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REPENSANDO EL HOY (Y EL MAÑANA) CON JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI Y RODNEY ARISMENDI -SEGUNDA PARTE- Alexis Capobianco

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15/07/2016

En la primera parte de este artículo, retomabamos algunos análisis y caracterizaciones que desarrollaron algunos pensadores marxistas latinoamericanos, como Mariátegui y Arismendi, sobre las formaciones sociales latinoamericanas. Las mismas se caracterizan por el predominio, por lo menos desde el comienzo del siglo XX, de relaciones de carácter capitalista, por su dependencia respecto al imperialismo, y por haber seguido una vía de desarrollo del capitalismo llamada “prusiana” u oligárquica que no lleva hasta sus últimas consecuencias la revolución democrática iniciada con las revoluciones independentistas, así como por insertarse con un carácter subordinado y dependiente en la división internacional del trabajo. Esta vía que supone la persistencia del latifundio -y en nuestro caso la dependencia del imperialismo- era calificada por Arismendi como “la más dolorosa” para los sectores subalternos y nuestros pueblos en general.

Si bien en el siglo XIX hubiera sido posible otra vía, como la democrática radical que intentó llevar adelante José Artigas,1 la cual suponía acabar con el latifundio y promover una inserción no subordinada con respecto a las grandes potencias capitalistas, en el siglo XX, para ambos autores, no era posible aspirar a un desarrollo capitalista autónomo. Solo rompiendo la dependencia del imperialismo y el latifundio, principales obstáculos al desarrollo de las fuerzas productivas para ambos pensadores, era posible ponernos en la senda de un desarrollo autónomo. Pero esas tareas, en el contexto histórico del siglo XX, solo podían ser llevadas adelante por la clase trabajadora, lo cual nos ponía en la antesala del socialismo. Solo la clase trabajadora puede llevar adelante este proceso, de revolución democrática y de liberación nacional, primera etapa de un proceso que, para ambos pensadores, si era dirigido por la clase trabajadora, podría convertirse en un proceso de revolución socialista, es decir, podría devenir en un proceso de revolución ininterrumpida que iría de la revolución democrática de liberación nacional al socialismo.

¿Qué se ha transformado y que permanece hoy en relación a estos planteamientos que ya tienen más de medio siglo? No pretendemos resolver aquí esta cuestión sino plantear una serie de elementos y argumentos para los cuáles las grandes tesis de estos pensadores siguen vigentes  en condiciones nuevas, que los transforman, complejizan y, en muchos aspectos, profundizan.

Si el carácter capitalista no era tan claro en la América Latina de Mariátegui, donde políticos como Víctor Raúl Haya de la Torre sostenían que tenía un carácter predominantemente feudal, sin duda éste se fue haciendo cada vez más claro con el tiempo, en la medida que lo que el mismo Mariátegui había señalado se iba concretando: América Latina seguía un desarrollo capitalista, donde paulatinamente se fueron debilitando o desapareciendo relaciones de carácter precapitalista, y si bien hoy siguen existiendo -en algunos países más y en otros menos- relaciones de carácter precapitalista (o no capitalista), hoy nadie afirma el carácter feudal o semifeudal de América Latina como en momentos anteriores. Si bien pueden seguir existiendo relaciones con rasgos propios de servidumbre, e incluso esclavistas (aparte de relaciones de carácter comunitario  entre los pueblos indígenas), lo que predomina hoy en América Latina son las relaciones trabajo asalariado-capital.

Pasadas ya modas como la del “fin del trabajo”, sería necesario señalar algunas cuestiones: el carácter precario o no del trabajador asalariado no supone un “fin del proletariado” o de la clase trabajadora. En tiempos de Marx, cuando este pensador desarrolla su teorización, la clase trabajadora era en general precaria, informal y no contaba con muchos de los derechos que conquistarán los trabajadores como producto de su organización y su lucha a posteriori. En el imaginario, se asocia fuertemente la idea de proletariado con el proletariado del siglo XX, estable en un determinado empleo durante muchos años, formalizado y asociado a un determinado sindicato, pero ese proletariado no es todo el proletariado posible, ni fue tampoco una realidad universal en el siglo XX, sino una expresión de determinados sectores de esta clase en un determinado momento histórico.

