bridge3.jpgbridge1.jpgbridge2.jpgbridge6.jpg

La abolición del trabaja asalariado y el socialismo en Cuba
Pedro Campos Santos

La Revolución se pierde o se gana, según sigamos la filosofía del viejo burocrático, estatismo-asalariado o avancemos a la introducción de la autogestión socialista con las nuevas relaciones de producción cooperativas, a fin de garantizar el triunfo del trabajo sobre el capital.
                            
A 106 años del inicio de la seudo-república, a la cual no queremos volver.
Desde la discusión del discurso de Raúl del 26/7/07, tiene lugar una “apertura limitada” para dar paso a las opiniones y críticas de los de abajo, a lo interno de la Revolución, donde las posibilidades de intercambio horizontal entre  militantes de base, políticos, académicos y profesionales, siguen constreñidas; los pequeños espacios controlados en la prensa se muestran insuficientes y en consecuencia el debate profundo se queda  en estrechos marcos sin compartirse en el Partido, el gobierno y la sociedad.

Ante los llamados del Presidente a debatir abiertamente, pocos han sido los análisis amplios y profundos de todo lo ocurrido, publicados por académicos, profesionales  y políticos estudiosos de las ciencias sociales marxistas y menos, los debates de fondo en la prensa oficial, que si bien se ha permitido algunos artículos críticos, en pocos casos llega a valorar las causas sistémicas que, en cambio, sí son tratados con todo descarne en la prensa digital de izquierda, donde la derecha entra sólo con comentarios, a veces agresivos, que nada significativo aportan, mostrando sólo su ansias revanchistas. Cada día son más los que, estimulados por el desastre real del socialismo pretendido, prefieren basar sus análisis en cualquier pensador de “moda”, que no sea Carlos Marx.

Entre las posiciones que han recibido alguna difusión nacional, destacan las de quienes intentan encontrar soluciones “socialistas” en las esferas de la distribución, moviendo precios y salarios; en la circulación de la moneda y en la concientización política de las masas para que produzcan más, poniendo el  énfasis en  la disciplina, “aumentar la producción para poder aumentar los salarios”, distribuir “estatal y adecuadamente” lo que tenemos, estimular la producción agrícola a partir sólo de incentivos mercantiles, incitar el consumo de los “pudientes” para “equilibrar las finanzas”, fortalecer la “economía de servicios” (turismo, comercialización de fuerza de trabajo calificada y otros) para incrementar los ingresos estatales y ofertar más participación al capital extranjero en la explotación de nuestros recursos naturales, compartida con el estado. Los pocos que hablan del cooperativismo, sólo se refieren a las cooperativas en la  agricultura, casi nadie habla de cambiar las relaciones de producción en la industria y los servicios.

Son las posiciones de los que, atados al  tradicional discurso  del viejo “socialismo de estado”, demostradamente inviable por su estatismo asalariado y sus esquemas burocráticos centralizados de acumulación, planificación y monopolio gubernamental del mercado interno, que reprodujeron el estado autoritario,  no captan las señales de los nuevos tiempos, del “cambio de época” y siguen haciendo malabares con los viejos dogmas en la mano derecha, y el nuevo discurso de Raúl en la izquierda, que sí está claramente dirigido a promover mayor descentralización, participación democrática y control obrero. Algunos no saben o no entienden todavía el movimiento que sigue, acostumbrados al estilo de esperar la señal desde arriba; pero otros –a propio intento- dejan caer al piso lo que llevan en la izquierda y lanzan al aire lo que tienen en la derecha.

Ahora, ¿casualmente?, el Imperialismo agudiza su campaña intervencionista y redobla su ayuda a la contrarrevolución interna con la doble intención de capitalizar el descontento real existente en la  población por la situación económica, cuya “luz no asoma todavía al final del túnel” y buscando fortalecer las posiciones más conservadoras y enemigas de los cambios necesarios en el seno del aparato estatal, a fin de frustrarlos y obstaculizar el diálogo complejo entablado entre los revolucionarios para buscar soluciones socialistas a nuestros problemas. Son ahora los imperialistas los empeñados en que les sigan “echando la culpa” porque aquí no podamos avanzar en la democracia socialista. Si necesario es desmotar la actividad enemiga, la forma de hacerlo puede servir a sus intereses provocativos. Veremos quiénes –dentro- le siguen la rima.

