el fascismo, contra el cual está, si no quiere decir nada en contra del capitalismo que lo engendra?

¿Cómo ha de resultar entonces practicable la verdad?

Aquellos que están en contra del fascismo, sin estar en contra del capitalismo, que se lamentan de la barbarie originada por la barbarie, se parecen a aquellas personas, que quieren comer su ración de ternera, pero sin que haya que degollar la ternera. Quieren comer la ternera pero no ver la sangre. Se contentarán con que el carnicero se lave las manos antes de servirles la carne. No están en contra de la situación creada por la barbarie respecto de la propiedad, sólo en contra de la barbarie. Levantan su voz contra la barbarie, y lo hacen en países donde impera la misma situación económica, pero donde los carniceros todavía se lavan las manos antes de servirle la carne.

Las acusaciones públicas contra medidas barbaras pueden surtir efecto un tiempo corto, en tanto quienes escuchan crean que no viene al caso hablar de tales medidas en sus países. Ciertos países están en condiciones de mantener su situación respecto de la propiedad con medios menos violentos que en otros. La democracia les presta aún servicios que otros tienen que conseguir recurriendo a la fuerza, a saber, la garantía de la propiedad en los medios de producción. El monopolio sobre las fábricas, minas, tierras, crean en todas partes situaciones de barbarie; sin embargo, son menos visibles. La barbarie se hace visible tan pronto como el monopolio cínicamente puede ser protegido gracias al poder público.

Algunos países que, a causa del monopolio, no tienen aún necesidad de renunciar a las garantías formales del Estado constitucional, así como a comodidades tales como el arte, la filosofía, la literatura, escuchan con especial complacencia a los forasteros que recriminan a su patria por haber tenido que renunciar a ellas, por cuanto van a sacar provecho de ello en las guerras que se avecinan. ¿Puede decirse que han reconocido la verdad aquellos que piden a gritos guerra sin cuartel contra Alemania «porque es la verdadera patria de la maldad en esta época, la filial del infierno, la morada del Anticristo»? Más bien habría que decir que son gente necia, desorientada y perniciosa. Porque la consecuencia que se saca de su palabreo es que este país debe ser aniquilado. El país entero con todos sus habitantes, porque el gas tóxico no escoge a los culpables cuando mata.

El hombre despreocupado, que no sabe la verdad, se expresa de forma general, abstracta e imprecisa. Dice disparates de «los» alemanes, se lamenta «del» mal, y quien escucha no sabe qué hacer, en el mejor de los casos. ¿Ha de decidirse a no ser alemán? ¿Desaparecerá el infierno, si él es bueno? También la charlatanería sobre la barbarie que nace de la barbarie es de esta especie. A juzgar por lo que dicen, la barbarie proviene de la barbarie, y deja de existir por la civilización, que viene de la cultura. Esto viene expresado de una forma demasiado general, no de cara a las consecuencias para una conducta práctica, y en el fondo no va dirigido a nadie.

Tales declaraciones muestran muy pocos eslabones de la concatenación de causas y presentan determinadas fuerzas motrices como fuerzas indomables. Tales declaraciones entrañan mucha oscuridad, y esta oscuridad oculta las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y ¡aparecen en escena hombres como causantes de las catástrofes! Pues vivimos en un tiempo en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una catástrofe natural que pueda comprenderse partiendo de la «naturaleza» del hombre. Pero incluso en el caso de las catástrofes naturales, hay maneras de describirlas que son dignas del hombre, porque apelan a su fuerza combativa.