Daniel Olesker sostiene en sus estudios sobre las transformaciones de las clases sociales durante el período neoliberal que la clase trabajadora constituía un 73% de la Población Económicamente Activa sobre un total de 1.400.000 y agregaba:

“... lo primero que quisiéramos destacar es el hecho de que lejos de reducirse esta clase, como propone la ideología del posmodernismo, viene creciendo... Lo que se modifica son sus condiciones de trabajo, las formas de venta de la fuerza de trabajo y sobre todo las ramas de actividad con un crecimiento de la clase trabajadora asalariada del comercio y los servicios”.2

En una línea similar sostiene el filósofo Daniel Bensaïd:

“En las sociedades desarrolladas , el proletariado de la industria y de los servicios representa de dos tercios a cuatro quintos de la población activa. La cuestión interesante no es la de la anunciada desaparición, sino la de sus metamorfosis sociales y sus representaciones políticas...Internacionalmente, la tendencia fuerte es a la “proletarización del mundo”. En 1900, la estimativa era de más o menos 50 millones de trabajadores asalariados en una población global de mil millones de habitantes. Hoy se calcula que hay alrededor de dos mil millones en una población de seis mil millones. El asunto es teórico, histórico y cultural, así como sociológico”3

El proletariado en las periferias siempre tuvo un carácter mucho más precario e informal. A pesar de que el modelo de industrialización por sustitución de importaciones, que se desarrolla en América Latina en las primeras décadas del siglo XX y mediados del siglo XX, permitiera la formalización y estabilización de amplios sectores, la cual fue fuertemente atacada por las dictaduras y los gobiernos neoliberales de los sesenta, setenta, ochenta y noventa, como vía para aumentar los niveles de explotación.

Tampoco hay que confundir las formas jurídicas con el carácter objetivo y real que ocupa un determinado individuo en las relaciones sociales de producción. Alguien puede ser “legalmente” un asalariado, como lo son los gerentes o familiares directos de los propietarios de una determinada empresa, y recibir ingresos que suponen no un carácter de explotados sino de explotadores con respecto a trabajadores a los cuales se les apropia el trabajo. A la inversa, un determinado individuo o conjunto de individuos pueden aparecer como “microempresarios”, y ser en realidad trabajadores en carácter de dependencia con respecto al capital, igual o más explotados que otros trabajadores que son legalmente “asalariados”. Estas aclaraciones son necesarias en una América Latina en donde históricamente tuvo un gran peso el trabajo informal, y las relaciones precarias, y donde también se ha extendido mucho la contratación como “microempresas” a trabajadores dependientes, con el objetivo de recortar derechos y permitir aumentar los márgenes de ganancia del capital, además de generar determinados efectos ideológicos: como hacer creer al trabajador en relación de dependencia que es un empresario e invisibilizar a aquellos que participan en la apropiación de plusvalía.4

Por todo lo antes expuesto, América Latina ha acentuado su carácter capitalista, asimismo la clase social que la tradición marxista identificaba como el principal sujeto revolucionario lejos de haber desaparecido ha crecido en términos nacionales, regionales y mundiales cuantitativamente. El problema no es la pretendida inexistencia de la clase trabajadora proclamada por el postmodernismo y otras corrientes, sino los procesos políticos-ideológicos necesarios para que esa clase devenga en “fuerza política real”, en sujeto de la historia, en clase para sí y no solo en sí, en un contexto de despolitización, individualismo, y resignación, producto de cambios históricos y del activo papel de las clases dominantes tanto en el plano ideológico como el político, tanto en la construcción de un consenso ideológico que ha transformado en fuertemente hegemónica la idea de que “no hay alternativas al capitalismo” como así también en la utilización de la fuerza y del terrorismo de estado como estrategia para mantener su dominación, ayer con las dictaduras del Plan Cóndor, hoy en México y Colombia con el asesinato y desaparición de miles de militantes, o en Honduras, Paraguay, Haití o Brasil con los procesos golpistas.