Dadas la confusión y la desesperanza que nos dejó el desastre del “socialismo real” se hace necesaria la mayor claridad posible en cuanto a los fines y medios  del socialismo, por lo cual el debate no  puede cesar y hay que seguir diciendo y escribiendo y tratando de presentar nuevos argumentos sobre la necesidad de la Autogestión Socialista como vía para impedir la reversión de la Revolución y garantizar el socialismo. Es la batalla ideológica a la que nos convoca el momento histórico.

Carlos Marx dedicó el Capítulo LI del III Tomo de su obra cumbre, El Capital, a establecer las diferencias y vínculos de dependencia entre las relaciones de distribución y las de producción (1). 150 años después muchos “socialistas” y “marxistas” siguen hablando del socialismo como un asunto relativo a la esfera de la distribución y no sustantivo al de las relaciones de producción.

Allí escribió el fundador de la teoría revolucionaria:

“…las relaciones de distribución son esencialmente idénticas a estas relaciones de producción, el reverso de ellas, pues ambas presentan el mismo carácter histórico transitorio…..Las llamadas relaciones de distribución responden, pues, a formas históricamente determinadas y específicamente sociales del proceso de producción, de las que brotan, y a las relaciones que  los hombres contraen entre sí en el proceso de reproducción de su vida humana.  El carácter histórico de estas relaciones de distribución, es el carácter histórico de las relaciones de producción, de las que aquellas solo expresan un aspecto.”

En su afamada y muy conocida, pero poco estudiada y menos interiorizada Crítica al Programa de Gotha (2), “El Moro” –así le decían sus amigos- señala:

 “… es equivocado,  en general,  tomar como esencial la llamada distribución  y hacer hincapié en ella,  como si fuera lo más importante.

 … La distribución de los medios de consumo es,  en todo momento,  un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción.   Y esta distribución es una característica del modo mismo de producción.   Por ejemplo,  el modo capitalista de producción descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción  les son adjudicadas a los que no trabajan,  bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo,  mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción,  la fuerza de trabajo.   Distribuidos de este modo los elementos de producción,  la actual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. ...” y  remata: “El socialismo vulgar (y por intermedio suyo una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y a tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que está  dilucidada la verdadera relación de las cosas, ¿porqué volver marcha atrás?

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels expusieron: “…la condición de la existencia del capital es el trabajo asalariado”,  debido a que el trabajo asalariado es la forma de organizar la producción para extraer la plusvalía al trabajador, razón de ser del capitalismo. De manera que la superación del capitalismo pasa por la eliminación de la condición de su existencia. Socialista será, por tanto, el partido que inscriba en su bandera: “Abajo el trabajo asalariado”

Fue por ello que en su obra “Salario, precio y ganancia” (3) Marx escribió:

“Creo haber demostrado que las luchas de la clase obrera por el nivel de los salarios son episodios inseparables de todo el sistema de salarios, que en el 90 por 100 de los casos sus esfuerzos por elevar los salarios no son más que esfuerzos dirigidos a mantener en pié el valor dado del trabajo y que la necesidad de forcejear con el capitalista acerca de su precio va unida a la situación del obrero, que le obliga a venderse a sí mismo como una mercancía. Si en sus conflictos diarios con el capital los obreros cediesen cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor envergadura.

Al mismo tiempo, y aun prescindiendo por completo del esclavizamiento general que entraña el sistema de trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerar ante sus propios ojos el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos, que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado.

Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador “Un salario justo por una jornada de trabajo justa”, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: “Abolición del sistema de trabajo asalariado”.

La socialdemocracia alemana después de Engels y particularmente Kautsky y luego Berstein, se olvidaron de la “abolición del trabajo asalariado” y aceptaron el punto de vista según el cual se considerada una política socialista, la distribución de la renta nacional de manera que, además de los salarios, ayudara a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y representara una más amplia distribución de la riqueza acumulada por la sociedad, sin tener que enfrentar un cambio en la propiedad sobre los medios de producción ni en la organización asalariada del trabajo. Nuevos “sabios” aparecen señalando que lo determinante del capitalismo no es la forma de la producción asalariada, sino su afán mercantil, como si este no hubiera existido desde la esclavitud.

