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"Para nosotros «Lenin» no es el nombre nostálgico de una vieja certeza dogmática; al contrario, el Lenin que queremos recuperar es el Lenin en devenir, el Lenin  cuya experiencia fundamental fue verse arrojado en una constelación nueva de catástrofes en la que los viejos puntos de referencia se revelaban inútiles, y que por  ello se vio obligado a reinventar el marxismo."

"Lo que  hizo Lenin en 1914, es lo que deberíamos hacer en la actualidad."

Lenin reactivado - Hacía una política de la verdad -

Publicamos la introducción a este libro, editado en 2010, pues a cien años de Octubre que se cumplirán el año entrante, se hace imprescindible revalorar el contenido revolucionario, el significado y la herencia del pensamiento de aquel pueblo obrero y campesino, liderado por Ilich.

Introducción
Repetir Lenin
Sebastian Stathis,Kouvelakis Budgen y SlavojZizek

El proyecto de este libro comenzó casi como un gesto provocativo, con la conferencia sobre Lenin («Hacia una política de la verdad: la recuperación de Lenin»), celebrada en febrero de 2001 en el Instituto Kulturwissenschaftliches de Essen (Alemania). Para algunos comentaristas de los medios se quedaba en eso: una provocación. Con los ensayos que forman este libro, algunos documentos presentados en la conferencia, otros generosamente ofrecidos por sus autores para ser incluidos en este volumen, queremos mostrar que hay algo más que un intento de alarmar y escandalizar en una época dominada por el «consenso pospolítico».

¿Por qué centrarse hoy día en Lenin? Para nosotros la respuesta está clara: reivindicar el nombre de «Lenin» es una necesidad urgente precisamente ahora, en  unos tiempos en que muy poca gente considera seriamente que siga habiendo posibles alternativas al capitalismo. En un momento en el que el capitalismo global aparece como la única alternativa y el sistema liberal democrático como la organización política óptima de la sociedad, realmente se ha vuelto más fácil imaginar el fin del mundo que un cambio mucho más modesto del modo de producción.

Esta hegemonía liberal democrática está sostenida por una tácita Denkverbot (prohibición de pensamiento), similar a la infame Berufsverbot (prohibición de dar  empleo a izquierdistas en cualquier institución del Estado) que se produjo en Alemania a finales de los años sesenta. En el momento en que uno muestra la más mínima señal de compromiso con proyectos políticos que apuntan a un verdadero desafío del orden existente, él o ella recibe inmediatamente la siguiente respuesta:
«A pesar de su benevolencia, ¡eso finaliza necesariamente en un nuevo Gulag!». El «regreso a la ética» de la actual filosofía política explota vergonzosamente los horrores  del Gulag o del Holocausto como la táctica final de amedrantamiento con la que chantajearnos para que renunciemos a cualquier compromiso radical. De esta manera, los sinvergüenzas conformistas liberales pueden encontrar una hipócrita satisfacción en su defensa del orden existente; saben que hay corrupción, explotación y  todo lo demás, pero denuncian cualquier intento de cambiar las cosas como éticamente peligroso e inaceptable, resucitando el fantasma del totalitarismo.
La salida de este punto muerto, la reafirmación actual de una política de la verdad, debería en primer lugar tomar la forma de un regreso a Lenin. Pero una vez  más surge la pregunta; ¿por qué a Lenin, por qué no simplemente a Marx? ¿No es el verdadero regreso el regreso a los orígenes verdaderos?
Regresar a Marx se ha convertido en una moda académica. ¿Qué Marx obtenemos con estos regresos? Por un lado, en el mundo de habla inglesa, obtenemos al Marx de los estudios culturales, el Marx de los sofistas posmodernos, de la promesa mesiánica; en Europa continental, donde la división «tradicional» del trabajo intelectual es más fuerte, obtenemos un Marx depurado, aséptico, el autor «clásico» a quien se le puede conceder un lugar (marginal) en el panteón académico. Por el otro, tenemos al Marx que predijo la dinámica de la actual globalización y al que como tal se cita incluso en Wall Street. Lo que todas estas perspectivas tienen en común es la negación de la verdadera política; el pensamiento político posmoderno se opone al marxismo con minuciosidad, es esencialmente posmarxista.  La referencia  a Lenin nos permite evitar estas dos trampas.
Hay dos rasgos que distinguen su intervención. El primero es que no podemos enfatizar lo suficiente la externalidad de Lenin respecto a Marx. No era miembro de  su círculo de iniciados, de hecho nunca se encontró ni con Marx ni con Engels.
Además, llegaba de una tierra en las fronteras orientales de la «civilización europea». Esta externalidad es parte del argumento racista estándar occidental contra  Lenin: introdujo en el marxismo el principio despótico ruso-asiático y dando un paso más, los propios rusos le repudiaron señalando sus orígenes tártaros. Sin embargo, resulta que solamente desde esta posición externa es posible recuperar el impulso original de la teoría. De la misma manera que San Pablo y Lacan reescribieron las enseñanzas originales en diferentes contextos (San Pablo reinterpretando la crucifixión de Cristo como su triunfo, Lacan leyendo a Freud a través de Saussure y el estadio del espejo), Lenin desplaza violentamente a Marx, arrancando su teoría de su contexto original, plantándola en otro momento histórico y así universalizándola de manera efectiva.
El segundo es que solamente por medio de ese desplazamiento violento se puede poner en funcionamiento la teoría original, materializando su potencial de intervención política. Resulta significativo que la primera vez que se escucha la singular voz de Lenin sea en ¿Qué hacer? El texto muestra su decisión de intervenir en la situación, no en el sentido pragmático de ajustar la teoría a demandas realistas por medio de los necesarios compromisos, sino por el contrario de eliminar todos los compromisos oportunistas, de adoptar la posición inequívocamente radical desde la que sólo es posible intervenir de tal manera que nuestra intervención cambie las coordenadas de la situación.