Pero Mariátegui y Arismendi no solo afirmaban el carácter capitalista de nuestras formaciones sociales, sino que éstas eran asimismo dependientes, si bien Mariátegui nunca uso esta categoría, lo que después se llamaría dependencia queda claramente expresado en todo su análisis. Tras las dictaduras de los sesenta, setenta y ochenta, ese  carácter dependiente se acentuó, vía endeudamiento, achicamiento del mercado interno, amplios procesos privatizadores (como en el caso de Chile),  apertura comercial y liberalización, todo lo cual se profundizó con el ciclo neoliberal de los noventa, y sus fuertes políticas privatizadoras, aperturistas, de contracción del salario, lo cual debilitó el mercado interno y acentuó el carácter exportador (lo cual se relaciona fuertemente en nuestras formaciones sociales con el carácter dependiente). Se podrían agregar otros elementos fundamentales, como los procesos de dolarización económica que sufrieron algunos países como Ecuador, o la firma de tratados de libre comercio con EEUU, proceso que se inició con México y la firma del acuerdo de libre comercio en Norte América con EEUU y Canadá (NAFTA por sus siglas en inglés).

Esa dependencia se manifestó también en el plano político con el extremo argentino del menemismo que proclamó “relaciones carnales” con EEUU, en el plano militar, con la continuidad de las misiones militares conjuntas y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Pero también se manifestó -y profundizó- fuertemente en el plano cultural. El neoliberalismo suponía no solo un proyecto económico, como siempre insistía el filósofo uruguayo José Luis Rebellato5, sino también ético y cultural. A nivel de los valores, ese modelo impulsó fuertemente el individualismo extremo con su concomitante despolitización, y a nivel cultural nos vimos inundados por un gigantesco mare magnum de publicidad, imágenes y productos de toda índole que expresaban y transmitían esa cultura individualista, la idea de que no hay alternativas y que el capitalismo actualmente existente es el único mundo posible, además del consumismo como ideal de vida, todo lo cual era posibilitado o potenciado, a su vez, por el fuerte desarrollo de tecnologías, en particular de los medios de comunicación.

Ese carácter dependiente no fue superado en la etapa que se inicia con los gobiernos progresistas y de izquierda, lo cual se ha manifestado, en forma bastante clara, tras la bajada de precios que han sufrido los productos primarios en los últimos años, tras un ciclo en la década pasada de suba de precios, lo cual ha afectado fuertemente a nuestras economías, en particular a los países productores de petróleo como Venezuela, dada la importante baja del precio de barril de petróleo que pasó de alrededor de 100 dólares a 20. No ha habido la suficiente diversificación productiva en nuestro continente, ni se ha superado el carácter predominantemente primario de nuestras economías que nos de un mínimo resguardo con respecto a  los vaivenes de la economía mundial.

Algunos analistas sostienen, por el contrario, que la producción se ha primarizado6, cuestión que solo quiero señalar pero no analizar, lo que es claro es que América Latina no es un continente que se caracterice por el predominio de una producción de “alto valor agregado”7, ni por el desarrollo de una tecnología independiente, cuestiones fundamentales hoy para señalar la diferencia entre países centrales y periféricos, dado que hoy la ciencia y la tecnología son la principal fuerza productiva y la actual división internacional del trabajo tiene entre sus elementos fundamentales la división entre países que producen ciencia y tecnología de punta y aquellos que no, o que producen en un grado mucho menor.

Asimismo, si bien se dio una mejora de los términos de intercambio, y en cierta forma se mejoró la situación con respecto a la deuda, la misma y las inversiones del capital transnacional no han dejado de ser un importante mecanismo de apropiación de plusvalía por parte de los países centrales en donde están la mayoría de las casas matrices de las empresas transnacionales (si bien hay un creciente papel de China, que cuenta hoy con algunas de las mayores empresas del mundo, muchas de ellas de carácter estatal)8, y los principales acreedores de nuestra deuda. Capitales que no pueden ser reinvertidos en nuestras economías y que en el caso de países como Uruguay se ve agravado dado las exoneraciones impositivas con que cuentan las llamadas Inversiones Extranjeras Directas. Y si bien los presupuestos dirigidos a la educación e investigación9 han mejorado, los mismos, parecen ser aun lo suficientemente bajos como para permitir un desarrollo científico-tecnológico autónomo, cuestión fundamental en momentos en que la ciencia y la tecnología se transforman en la fuerza productiva fundamental tal como previó Marx hace siglo y medio. En Uruguay, la inversión en investigación no alcanza el 1% del PBI. Esto no significa que no se hayan hecho esfuerzos a nivel político, ideológico y económico en favor de una mayor independencia, pero los mismos, si bien valiosos, deben ser considerados como puntos de partida y no como estaciones terminales.

