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Trincheras de Ideas

«No transformar la impaciencia en un argumento teórico» Entrevista a Atilio Borón

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16/06/2004
Atilio Borón, sociólogo argentino y politólogo, secretario ejecutivo de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), ha venido acompañando numerosos encuentros de la revista América Libre desde su fundación. Recientemente participó en Chile del Seminario convocado por el 30 aniversario del golpe de estado que derrocó a Salvador Allende. Especialista en los temas latinoamericanos, lo entrevistamos en esta oportunidad para conocer su mirada sobre la situación argentina, la coyuntura actual, y su ubicación en el contexto del continente.

¿Cómo analizás la actual situación argentina y sus perspectivas?

Yo la veo con una preocupación muy grande, porque creo que se han despertado enormes expectativas en relación a la gestión de Néstor Kirchner, y tengo la sensación de que esas expectativas van a ser defraudadas. Esto va a generar seguramente una ola de descontento popular muy grande. Aquí entramos en un terreno en el que hay interpretaciones de diverso tipo. Hay gente que dice que la economía en general está reactivándose, que se está recuperando, y que eso va a servir como paliativo para los conflictos sociales. Que va a haber mucho dinero para «aceitar» los antagonismos sociales. Yo discrepo con esa interpretación. Creo que la situación económica argentina es sumamente frágil, vulnerable, y el gobierno no se ha decidido hasta ahora a cambiar el rumbo. Creo que lo que sí ha cambiado -de manera muy significativa- es la retórica gubernamental. Es un cambio importante, que no hay que subestimar, que es valioso. Los discursos del presidente, sus intervenciones públicas en diversos foros, como la que hizo en Monterrey, en la Cumbre de Presidentes sobre el ALCA, son piezas magníficas. Pero por ejemplo esa intervención, no tiene la menor correspondencia con las políticas que está desarrollando el gobierno. Es un caso muy llamativo de desfasaje entre una retórica muy progresista, por momentos de izquierda, muy antimperialista, muy antimonopolios, por momentos anticapitalista, y al mismo tiempo una política económica que sigue transitando por los senderos del Consenso de Washington. En la medida en que esa disyunción se mantenga y se profundice, pienso que las bases de legitimidad que tiene este gobierno, que en este momento son bastante sólidas, se van a ir deteriorando rápidamente, y podemos llegar a tener un año que en algunos momentos sea testigo de picos de conflictividad social muy marcada.

¿Cómo es la trama en que se inscribe el equipo del gobierno en las relaciones de poder en la Argentina?

Bueno, la trama se inscribe dentro de lo que ha sido tradicional de la clase política argentina en los últimos 20 o 30 años. Es gente muy vinculada a grandes empresas. Uno de los ministros más importantes, Aníbal Fernández, fue miembro de la legislatura porteña entrando en las listas de (Domingo) Cavallo. El Presidente en su gestión como gobernador, mantuvo vínculos estrechos con las empresas monopólicas del sector petrolero y gasífero, también con el sector de la pesca -sin que esto entrañe necesariamente una situación dolosa, creo que es importante marcarlo-. Fue un gobernador que se adaptó a las realidades de la época. No fue Kirchner un activo oponente de las políticas de privatización, desregulación, desmantelamiento del Estado que tuvieron lugar en los años 90. De manera que cuando uno analiza el elenco presidencial, ve gente que se ha dado cuenta que Argentina está en un abismo, que tiene que salir, y que para salir tiene que ensayar alguna otra cosa. Pero la impresión que tengo es que no hay coherencia, ni hay mayor determinación para pasar del plano meramente enunciativo. El petróleo, el gas, son algunos de los recursos que están en el centro de las disputas actuales del capitalismo en América Latina y el mundo.

¿Cómo ves el desarrollo de los conflictos que se están produciendo con otros países, y el lugar de Argentina en este mapa?

