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Capitalismo: La caída de un mito - Eduardo Montes de Oca

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Rebelión - 10-06-2016

El mito tiembla. Al parecer aumentan quienes estiman un fraude el aserto de que el capitalismo posee una infinita capacidad de generar crecimiento continuo. Tanto es así, que no se necesita ser precisamente uno de esos “trasnochados” izquierdistas para venir a alertar de cosas como un “petroarmagedón”, según una entidad tan “confiable” en su sesgo ideológico como Citigroup.
Sí, según los analistas del influyente grupo, citados por el medio RT, se aprecia toda una “resbaladiza espiral de la muerte”, la cual provocará una recesión universal que ningún país logrará evadir. Sucede que la retroalimentación negativa en la economía mundial y en los mercados financieros se rige por cuatro fenómenos interrelacionados: la vigorización del dólar estadounidense, los bajos importes de las materias primas, el debilitamiento de los flujos comerciales y de capital y la reducción del desarrollo de los mercados emergentes, de acuerdo con uno de los peritos, Jonathan Stubbs.
"Parece razonable suponer que un año más de fortalecimiento del dólar y caída de los precios del petróleo probablemente continúe impulsando esta retroalimentación negativa", comentaron los expertos, para quienes contrarrestar esta situación es "muy difícil", especialmente para los gobiernos de las naciones emergentes.
Más agoreros
Pero los mencionados no son los únicos “agoreros”. Por doquier tamborilea la aseveración. Para el reputado columnista de La jornada Alejandro Nadal está adviniendo una fase de estancamiento que podría prolongarse varios años. Las fuerzas que conspiran para que este letargo se ahonde y explaye en el tiempo son poderosas y atañen a todos los grandes centros de dinamismo económico. Y por la variada índole, resulta la mar de improbable encontrar un remedio a la situación. Entre esas adversidades figuran el proceso deflacionario que hoy afecta a EE.UU., Europa y China –los gigantes–; la imparable expansión del sector financiero y su hegemonía planetaria, y la profunda desigualdad, que continúa intensificándose.