Estos esfuerzos contaron a nivel continental con la revolución bolivariana y la impronta de Hugo Chávez como su gran promotor. Entre estas iniciativas que apuntaron a la conquista de mayores niveles de autonomía, nos encontramos la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y Petrocaribe, planteadas como formas de integración basadas en el principio de solidaridad, Telesur (cuyo objetivo era romper la monocromía informativa e ideológica de las grandes cadenas informativas, que en general reproducían y siguen reproduciendo los grandes medios de comunicación), la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), organismos internacionales de carácter sudamericano el primero y Latinoamericano y Caribeño el segundo, sin la presencia de EEUU en ninguna de las dos. Estas organizaciones surgieron como una alternativa a la OEA, organismo con una historia de servilismo y sometimiento a los intereses de EEUU que no ha hecho más que perpetuarse en el ingerencismo de su Secretario General actual, Luis Almagro, contra Venezuela. Entre las iniciativas que apuntaban a una mayor autonomía y no llegaron a concretarse estaba el Banco del Sur, el cual hubiera constituido una importante herramienta de autonomía financiera y económica.

Se hicieron esfuerzos también a nivel nacional, que abarcan diversas dimensiones, que van de lo cultural a lo económico (en algunos países más en otros bastante menos), pero todos estas iniciativas, por valiosas e importantes que fueran, no lograron que superáramos el carácter dependiente de nuestras formaciones sociales, abriéndose ahora dos grandes perspectivas: o profundizar ese camino tomando los avances habidos en este sentido como un punto de partida para transformaciones más radicales, que apunten a la superación de la dependencia en todos los niveles y la transformación de las estructuras agrarias, caracterizadas por la gran propiedad terrateniente fuertemente asociada hoy con el capital transnacional, o se aceptan las pautas impuestas por “los mercados”, lo cual seguramente nos llevará a profundizar los niveles de dependencia y a retroceder en aquellos aspectos que se haya podido avanzar en las últimas décadas.

La elección no es fácil, como tampoco lo es construir una perspectiva emancipadora que necesariamente deberá tener un horizonte socialista, pero la otra opción es perpetuar nuestra situación de dependencia, de miseria y violencia estructural que la acompaña, esta perpetuación implicaría la profundización de la misma, la cual se agravaría con iniciativas como los tratados de libre comercio (TLC), o tratados de intercambios de servicios como el TISA, que no solo son promovidos  por la derecha neoliberal clásica sino por sectores supuestamente “progresistas” que llegaron a los gobiernos en el marco de fuerzas que se presentaban como alternativas al neoliberalismo.

Por último, estas últimas décadas se han caracterizado por el fuerte desarrrollo del agronegocio (forestación y soja entre otras actividades en nuestro país)10. El agronegocio supone formas de producción claramente capitalistas y se ha desarrollado fuertemente en toda nuestra región, está fuertemente asociado con procesos de extranjerización y concentración de la tierra, con una participación protagónica del capital transnacional11, su producción se encuentra orientada hacia la exportación básicamente, y no hacia el mercado interno ni al desarrollo o mantención de la soberanía alimentaria, por el contrario, suele entrar en contradicción con esta última.

En esta expansión del agronegocio, se anudan dos cuestiones como son la dependencia y la gran propiedad territorial con un carácter claramente capitalista, o dicho con otras palabras, se imbrican fuertemente el latifundio y el fenómeno de la exportación de capitales, rasgo propio del capitalismo en su fase imperialista. Este desarrollo del agronegocio ha permitido ciertos niveles importantes de crecimiento económico en determinadas actividades, cosa que nunca negaron como posibilidad los pensadores aquí citados, lo que si afirmaron es que el latifundio y el imperialismo constituían importantes trabas al desarrollo de las fuerzas productivas, lo cual no quiere decir trabas al desarrollo del capitalismo, ni al crecimiento, ni que esas trabas impidan absolutamente todo desarrollo de las fuerzas productivas. El desarrollo   del capitalismo en América Latina es, según expresiones de Arismendi un desarrollo deforme que siguió la vía más dolorosa: la oligárquica o prusiana. Todos estos fenómenos se encuentran en la base de lo que el pensador uruguayo llamó “crisis estructural” del capitalismo latinoamericano, concepto que abordaremos como eje central en el próximo artículo.