Argentina ha redefinido de una manera muy modesta su relación con Estados Unidos. Ahora hay una tentativa de negociar con el FMI -me refiero al Fondo como representante del capitalismo global-, pero no se ha avanzado mucho más. Hay una asignatura pendiente que es decisiva, que es que en Argentina no se ha hecho absolutamente nada hasta ahora para modificar la estructura de distribución del ingreso. No se ha hecho nada tampoco en otro terreno como el de la política tributaria, que tendría que haber sido uno de los ejes del programa de gobierno. No se ha atacado la distribución del ingreso, de la riqueza nacional. No se han atacado las fuentes tradicionales de financiamiento del sector público, que siguen siendo fundamentalmente regresivas, y descansando sobre el impuesto a los pobres, a los consumidores, a los trabajadores. En ese sentido, el gobierno se ha atado las manos. Hay que tener en cuenta que en este país ha avanzado la desindustrialización desde los años 80 y 90, comenzando con el proyecto de los militares, continuando con el alfonsinismo, y profundizándose dramáticamente en los años de Menem. Argentina se ha convertido en un exportador de productos primarios, fundamentalmente soja, petróleo, gas, pesca, con un muy bajo grado de valorización interior. De forma tal que Argentina, para cumplir con los compromisos, tiene que garantizar, en el caso de la vinculación con Chile, que las empresas que están a cargo de la explotación petrolera, puedan redoblar la extracción de recursos no renovables como son el gas y el petróleo. Lo cierto es que Argentina se va a quedar, dentro de 8 o 9 años, 10 como máximo, sin una gota de petróleo, y esto parece no haber modificado la actitud del gobierno. Es una negligencia peligrosísima no tomar en cuenta esta situación. La Argentina debería dedicarse fundamentalmente a avanzar en la exploración de nuevas áreas petrolíferas y gasíferas, de nuevos recursos no renovables del territorio nacional, y a partir de ahí elaborar una política económica internacional que sea coherente con la preservación de esos recursos, utilizándolos en caso que sea realmente inevitable. No hay nada de eso. Hay por el contrario un apuro para obtener un saldo exportable muy grande, que permita cierta laxitud frente a los compromisos de la deuda, y que al mismo tiempo permita hacer una política muy módica, casi imperceptible de carácter social, mejorando un poco las jubilaciones -que es un tema que se está hablando ahora-, o aumentando levemente el presupuesto en algunos rubros como ciencia e investigación. No hay un combate decidido en relación a la pobreza. Todo esto complica mucho el cuadro relacional de la Argentina, que ya de por sí está complicado por el inmovilismo del gobierno brasileño, que ha defraudado las expectativas que se tenían en el pasado.
Para rever la política petrolera o en relación al gas de Argentina, se tendría que poner en juego la posibilidad de recuperar los recursos.
Hay una idea que viene alentando el presidente Chávez hace bastante tiempo que es la de armar una empresa latinoamericana de petróleo. Ahí Argentina podría aportar. Yo tengo la impresión que el gobierno tiene rápidamente que poner este tema al tope de su agenda de prioridades, y redefinir las relaciones con Repsol. Yo no sé si sería prudente la estatización, aunque fuera parcial, de lo que fue algún día YPF. Porque es evidente que REPSOL, como toda empresa capitalista, está interesada en maximizar sus ganancias, y utilizar las exportaciones del crudo argentino para reforzar su presencia en el club de las grandes empresas petroleras mundiales. Hay que tener en cuenta que Repsol es una empresa de un país como España, que no tiene ni una gota de petróleo en su territorio. El único petróleo que tiene Repsol, lo tiene en Argentina. Eso le está sirviendo para entrar en Medio Oriente. Vamos a ver ahora qué pasa con la salida de Aznar del gobierno español, pero esa fue la política que adoptó Aznar: meterse en el conflicto de Medio Oriente, sobre todo en Irak, porque la expectativa era que así Repsol iba a recibir una migaja de ese reparto imperialista -para llamarlo con esa vieja terminología que sigue siendo muy descriptiva-. La estrategia de Repsol, como grupo empresario petrolero, va a ser potenciar su gravitación en el mercado, acelerando el agotamiento de los recursos petroleros en un país como Argentina. Ellos van a hacer con Argentina lo mismo que hizo Iberia con Aerolíneas Argentinas en su momento: desguazar la empresa, privarla de sus recursos, después irse, y que Argentina vaya a reclamar no sé a quién. Entonces el gobierno tiene que adoptar una línea muy definida en esa materia.