Después de un gran terremoto, en muchas revistas americanas se podían ver fotografías que mostraban un campo de ruinas. Al pie se ponía steel stood (el acero resistió), y realmente, quien a primera vista sólo había visto ruinas, se daba cuenta ahora, atraída su atención por la leyenda, de que ¡algunos edificios altos habían quedado en pie! Entre las relaciones que se pueden dar de un terremoto, tienen una importancia imponderable las de los ingenieros, los cuales toman en cuenta el movimiento del suelo, la fuerza de los impactos, la temperatura que se desarrolla y cosas por el estilo, y conducen a la construcción de edificios que resistan a los seísmos. Quien quiera describir el fascismo y la guerra, las grandes catástrofes que no son catástrofes naturales, debe presentar una verdad practicable. Debe mostrar que son catástrofes preparadas a las enormes masas de trabajadores sin medios de producción propios por los poseedores de estos medios.

Quien quiera escribir con éxito la verdad sobre estado de cosas graves, deberá escribir de tal manera que se hagan reconocibles las causas evitables de aquéllos. Cuando se conocen las causas evitables, puede combatirse una situación grave.

4. Criterio para escoger a aquellos en cuyas manos la verdad se haga eficaz

Por la costumbre secular de comerciar con lo escrito en el mundo de las opiniones y narraciones, por el hecho de haber descargado al escritor de la preocupación por lo que había de escribir, el escritor tuvo la impresión de que su comprador o comitente, el intermediario, hacía llegar lo escrito a todos. Pensaba: yo hablo, y los que quieren oír, me oyen. En realidad, él hablaba, y los que podían pagar le oían. Sus palabras no eran oídas por todos, y los que las oían, no querían oírlo todo. Sobre esto se ha hablado mucho, aunque no aún lo suficiente; yo únicamente quiero poner de relieve que «escribir a alguien» se ha convertido en un «escribir». Pero no se puede simplemente escribir la verdad, hay que escribirla indispensablemente a alguien que con ella pueda empezar algo. El conocimiento de la verdad es un paso previo común a escritores y lectores. Para oír cosas buenas hay que poder oír bien y oír cosas buenas. La verdad tiene que ser dicha con fundamento y tiene que ser oída con fundamento. Y es importante para nosotros, los escritores, saber a quién la decimos y quién nos la dice.

Debemos decir la verdad sobre situaciones graves a aquellos para quienes la situación es más grave que nadie, y debemos enterarnos por ellos. No sólo hay que hablar a personas de una mentalidad determinada, sino a aquellas a las cuales corresponde esta mentalidad en virtud de su situación. ¡Y nuestros oyentes se transforman a cada paso! Incluso de los verdugos se puede hablar, cuando ya no corre dinero para pagarles las ejecuciones o el peligro es demasiado grande. Los campesinos bávaros estaban en contra de cualquier revolución, pero cuando la guerra hubo durado lo suficiente y sus hijos volvieron a casa y no encontraron sitio en las casas de campo, entonces se les podía ganar para la revolución.

Para los que escriben es importante encontrar el tono de la verdad. Por lo regular se oye por ahí un tono suave, quejumbroso, el de las gentes que no son capaces de matar una mosca. El que escucha este tono y está en la miseria, se hace más miserable. Así hablan algunos que quizá no son enemigos, pero indudablemente no son compañeros de lucha.

La verdad es algo belicoso, no combate únicamente la falsedad, sino también a determinadas personas que la difunden.

5. Astucia para difundir la verdad ampliamente

Muchos, orgullosos de tener valor para decir la verdad, felices de haberla encontrado, cansados tal vez de la labor que exige darle una forma manejable, esperando impacientes a que echen mano de ella aquellos cuyos intereses comparten, no consideran necesario hacer uso de la industria oportuna para la difusión de la verdad. Y así pierden toda la eficacia de su labor. En todas las épocas se ha utilizado la astucia para la difusión de la verdad, cuando ésta es sofocada y embozada. Confucio falseó un viejo almanaque histórico patriótico. Se limitó a cambiar ciertas palabras. Donde decía «El monarca de Kun hizo matar al filósofo Wan, porque había dicho esto y lo otro», Confucio puso «asesinar» en vez de matar. Donde se decía que el tirano Fulano de Tal había perecido en un atentado, el escribió «fue ajusticiado». Con esto Confucio abrió nuevos horizontes a la crítica histórica.