La apuesta de Lenin, que hoy día, en nuestra era de relativismo posmoderno se muestra más actual que nunca, es que la verdad y el partidismo, el gesto de tomar  una posición, no se excluyen mutuamente sino que son condición la una del otro; la verdad universal en una situación concreta solamente se puede articular desde una  posición concienzudamente partidista. La verdad es siempre unilateral por definición. Esto por supuesto va contra la ideología predominante del compromiso, de encontrar un camino intermedio entre la multitud de intereses conflictivos.

Para nosotros «Lenin» no es el nombre nostálgico de una vieja certeza dogmática; al contrario, el Lenin que queremos recuperar es el Lenin en devenir, el Lenin  cuya experiencia fundamental fue verse arrojado en una constelación nueva de catástrofes en la que los viejos puntos de referencia se revelaban inútiles, y que por  ello se vio obligado a reinventar el marxismo.

Nuestra idea es que no es suficiente con regresar a Lenin simplemente, como si se tratara de recrearse en un cuadro o visitar una lápida; de lo que se trata es de repetirlo o recargarlo, es decir, de recuperar el mismo impulso en la actual constelación, Este regreso dialéctico a Lenin no se dirige ni a una recreación nostálgica de los «viejos buenos tiempos revolucionarios» ni al oportunista ajuste pragmático del viejo programa a las «nuevas condiciones». Por el contrario, se dirige a repetir, en las actuales condiciones globales, el gesto «leniniano» que reinventa el proyecto revolucionario en las condiciones del imperialismo, el colonialismo y la guerra mundial, más exactamente, después del colapso político e ideológico de la larga época del progresivismo, en la catástrofe de 1914. Eric Hobsbawn definió el concepto de siglo XX como el tiempo que transcurre entre 1914, el final de la expansión pacífica del capitalismo, y 1990, el surgimiento de la nueva forma de capitalismo global después del colapso del Bloque del Este.

Lo que  hizo Lenin en 1914, es lo que deberíamos hacer en la actualidad.
 
Los textos incluidos en este volumen encajan en esta perspectiva, no a pesar sino debido a la multiplicidad de posiciones que ocupan y defienden. «Lenin» se  encuentra aquí como la imperiosa libertad de suspender las trasnochadas coordenadas ideológicas existentes, la debilitante Denkverbot en la que vivimos. Simplemente significa ser autorizados a empezar a pensar y actuar de nuevo.

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