Estos temas están tensionando también las relaciones con Chile y Bolivia…
El gobierno de Kirchner ha tenido gestos interesantes. Cuando fue a Bolivia, por ejemplo, se reunió con Evo Morales. Pero el tema de este gobierno parecería ser la falta de continuidad entre los que son sus gestos, sus retóricas, y sus políticas concretas. No he visto yo iniciativas muy concretas, por ejemplo, para establecer un nuevo acuerdo con los bolivianos en materia de gas que respete las necesidades del pueblo boliviano y las luchas del pueblo boliviano, que han sido muy importantes, que tumbaron un gobierno antipopular como el de Sánchez de Losada, y que ahora tienen como punto máximo en su agenda la defensa para el patrimonio nacional, del gas y del petróleo de Bolivia. El gobierno argentino debería estar al lado de esos reclamos, hacerlos suyos, porque además son también nuestros reclamos. En relación al gobierno de Chile, creo que la Argentina tiene que tener mucho cuidado, porque el gobierno chileno ha demostrado una actitud muy economicista en sus vinculaciones con América Latina. Me parece que habría que tratar de establecer un acuerdo político hasta donde se pueda con el gobierno de Lagos, y si este acuerdo no es posible, atenerse a lo que estipulan las conveniencias nacionales. Argentina debería redefinir su política de abastecedora tan importante de gas para un país que no ha demostrado con Argentina la misma solidaridad en materia económica. Creo que el empresariado chileno que está actuando en Argentina, ha sido sumamente agresivo en sus políticas, despreciativo de los compromisos que se derivan de las propias leyes nacionales en más de un terreno. Me parece que sería cuestión de ajustar esa relación y exigir una cierta reciprocidad, pero no veo iniciativas en ese sentido.
Los medios de comunicación en Argentina y en América Latina destacaron el manejo de la negociación de la deuda externa y del ALCA hechos por el gobierno de Kirchner, como el de una posición dura en la defensa de los intereses del país y de América Latina. Quisiera que me digas cómo analizás estas negociaciones, y también cómo es hasta ahora el manejo que los medios hacen en relación con el gobierno.
La negociación de la deuda externa, no sé si fue tan dura como se dijo. Estamos tratando con personajes siniestros, como la gente del Fondo, como la señora Anne Krueger, que son delincuentes de cuello blanco, que hacen uso de todos los mecanismos para presionar en contra de los pueblos y de los gobiernos de la región. Yo creo que el gobierno podría haber negociado bastante mejor, si se hubiera decidido a hacer algo que no hizo, y que es lamentable que no lo haya hecho, como es someter el tema de la deuda externa a una consulta popular. Ahí la negociación hubiera sido mucho mejor. El resultado le hubiera dado un amplio margen de maniobra para negarse a la política de chantaje del gobierno norteamericano y de sus agencias fundamentales, el Banco Mundial y el FMI. Yo diría entonces, que fue una negociación dura, dentro de los límites convencionales de una negociación, pero que no hubo un replanteo radical de la cuestión de la deuda, dejando de lado las cuestiones meramente contables, que son las que han predominado, haciendo un planteamiento político, filosófico, hasta teológico -si querés, como alguna gente lo ha hecho-, moral, social, cultural, medioambiental, y también al final de carácter contable. Eso no se hizo. La negociación fue entablada dentro de los paradigmas convencionales de la discusión de la deuda. De todas formas, ha sido mejor que la no discusión que ha hecho el gobierno del PT en Brasil, que es un caso que nos sorprende por su pusilanimidad. Aún así el caso argentino deja mucho que desear.