Sintetizando algunas cuestiones que planteamos en este artículo, podemos decir que América Latina se ha profundizado su desarrollo capitalista con una fuerte presencia transnacional, perpetuando su carácter dependiente, agravado en algunos países por la firma de tratados de libre comercio que retacean aun más la soberanía y profundizan la dependencia. Asimismo, el latifundio sigue siendo un fenómeno propio de toda América Latina, donde no ha habido en general procesos de reforma agraria profundos que revirtieran procesos de concentración y extranjerización de la tierra. Esta gran propiedad ha adquirido cada vez más un marcado carácter capitalista, asociado al capital transnacional. Esa dependencia no ha sido superada aun en los países que impulsaron tanto a nivel continental como a nivel nacional iniciativas que iban orientadas en un sentido autonomizante, lo cual nos da cuenta de la complejidad del proceso emancipador, así como de la existencia en nuestro continente de fuerzas sociales y políticas tendientes a perpetuar y profundizar la dependencia como de fuerzas dispuestas a procesos de ruptura de carácter potencialmente emancipador.

 Notas:
1 La misma tendencia jacobinaradical representaron Mariano Moreno en la Revolución de Mayo, Toussaint Louverture en Haití y José María Morelos y Manuel Hidalgo en México. Sobre esto se puede ver Kossok, Manfred, "La sal de la revolución. El jacobinismo en Latinoamérica. Intento de una determinación de posiciones" en Historia y Sociedad, México, 1977, 2a. época, núm. 13, pp. 22-46
2 Olesker, Daniel, “El análisis de la sociedad uruguaya y sus alternativas. Una comparación entre la declaración de 1958 y las necesidades actuales”, en VVAA, Vigencia y actualiación del marxismo en el pensamiento de Rodney Arismendi, Ed. Fundación Rodney Arismendi, Montevideo, 2001, p. 57.

3 Bensaïd, Daniel, “La lucha de clases es irreductible a las identiddes comunitarias” en “Revista de ensaos 'Prohibido Pensar”, Número 1, Montevideo, 2014, pp. 52-53.

4 Portes, Alejandro y Hoffmann,Kelly, “La estructura de clases en América Latina: composición y cambios durante la era neoliberal”, Instituto de desarrollo económico y social, 2003 en http://www.estadisticas.gobierno.pr/idh/LinkClick.aspx?fileticket=aUNwRqW1nO8%3D&tabid=365&language=en-US En este trabajo, los autores sostienen que en promedio en América Latina existe un proletariado formal que alcanza el 35% de la población económica activa, y el proletariado informal entre un 44 y 48%. el artículo ya tiene algunos años, y posiblemente haya habido muchas variaciones, pero el mismo fue realizado precisamente en los años que más fuertes eran los planteos sobre “el fin del trabajo”, “la desaparición del proletariado” y otras ideas similares. Si comparamos el capitalismo actual con aquel en que vivió Marx, nos encontraremos con que el número de trabajadores asalariados es mucho mayor hoy en términos relativos y absolutos que en el período que le tocó vivir a Marx, donde el modo de producción capitalista y sus relaciones sociales de producción concomitantes no se habían expandido como lo han hecho hoy a la casi totalidad del mundo

5 Rebellato, José Luis, “La encrucijada de la ética. Neoliberalismo, conflicto norte-sur”, Ed. Nordan, Montevideo, 1995.

6 Facundo Albornoz analiza comparativamente la estructura de las exportaciones en América Latina en el períiodo que va desde el año 2000 y en el año 2010, tomando en cuenta diversas variables que van desde el precio a los grados de complejidad tecnológica, concluyendo que la tendencia general ha sido hacia la primarización, más acentuada en países como Brasil y México, que eran dos países con importantes exportaciones industriales. Albornoz, Facundo, “Exportaciones de América Latina en los 2000. ¿Es América Latina más primaria que nunca?, CONICET-UBA en http://www.ricyt.org/files/edlc2011/1.2.pdf