Quien en nuestra época dice población en lugar de pueblo y fincas rústicas en vez de suelo, deja de fomentar ya muchas mentiras. Quita a las palabras su mística corrompida. La palabra pueblo expresa cierta uniformidad y denota intereses generales, por lo tanto sólo debería emplearse al hablar de varios pueblos, ya que a lo sumo entonces es fácil imaginarse una comunidad de intereses. La población de una región tiene intereses distintos, opuestos incluso, a los de otra, y esto es una verdad prohibida. Apoya también las mentiras de los que gobiernan aquel que habla de suelo y describe los campos a satisfacción de las narices y los ojos, hablando de su olor a tierra y sus colores; porque no es la fertilidad del suelo lo que interesa ni el amor del hombre hacia él, ni siquiera su cultivo, sino sobre todo el precio de los cereales y el coste del trabajo. Los que obtienen beneficios del suelo no son aquellos que sacan el grano de él, y el sabor al terruño es desconocido a las bolsas. Estas huelen a otra cosa. Frente a suelo, la palabra apropiada es finca rural; así se engaña menos. Para disciplina habría que elegir, donde hay opresión, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin señor y por esto mismo tiene algo de más noble que la obediencia. Y mejor que honor es dignidad humana. Con ello el individuo no desaparece tan fácilmente del campo visual. Ya sabemos, no obstante, ¡qué tipo de granujas aspiran a poder defender el honor de un pueblo! Y cuán pródigamente los hartos dispensan honor a aquellos que les hartan a costa de su propia hambre. La astucia de Confucio es todavía hoy útil.

Confucio sustituyó opiniones injustificadas sobre acontecimientos nacionales por otras justificadas. El inglés Tomás Moro describió en una utopía un país en donde imperaban unas condiciones justas –era un país muy distinto del país en que vivía, ¡pero se le parecía mucho, incluso en las condiciones de vida!

Lenin, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y opresión en la isla Sajalín por parte de la burguesía rusa. Puso Japón en vez de Rusia y Corea en lugar de Sajalín. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los de la rusa empleados en Sajalín, pero el escrito no fue prohibido, porque Japón estaba enemistado con Rusia. Mucho de lo que en Alemania no está permitido decir sobre Alemania, puede decirse de Austria.

Existen muchas tretas con que engañar al Estado suspicaz.

Voltaire combatió la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un obsequioso poema sobre la Doncella de Orleans. Narró los milagros que sin duda tuvieron que ocurrir para que Juana permaneciera virgen en medio de un ejército, en una corte y entre monjes.

Con la elegancia de su estilo y la descripción de aventuras eróticas suministradas por la vida lujuriosa de los soberanos, sedujo a éstos a abandonar una religión que les facilitaba el medio para esta vida relajada. Y bien, de esta manera se creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran a aquellos para quienes estaban destinados. La gente poderosa entre sus lectores fomentaba o toleraba su difusión. Y así no recurrieron a la policía, la cual protegía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que esperaba mucho de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

Realmente un alto nivel literario puede servir de protección a un relato. Sin embargo, a menudo despierta también sospechas. Entonces cabe la posibilidad de que uno baje de tono intencionadamente. Esto sucede, por ejemplo, cuando en la forma menospreciada de una novela policíaca se introducen subrepticiamente en pasajes disimulados descripciones de condiciones de vida malas.

Tales descripciones justificarían del todo una novela policíaca. El gran Shakespeare, por toda una serie de consideraciones más fútiles, bajó el nivel al restar fuerza deliberadamente a las palabras de la madre de Coroliano con las que hace frente al hijo que marcha contra su ciudad natal –quería que Coroliano desistiera de sus planes no por motivos reales o por una profunda emoción, sino por cierta desidia con que se abandonó a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de verdad difundida con astucia en el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Subraya sin cesar que el asesino de César, Brutus, es un hombre honorable, pero describe también su acción y esta descripción es más impresionante que la de su propio autor; el orador mismo se deja arrastrar así por los hechos, les confiere una elocuencia más grande que «ellos mismos».