En relación al ALCA, creo que se puede plantear la misma reflexión. Ha habido una apertura, la Cancillería ha procurado abrir un poco el juego, con informaciones que han sido suministradas a las organizaciones populares. Pero falta algo muy importante que es una genuina vocación de hacer una consulta popular sobre el ALCA. La que se hizo, que hemos motorizado algunos grupos de la sociedad civil, arrojó un resultado abrumador en contra del ALCA. Creo que si el gobierno se decidiera a hacer lo mismo, podría tener un resultado tal vez menos favorable, pero generaría una enorme legitimidad a una política de decir no al ALCA, que es una política que nos condena a ser una colonia desindustrializada, cada vez más empobrecida, de los Estados Unidos. Creo que hay un excesivo cuidado, que es absolutamente irrealista. Esto a veces se disfraza como si fuera realismo, y es absolutamente lo contrario: creo que es un utopismo casi quijotesco plantear que si no se plantean discusiones, EE.UU. va a favorecer las políticas argentinas. Basta mirar lo que pasó con Menem. Menem fue el gobierno más servil y obsecuente que hubo en la década de los 90. Y ante la primera crisis, los Estados Unidos le dieron la espalda, por una razón muy simple: que ellos no canjean su apoyo a cambio del servilismo y la obsecuencia. No lo hacen con Argentina, no lo hacen con los países europeos o asiáticos. Es una potencia imperialista que tiene sus propias políticas. El gobierno argentino, cuando trata de bajar los decibeles de la crítica al ALCA, lo que está haciendo torpemente es entrar en las fauces del lobo, y ser devorado por éste. Yo creo que tendría que encarar una negociación diferente. Pongo a favor del gobierno argentino, el hecho de que es muy difícil para la Argentina sola salir con un planteo «rupturista» (entre comillas, aunque no es tan así), que trata de diferenciarse de Estados Unidos, en condiciones en que Brasil, que es el hermano mayor en esta película latinoamericana, ha caído en una obsecuencia imperdonable. Para Argentina una política anti-ALCA se hace difícil, porque no tiene la compañía del socio principal de esta política. De todas maneras, como el ALCA es realmente un proyecto contra natura, y a la larga está generando una serie de resistencias muy fuertes, probablemente no vaya a prosperar. Pero menos por la habilidad de la negociación argentina, y mucho más por las dificultades y contradicciones que el ALCA provoca en general en todos los países e inclusive en los Estados Unidos.
Ahora, en relación a los medios de comunicación, estos están cumpliendo un papel que no se sale de lo acostumbrado en algunos casos. En otros, como en el de La Nación, hay cambios. La Nación ha asumido una defensa muy descarada de todo lo que podemos llamar las políticas neoliberales, y de las políticas de la derecha económica y política. La defensa de la dictadura militar, de los militares genocidas. Es una involución espeluznante, de un periódico que nunca llegó a ser un periódico de centro, era de centro derecha, y ahora ha sufrido un proceso de fascistización muy marcada. Los otros diarios están en la línea de acomodarse a las relaciones de poder existentes, son triunfalistas con el kirchnerismo. Pero en cuanto ven que la opinión pública muda un poco el carácter -esto se vio claramente con el caso de Blumberg- los grandes titulares y las editoriales, empiezan a reacomodarse. De todas maneras creo que los grandes medios han tratado bastante bien al gobierno de Kirchner hasta ahora, han bajado la guardia desde el punto de vista de su capacidad de crítica, han sido bastante condescendientes con las noticias oficiales, pero me temo que esta situación va a cambiar. Lo mismo podría decir en relación a algunos intelectuales que han hecho una especie de profesión de fe kirchnerista hace ya un tiempo, a los cuales habría que llamar un poco a sosiego. Yo personalmente desearía que el gobierno de Kirchner tuviera éxito, pero también me gustaría que algunos intelectuales que alguna vez estuvieron enrolados en las filas del pensamiento socialista, plantearan ante la población o ante el mismo presidente, cómo es eso de un «capitalismo serio y racional». Yo he visto algunas notas en donde se hace una exaltación de esa idea de un «capitalismo serio, sin monopolios». Que me muestren cómo es ese animal, porque en el zoológico que yo conozco no existe. El «capitalismo serio» es un capitalismo monopólico, y eso es lo que está pasando en la Argentina, un país donde la concentración monopólica ha llegado a extremos casi inusitados para los estándares latinoamericanos. Sin embargo se da esta clásica confusión en la cual están muchos de los intelectuales de este país -con brillantes excepciones- que los hace ver cosas que no existen, y ver personajes emancipadores y liberadores, cuando tal vez estamos ante gobiernos que tienen una modesta intención de hacer algo diferente, pero nada más. Los medios recogen mucho eso. Ahora, no olvidemos que los medios han decretado un impasse. Mi impresión es que en la medida en que la situación social se deteriore, y que la situación del crimen y la inseguridad se deterioren, van a dar rienda suelta a una muy fuerte propaganda antikirchnerista.