7 “Durante el 2015 las exportaciones latinoamericanas declinaron por tercer año consecutivo. El freno del crecimiento chino, la menor demanda de agro-combustibles y el retorno de la especulación a los activos financieros tienden a revertir la valorización de las materias primas. Esa caída de precios se afianzará si el shale coexiste con el petróleo tradicional y se consolidan otros sustitutos de insumos básicos. No es la primera vez que el capitalismo desenvuelve nuevas técnicas para contrarrestar el encarecimiento de los productos primarios. Estas tendencias suelen arruinar a todas las economías latinoamericanas atadas a la exportación agro-minera. Las adversidades del nuevo escenario se verifican en la reducción del crecimiento. Como la deuda pública es inferior al pasado no se avizoran aún los colapsos tradicionales. Pero ya declinan los recursos fiscales y se estrecha el margen para desenvolver políticas de reactivación. El ciclo progresista no fue aprovechado para modificar la vulnerabilidad regional. Esta fragilidad persiste por la expansión de negocios primarizados en desmedro de la integración y la diversificación productiva. Los proyectos de asociación sudamericana fueron nuevamente desbordados por actividades nacionales de exportación, que incentivaron la balcanización comercial y el deterioro de procesos fabriles.” katz, Claudio, “Dsesenlaces del ciclo progresista”, enero 2016 en  http://katz.lahaine.org/?p=265

8 http://fortune.com/global500/

9 Las cifras sobre investigación y desarrollo que aporta el Banco Mundial son elocuentes, mientras que Uruguay en 2012 invertía según el Banco Mundial 0,23% del PBI, Finlandia, muchas veces citado como modelo, invertía un 3,42, es decir casi 15 veces más de un Producto Bruto Per Capita mucho mayor, en el mismo año Japón invertía un 3,34% del PBI y Estados Unidos un 2,81. América Latina invertía ese mismo año un promedio de 0,76% mientras que Norteamérica un 2,69, de un PBI, recordemos, mucho mayor que el Latinoamericano. Para consultar los datos http://datos.bancomundial.org/indicador/GB.XPD.RSDV.GD.ZS Las cifras que aporta la UNESCO son un poco más optimistas para Uruguay, según dicha organización la inversión en investigación alcanzaría el  0,43% del PBI http://www.indexmundi.com/es/datos/indicadores/GB.XPD.RSDV.GD.ZS

10 Narbondo; Ignacio y Oyhantçabal, Gabriel,  “El agronegocio y la expansión del capitalismo en el campo en Uruguay” en http://www.madres.org/documentos/doc20130123164207.pdf En este artículo los autores  analizan la expansión del agronegocio en el Uruguay y su asociación con el capital transnacaional. “El capital financiero desembarca en la agricultura con capital acumulado en otras ramas de la economía, comprando acciones de las principales corporaciones agrícolas y adquiriendo tierras en las más diversas regiones del planeta, mediante un flujo continuo de capitales que operan a través de grandes fondos de inversión. Este proceso consolidó en el sector a grandes empresas transnacionales ubicadas en todas las fases de los complejos a lo largo y ancho del planeta.”

11 “Actualmente, al menos un millón de hàs. están en manos de una docena de empresas, todas ellas extranjeras, lo que significa un vuelco importante en la historia agraria del Uruguay. Los dos mayores propietarios de tierras son dos empresas forestales extranjeras, con cerca de 200.000 ha cada una –una de capitales finlandeses, suecos y chilenos y la otra de capitales finlandeses–.” Dirven, Martine, “Dinámicas del mercado de tierras en los países del Mercosur y Chile: una mirada analítica-crítica” en Soto Baquero, Fernando y Gómez, Sergio (Ed.), “Reflexiones sobre la extranjerización de la tierra en América Latina y el Caribe”, Ed. FAO, 2014 en http://www.fao.org/3/a-i3075s.pdf Este proceso no es exclusivo de Uruguay, sino de toda América Latina, con importantes consecuencias en cuanto a las características de la producción, a nivel ambiental y también social.
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