Un poeta egipcio, que vivió hace cuatro mil años, empleo un método parecido. Fue una época de grandes luchas de clases. La clase hasta entonces dominadora se defendía con dificultad de su gran adversario, la parte de la población hasta entonces servidora. En su poema aparece un sabio en la corte del soberano, al cual exhorta a la lucha contra los enemigos internos. Describe profusa y enérgicamente el desorden surgido a causa de la rebelión de las capas inferiores. La descripción era de este tenor:

«Así es: los nobles se lamentan y los humildes se alegran. Todas las ciudades dicen: arrojemos a los poderosos de nuestro seno.»

«Así es: Se destrozan las oficinas y se llevan sus listas; los siervos se convierten en amos.»

«Así es: Ya no es posible reconocer al hijo de un notable; el hijo del ama se convierte en el hijo de su esclava.»

«Así es: Los burgueses han sido atados a la piedra del molino. Los que nunca vieron el día, se han ido.»

«Así es: las cajas de las ofrendas son destrozadas; despedazan la madera preciosa de Sesnem para hacer camas.»

«Mirad, la capital se ha venido abajo en una hora.»

«Mirad, los pobres del país se ha vuelto ricos.»

«Mirad, quien no tenía pan, posee ahora un granero; lo que abastecerá su almacén será la hacienda de otro.»

«Mirad, le sienta bien al hombre tomar su sustento.»

«Mirad, quien no tenía un grano, posee ahora graneros; quien iba a por donaciones de trigo se hace ahora él mismo la parte.»

«Mirad, quien no tenía una yunta de bueyes, posee ahora rebaños; quien no podía procurarse bestias de labranzas, posee ahora tropas de ganado.»

«Mirad, quien no podía construir para sí una alcoba, vive ahora entre cuatro paredes.»

«Mirad, los consejeros buscan cobijo en el granero; a quien apenas era lícito dormir en las murallas, éste posee ahora una cama.»

«Mirad, quien antes no podía construirse un bote de madera posee ahora naves; si su propietario mira por ellas, encontrará que ya no son suyas.»

«Mirad, quienes poseían vestidos van ahora andrajosos; quien no tejía para sí posee ahora finas telas.»

«El rico duerme sediento; quien antes le mendigaba las sobras, posee ahora cerveza de la fuerte.»

«Mirad, quien no entendía nada del tañido del arpa, tiene ahora un arpa; aquel ante quien nadie cantaba, pondera ahora la música.»

«Mirad, quien por pobreza dormía solo, encuentra ahora damas; quien contemplaba su rostro en el agua, tiene ahora un espejo.»

«Mirad, los más ilustres del país corren sin ocupación alguna. A los grandes ya no se le comunican nada. Quien era mensajero, manda ahora a otro…»

«Mirad, cinco hombres son enviados por sus amos. Ellos dicen: haced vosotros el camino, nosotros ya hemos llegado.»

Es evidente que este desorden así descrito debe aparecer por fuerza como un estado de cosas envidiable a los oprimidos. Y sin embargo el poeta se expresa de forma difícil de comprender. Condena categóricamente este estado de cosas, aunque mal…

Jonathan Swift propuso en un opúsculo que, para que el país alcanzara la prosperidad, se escabechara a los hijos de los pobres y se les vendiera como carne. Hizo cálculos muy exactos que demostraban que se puede economizar mucho si uno no se detiene ante nada. Swift se hizo el tonto. Con gran fuego y bien documentado, defendió cierta ideología, odiosa para él, en una cuestión en que apareció evidente para todo el mundo toda su infamia. Cualquiera podía ser más listo que Swift o al menos más humano, sobre todo aquel que hasta entonces no había analizado ciertas ideas en las consecuencias que de ellas se derivaban.