¿Cómo analizás la situación y los desafíos de los movimientos populares de Argentina, a partir de la rebelión del 19 y 20 de diciembre del 2001 hasta ahora?

Yo creo que el 19 y 20 de diciembre fue una situación muy especial, muy mal leída por una parte de la izquierda argentina, que creyó que era una emergencia revolucionaria o prerrevolucionaria, cuando bastaba con leer los textos clásicos de Lenin, de Gramsci, para ver que no era así. Era una revuelta popular muy importante, pero las revueltas populares no necesariamente son anticapitalistas o antineoliberales. La prueba está que en la Argentina, una año después hubo elecciones, y las fórmulas peronistas -ninguna de las cuales se caracterizaba por su enconada crítica al neoliberalismo y mucho menos al capitalismo-, sacaron en conjunto más del 75% de los votos. Los políticos que habían sido condenados a irse todos, regresaron todos. Los que no regresaron, fue porque no se presentaron, porque no tenían ganas, porque consideraron que ya habían hecho su negocio medrando con la cosa pública. Yo siempre tuve una opinión muy cautelosa sobre la vitalidad y la consistencia de estos movimientos sociales que encendieron la imaginación de mucha gente. Recuerdo que a mediados del 2002, cuando las asambleas se habían prácticamente disuelto, se seguía hablando del asambleísmo como si fuera una fuerza social protagónica en la vida argentina. Era una lectura totalmente voluntarista de intelectuales, y de dirigencias políticas y sociales, que estaban con muy buenas razones molestas por la capitulación absoluta de los partidos políticos -no de todos pero sí de la gran mayoría-; y de la incapacidad de todos, incluso de aquellos de los que estamos más cercanos, que pueden describir el momento actual y elaborar una buena política, pero que no se corresponden con la realidad de las cosas. La prueba está en que el movimiento piquetero se fragmentó en múltiples sectores, muchos de los cuales han negociado con el gobierno. Creo que ahí tenemos que tener mucho cuidado de no caer en una actitud fundamentalista de acusarlos por negociar, porque es gente que está viviendo con $ 150.- al mes, algunos ni siquiera con eso. Yo no tendría ninguna condición de elaborar un juicio ético en contra de esa gente. Me parece que si hay organizaciones populares que están representando a gente en esas condiciones, tienen todo el derecho del mundo, y ojalá que les vaya bien, de negociar con el gobierno para que les haga algunas concesiones. Pero entonces hay que explicarse políticamente hasta qué punto esos movimientos pueden ser la vanguardia que reemplace a los perimidos partidos políticos. Que los partidos políticos están en una situación de descomposición muy grande es más que evidente. En el caso de la izquierda, yo hace tiempo que vengo seña-lando el enorme hiato que hay entre una izquierda social en la Argentina, la izquierda de la sociedad civil, -aunque aclaro que el término «sociedad civil» no me gusta, me parece un término muy engañoso, mentiroso, que oculta otras cosas- pero nos referimos a la izquierda que hay en la sociedad, y la izquierda que tenemos en el sis-tema político. La izquierda en el sistema político representa el 3%, mientras en la sociedad somos el 30%. Acá hay un problema en las organizaciones políticas de la izquierda, que no han renovado sus discursos, que siguen siendo en grado desigual -hay ejemplos que son notorios- organizaciones absolutamente personalistas, caudillescas. Si uno se pregunta por qué no se logró la unidad en la izquierda argentina, no tenemos que ir a grandes debates teóricos, que no los ha habido. Las razones han sido de personalismo, el «primadonismo» de cada uno de los dirigentes, que siente que lo más importante es prevalecer por encima de otro. Se ven espectáculos lamentables como las elecciones del 2003 en donde las diferentes fracciones de la izquierda se sentían satisfechas si una había sacado el 0.5 y otra el 0.4%, cuando ambas están condenadas absolutamente a la esterilidad y a la irrelevancia política. Ahí me parece que corresponde hacer una valorización de los movimientos sociales es positiva, pero sin caer en el error simétrico opuesto al anterior; que es que si en un caso condenamos inexorablemente a los partidos políticos, adoptemos una actitud de exaltación unilateral de los movimientos sociales, porque hemos visto que negocian, hemos visto que los vicios de la izquierda -personalismo, caudillismo, sectarismo, dogmatismo, intransigencia, falta de espíritu de unidad-, se reproducen exactamente igual en esas otras organizaciones. Creo que tiene que ver con una cultura muy acendrada en la Argentina. Mi diagnóstico es que esos movimientos en Argentina no han demostrado tener gran capacidad de construir.
Creo que la gran lección que da el 19 y 20 de diciembre, no es que los movimientos fueron capaces de tumbar a un gobierno impopular como el de De La Rua y Cavallo. Esa fue una reacción espontánea de la sociedad civil, y sabemos que no hubo ninguna organización que estuvo al frente conduciendo. Es más, las organizaciones vinieron después, y muchas de ellas se quedaron, pero ninguna de ellas tuvo a su cargo el derrumbe del gobierno impopular. Sin embargo se armó una mitología de que fueron esas organizaciones las que produjeron la caída, cuando en realidad fue la gente que salió espontáneamente a la calle, motivada por razones muy distintas: el desempleo, la exclusión, sí; también hubo sectores medios muy fuertes que le dieron un carácter masivo a esa protesta, que tenían mucho que reclamar al gobierno contra el corralito y las políticas económicas. Cuando Duhalde desactivó esa bomba de tiempo del corralito, el movimiento quedó reducido a su expresión más plebeya y popular, y al mismo tiempo crecientemente aislada del resto de la sociedad. Entonces, el cuadro es muy complejo. El gobierno está tratando de cooptar a los movimientos. Creo que el desafío para estas organizaciones es encontrar recursos del gobierno y no dejarse cooptar. Pero para que eso sea posible, hace falta una tarea de educación ideológica de las masas, que lamentablemente los partidos de izquierda no hacen. Por lo tanto esta gente está en una situación de inermidad frente al poder.