A nivel de diccionario especializado elemental, recordemos que deflación viene siendo la contracción de la cantidad de papel moneda que se encuentra en circulación en el período de inflación (esta última, desvalorización, es decir, descenso de su capacidad adquisitiva, lo que conduce a una vertical alza de precios de las mercancías); reducción, decíamos, que realizan como contrapartida los ejecutivos burgueses, mediante la imposición fiscal complementaria a los trabajadores, el constreñimiento de gastos para propósitos socioculturales y la aplicación de otras acciones que mayormente pagan los más.
Según Nadal, el asunto es diáfano. La deflación está relacionada con el desendeudamiento y responde a una combinación de factores macroeconómicos. Importante: no se trata de un fenómeno coyuntural, como creerían algunos incautos, porque el acrecentamiento en las dos últimas décadas estuvo sostenido por el endeudamiento y episodios de rápido aumento en los precios de los activos: burbujas. El ajuste que sigue cuando estas revientan “conduce al desapalancamiento y frena el crecimiento. Por eso en los centros de dinamismo económico mundial la deuda del sector privado” representa “un factor fundamental para entender el mediocre ritmo de crecimiento económico. Hoy el endeudamiento del sector privado (familias y empresas) en China y EE.UU. alcanza 207 y 198 por ciento del PIB, respectivamente”.
Por otra parte, “en una economía capitalista es normal que el capital fluya hacia los sectores de mayor rentabilidad. Sin embargo, cuando la economía mantiene bajas tasas de rentabilidad y los capitales emigran hacia el sector financiero para buscar ganancias en la especulación, el resultado es una reducción en la tasa de crecimiento”. Actualmente, mientras estas conservaron su tendencia hacia la mediocridad, el sector del dinero mantuvo su expansión, en una lógica contraproducente.
La desigualdad social –tercer punto– deviene enorme: nada menos que las 62 personas más ricas del orbe poseen exactamente lo mismo que la mitad más pobre de la población, según la organización Oxfam International, que entre las causas del estado de cosas relaciona el ensanchamiento de la concentración de fortunas, impuestos totalmente insuficientes a los grandes capitales, así como la imparable transferencia de beneficios a paraísos fiscales.
Y esto, señores, que se proclamó con ímpetu en el último Foro Económico Mundial, sempiterna cita de Davos, tiene una última causa visible para quien quiere ver. Los más de dos mil 500 políticos, directivos empresariales y científicos, de más de cien países participantes, se anduvieron por las ramas, una vez más, asintiendo embelesados cuando la organización proclamaba que las reglas están hechas para los superricos. Lo que hace más difícil la lucha contra la pobreza y las enfermedades, “por lo que es necesario un sistema económico y financiero que beneficie a todos”.
Suena bien, ¿verdad? Como bien suena que se debe impedir que las grandes compañías eludan su responsabilidad, y que la de los políticos es acabar con los paraísos fiscales, que permiten ocultar ciclópeos capitales. Pero lo que no se expresó allí –Dios nos libre– es lo que repetimos con Alejandro Nadal. Si nos enfrentamos a un período de estancamiento que puede ser largo, “este es el sentido normal de la economía capitalista. Las fuerzas contradictorias que impulsan la acumulación de capital son las que también se erigen en obstáculos a la expansión económica”: la consabida caída de la tasa de ganancia, la competencia y la producción para un mercado ampliado que podría conducir a distorsiones como las descritas. Nada, que “la crisis económica no es una desviación anormal, sino el signo más puro de la naturaleza del sistema capitalista”.
El concilio de las sirenas
Por eso suenan a cantos de sirenas los llamados de la directora ejecutiva de Oxfam International, Winnie Byanyima, a tomar urgentes providencias para frenar la desigualdad. Como afirma un colega que alude a IPS, expertos han coincidido en que la globalización de la que tanto se habla no supone un problema en sí; lo que la puede convertir (la ha convertido) en algo negativo es la incapacidad de los mismos líderes reunidos en Davos de garantizar que no existan dos mundializaciones: la del enriquecimiento de unos pocos y la del empobrecimiento del resto del planeta. Y que, por ejemplo, cese la vergonzoza situación que denuncia la FAO: mientras “cada año se pierden o desperdician mil 300 millones de toneladas de alimentos en algunos países, en otros se desperdicia hasta 35 por ciento de los disponibles”… ¿Habrá mayor inri para la humanidad que esto?
¿Tendrán conciencia plena los reunidos en la apacible localidad alpina de la ineluctabilidad del apocalipsis para ellos también? Puede ser, solo que el presentismo no les permite actuar. ¿Quién lanza la primera piedra? Uno que entonces quebraría, en tanto los demás conservarían sus tesoros. Y eso les es inaudito, aunque entrevean que, insistamos con Nadal, el crack presente no significa una simple desviación de un camino que debería conducir a más bienestar general. “Es en realidad otra trayectoria. Algunos rasgos del paisaje los conocemos y nos son familiares; pero este nuevo sendero conduce a lugares desconocidos y peligrosos. La crisis global ha ido transformándose desde que nació. En 2008. Primero se presentó como un descalabro de una parte de los mercados financieros en Estados Unidos. Las autoridades monetarias y fiscales pensaron que era posible contener el problema y limitar los daños al mercado hipotecario. Las técnicas financieras que rodearon el desarrollo del mercado inmobiliario hicieron eso imposible: los vehículos de inversión mezclaron créditos buenos con préstamos imposibles de rembolsar y la securitización condujo estos productos tóxicos a todos los rincones del mercado financiero en el mundo. El apalancamiento y las operaciones con otros productos derivados hicieron el resto. La metástasis de la crisis en el mercado hipotecario fue la primera etapa de la crisis.
“En septiembre de 2008 Lehman Brothers inició el procedimiento del concurso mercantil por quiebra, porque tenía una exposición desmedida en el mercado hipotecario. La decisión política de dejar caer a este banco de inversión sacudió los cimientos del sistema financiero mundial y mostró su fragilidad y la profundidad de su interdependencia. La crisis no solo se había transformado; también había invadido la economía del planeta entero”.
Y ¿cómo salir del entuerto? Bueno, en esta oportunidad los contertulios de Davos han tenido que involucrarse en discusiones que antaño pudieron soslayar. El vertiginoso derrumbe de los precios del petróleo, el caos de los miles de refugiados que huyen del hambre y las guerras y se van a Eldorado, a Europa, y la extensión del terrorismo encabezado por el llamado Estado islámico seguro borraron el sueño a más de uno entre quienes, en el criterio de un articulista, están acostumbrados a mostrar la vitrina del capitalismo y las cacareadas bondades de la mundialización.
Pero ¿qué esperar de quienes pueden agenciarse exorbitantes cantidades de dinero en boletos de avión, y en habitación, comida, bebidas y otras exquisiteces propias de aquellos que poseen tanto como la mitad de la raza humana? Si se resignan a los temas tratados, que por cierto incluyen el cambio climático, es porque en su fuero interno dudan, y temen. Sin embargo, siguen cobijando el mito de que el capitalismo garantiza el progreso continuo. La pregunta entonces sería: ¿hasta cuándo?

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