Hacer propaganda en pro del pensamiento, en cuyo terreno siempre da buenos resultados, es útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de este tipo es muy necesaria. El pensamiento pasa por ser cosa vil bajo gobiernos que sirven a la explotación.

Pasa por cosa vil aquello que es útil a los envilecidos. Pasa por vil la preocupación constante por el hastío; el desprecio a los honores que se ofrecen a los defensores del país en el cual aquéllos pasan hambre; dudar del Führer cuando éste conduce al desastre; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo ejecuta; la irritación contra la obligación de adoptar actitudes absurdas; la indiferencia hacia la familia, cuando el interés por ella no serviría de nada.

Se injuria a los hambrientos tachándoles de glotones que no tienen nada que defender, de cobardes que dudan de su opresor, de gente que duda de su propia fuerza, que quiere tener la recompensa por su trabajo, de holgazanes, etc. Bajo tales gobiernos el pensamiento es considerado por regla general algo vil y cae en descrédito. Ya no es enseñado en ninguna parte y, donde aparece, es perseguido. Sin embargo, siempre existen zonas donde, sin ser castigado, uno puede llamar la atención sobre los éxitos del pensamiento; son aquellas zonas en las cuales las dictaduras necesitan del pensamiento. Así, por ejemplo, se pueden acreditar los triunfos del pensamiento en el campo de la ciencia bélica y de la técnica. También el alargamiento de las existencias de lana con una buena organización y la invención de materias substitutivas necesita del pensamiento. La mengua de alimentos, la preparación de la juventud para la guerra, todo esto necesita del pensamiento: puede describirse. El encomio de la guerra, objetivo inconsiderado de este pensamiento, puede eludirse con astucia; así, el pensamiento suscitado por la cuestión de cómo hacer mejor la guerra, puede llevar a la cuestión de si esta guerra es razonable y utilizarse en la cuestión de cómo evitar de la mejor manera una guerra absurda.

Esta cuestión, claro está, difícilmente puede plantearse en público. Por tanto, ¿no se puede aprovechar el pensamiento ya propagado, esto es, configurarlo radicalmente? Claro que se puede.

Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión, que sirve a la explotación de una parte de la población (la mayor) por la otra (la menor), se requiere una determinada actitud base de la población que debe abarcar todos los campos. Un descubrimiento en el campo de la zoología, como el del inglés Darwin, pudo resultar de repente peligroso para la explotación; sin embargo, durante mucho tiempo, sólo la Iglesia se ocupó de ello, mientras que la policía todavía no cayó en la cuenta. Las investigaciones de los físicos en los últimos años han llevado a consecuencias en el campo de la lógica que, sin duda alguna, podían poner en peligro toda una serie de dogmas que sirven a la opresión. El filósofo nacional prusiano Hegel, entregado a arduas investigaciones en el campo de la lógica, proporcionó a Marx y Lenin, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de valor incalculable. La evolución de las ciencias es un resultado de conjunto, pero desigual, y el Estado se ve incapaz de controlarlo todo. Los campeones de la verdad pueden escoger campos de batalla que pasen relativamente inadvertidos. Pero todo estriba en que se enseñe un pensar justo, un pensar que interrogue todas las cosas y todos los acontecimientos por lo que tienen de efímeros y variables.

Los que mandan sienten una gran aversión hacia los cambios profundos. Quisieran que todo permaneciera igual, con preferencia miles de años. ¡Lo mejor sería que la luna se quedara quieta y el sol no siguiera ya su curso! Entonces nadie pasaría más hambre ni tendría ganas de cenar. Cuando ellos han disparado, el adversario no tiene derecho a disparar; su disparo tiene que ser el último.