¿Cuáles son a tu entender los desafíos de los intelectuales socialistas en este contexto?

Es un desafío bastante grande. Nosotros no podemos pretender estar al margen de todo esto, tenemos la responsabilidad de decir las cosas tal cual las vemos. No creer que somos dueños de la verdad. Creo que es muy importante reconocer el aporte que podemos hacer, desde un lugar en la trinchera que no es el mismo que el de los otros, que pueden tener cosas muy importantes para enseñarnos. Pero al mismo tiempo nuestra responsabilidad es evitar lo que yo llamo el «populismo político espistemológico». ¿Qué quiere decir esto? Partir de una autocrítica que es muy necesaria, pero que llevada a un extremo es destructiva, que dice: «bueno, en realidad no sabemos nada, nuestras teorías no sirven, el marxismo es una teoría que sólo podía dar cuenta de las realidades europeas en el siglo 19 y parte del 20, y por lo tanto todo lo debemos aprender de la iniciativa y de la sabiduría de los sectores populares». Ésa me parece una actitud absolutamente condenable, que lejos de favorecer a los sectores populares, hace que si ellos avanzan por un mal camino, carezcan de interlocutores, o de compañeros, con quien discutirlos. Además supone una mala lectura de la sociedad burguesa, porque si hay algo que sabemos muy bien, es que la sociedad burguesa es opaca, no es transparente, y que el saber popular difícilmente pueda tener condiciones de enfrentar la opacidad del sistema capitalista. Creo que es una responsabilidad nuestra, plantarnos críticamente; poder ser críticos de los partidos de izquierda y también de las organizaciones populares.
La otra gran tarea es dar la batalla ideológica en los medios de comunicación. Sabemos que estamos a la defensiva, que tenemos pocos recursos, pero tenemos que hacernos presentes de alguna manera, y no dejar que los debates se cierren por causa de nuestra deserción. Tenemos que estar presentes y mantener una coherencia. Acá termino con una frase del viejo Engels, quien en un momento determinado -ya había muerto Marx-, recomendaba a los compañeros socialistas del partido alemán, no transformar la impaciencia en un argumento teórico. Fijate que muchos intelectuales de izquierda transformaron su impaciencia en argumentos teóricos, para apoyar infantilmente posiciones oficialistas, cuando creo que la mejor manera de favorecer a este gobierno es señalando implacablemente todos sus errores y todas sus desviaciones en materia económica, fun-damentalmente, pero al mismo tiempo diciendo que está muy bien que hayan adoptado una política de defensa de los derechos humanos, que está muy bien que el presidente haya dicho en la Asamblea General de la ONU que es un hijo de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, que está muy bien que haya decretado la remoción de toda la cúpula militar a los inicios de su gobierno, y que está muy mal que haga las cosas que hace en materia económica y social. Esa sintonía fina es una responsabilidad nuestra, y yo no veo muchos intelectuales embarcado por ahora en esa iniciativa.

 

 

 

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