Un modo de ver las cosas que subraye especialmente lo efímero es un buen medio para estimular a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación nazca y crezca una contradicción es algo que debe utilizarse como argumento en contra de los vencedores. Puntos de vista semejantes (como el de la dialéctica, de la doctrina del fluir de las cosas) pueden emplearse en la investigación de materias que escapen durante cierto tiempo a los que mandan. Pueden aplicarse en la biología o la química. Pueden también ensayarse en la descripción de las vicisitudes de una familia, sin llamar demasiado la atención. La dependencia de cualquier cosa respecto de otras muchas, constantemente cambiantes, es una idea peligrosa para las dictaduras y puede cundir de muchas y variadas maneras sin que la policía tenga en donde agarrarse. La descripción completa de todas las operaciones y eventualidades por las que tiene que pasar un hombre que abre un estanco, puede resultar un duro golpe para la dictadura. Quienquiera que reflexione un poco, encontrará el porqué. Los gobiernos que conducen las masas humanas a la miseria tienen que evitar que, en medio de la miseria, se piense en el gobierno. Hablan mucho del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investiga las causas de la pobreza, es detenido antes de que dé con el gobierno. Con todo, es posible, por lo general, hacer frente a esta cháchara sobre el destino; se puede mostrar que el destino del hombre viene preparado por otros hombres.

Y esto, por otro lado, puede hacerse de diferentes maneras. Se puede narrar, por ejemplo, la historia de un caserío. Todo el pueblo comenta que pesa una maldición sobre la casa. Una campesina se ha arrojado al pozo, un labrador se ha ahorcado. Un día se celebra una boda, el hijo del labrador se casa con una muchacha que aporta unos cuantos acres de tierra al matrimonio. La maldición desaparece del caserío. El pueblo no juzga con unanimidad este feliz cambio. Unos lo atribuyen al natural alegre del muchacho, otros a los acres que aporta la joven campesina y que convertirán por fin el caserío en un lugar viable.

Pero incluso puede lograrse algo con una poesía que describa la campiña, es decir, siempre que se incluyan en la naturaleza las cosas creadas por la mano del hombre.

Se requiere astucia para que la verdad se difunda.

Resumen

La gran verdad de nuestra época (cuyo conocimiento solo no resuelve nada, pero sin el cual no puede encontrarse ninguna otra verdad de alcance) es que nuestro continente naufraga en la barbarie porque la propiedad se encuentra forzosamente atada a los medios de producción. ¿De qué sirve en este caso escribir algo valiente de lo cual se desprenda que el estado de cosas en el cual nos hundimos es propio de la barbarie (cosa que es verdad), si no queda claro por qué hemos ido a parar en él?

Es necesario decir que se tortura a la gente porque tienen que subsistir las mismas condiciones de propiedad. Cierto, si decimos esto, perderemos a muchos amigos que están en contra de la tortura, porque creen que estas condiciones podrían mantenerse también sin tortura (lo cual es falso). Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, hemos de decir que existe la manera de hacerlas desaparecer, esto es, modificando las condiciones de propiedad.

Hemos de decirla, además, a aquellos que más sufren bajo estas condiciones, que tienen el máximo interés en su reforma, a los trabajadores y a aquellos que podemos presentar como aliados suyos, porque, bien mirado, también carecen de propiedad en los medios de producción, aunque tengan participación en los beneficios.

Y, en quinto lugar, debemos proceder con astucia.

Y debemos superar estas cinco dificultades a un tiempo, ya que no podemos investigar la verdad sobre condiciones de barbarie, sin pensar en aquellos que sufren bajo ellas, y mientras buscamos las verdaderas causas, sacudiéndonos sin cesar todo amago de cobardía, en atención a aquellos que están dispuestos a conocerlas y utilizarlas, debemos pensar todavía en hacerles llegar la verdad de tal forma que pueda convertirse en un arma en sus manos, y al propio tiempo hacerlo con tanta astucia que esta entrega no pueda ser descubierta ni estorbada por el enemigo.

Todo lo más que se pide, si es que algo se pide, es que el escritor escriba la verdad.

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