La URSS y el “campo socialista” se quebraron precisamente por no avanzar más a las nuevas relaciones de producción socialistas, mantenerse atados al trabajo salariado –la ley de la sujeción, según el Profesor Radulfo Páez (4)- y dar la espalda al poder real de los trabajadores que se verifica en el control directo sobre sus condiciones de producción y existencia. Después ha habido quienes acusaron a los trabajadores de haber sido ellos lo que dieron la espalda al socialismo, ¿a cuál? Lenin trató infructuosamente de enmendar el camino con su última obra teórica, “Sobre la cooperativización” que sus seguidores sólo aplicaron forzosamente en la agricultura, en las tierras de los pequeños propietarios.Dicen que hoy la Rusia capitalista, no ha podido todavía desactivar aquel intento cooperativo en el campo.

Los que en Cuba promueven “soluciones” de tipo “desarrollistas-capitalistas”, en los marcos del actual “socialismo de estado”, también parecen haber olvidado, o quizás no leyeron nunca, estos pasajes de Marx y no tienen en cuenta que lo determinante en un régimen económico-social es la forma en que se organiza la producción, la manera en que se produce, cómo se explota la fuerza de trabajo, de lo cual depende todo lo demás, la distribución, el consumo, las finanzas, la circulación monetaria, la conciencia social, la superestructura  y no al revés.
                                                                                      
Si en 1865 Marx llamó “conservador” el lema “un salario justo para una jornada justa”, ¿cómo podríamos calificar hoy, 143 años después, tales ideas en una Revolución inmersa en la construcción del socialismo? Todos tenemos derecho a equivocarnos de buena fe. Esperamos que tales posiciones vayan siendo rectificadas, y que se impongan las relativas a “cambiar todo lo que deba ser cambiado” y a “cambiar los métodos y las estructuras”, como dijeron respectivamente Fidel y Raúl.

Algunos hablan de liberar las fuerzas productivas: SÍ, pero NO para desarrollar más capitalismo del que ya tenemos, con más mercantilismo, más consumismo, más desarrollismo, más destrucción de nuestro medio ambiente, ni seguir introduciendo inversiones extranjeras para explotar en forma capitalista a nuestros trabajadores y recursos naturales.

Liberar las fuerzas productivas hoy en Cuba sería –principalmente- quitar todas las amarras estatales al desarrollo cooperativo en el campo, eliminar todas las trabas burocráticas que le impusieron al Perfeccionamiento Empresarial que lo convirtieron de estimulante de la producción en su contrario y llevarlo cada vez más, en todo el sistema productivo y de servicios, a la participación de todos los trabajadores en  las decisiones importantes que se toman en los centros de trabajo de cualquier tipo, desde la elección de los jefes y administradores, que deben ser rotativos, hasta la gestión y la repartición de un por ciento de la ganancia. Los trabajadores lo han venido haciendo a su manera. Eso será lo que hará que la gente se sienta dueña y disminuyan los desvíos y la corrupción.

Mientras no nos cuestionemos el sistema de trabajo asalariado, todo lo que se haga se quedará en los marcos de un neo-capitalismo estatal, pretendidamente socialista, que más tarde o más temprano facilitará la plena restauración capitalista y nos llevará directo al barranco del anexionismo cuando EE.UU. se decida a cambiar su política de agresión y bloqueo por la de acercamiento y penetración.  Recordemos que sólo la compra de alimentos al enemigo histórico provocó una peligrosa dependencia alimentaría que condenó el campo cubano al abandono, de todo lo cual Raúl, con mucha razón, trata de salir casi desesperadamente. Con el sistema estatal actual ¿a dónde nos pueden llevar un millón de turistas usamericanos  y 100 mil cubanos visitándonos –anualmente- vertiendo su consumismo y corruptelas en cada esquina y miles de empresarios gringos, correteando en sus cadillacs por toda Cuba,  invirtiendo en petróleo, turismo y agro-industria, con los bancos norteños dando créditos para vender aquí toda su mercadería y oficinas consulares y comerciales yanquis por doquier?  No. ¡Esa no va!

Si los yanquis lograron “tender sus puentes” hasta China, al otro lado del Pacífico, cuando les dieron la oportunidad y “han virado aquello al revés, con toda su diferente historia milenaria y sus mil tres cientos millones de habitantes”, qué no harán a escasas 90 millas, con una idiosincrasia parecida, sobre una pequeña población llena de necesidades y ansiosa de cambios: puentes llegarán y hasta túneles cavarán para el abordaje pirata con bandera bucanera que preparan. La invasión no va a ser con aviones, barcos ni tanques. Semejante acometida solo puede ser neutralizada por el pueblo y los trabajadores organizados económica, social y militarmente en un sistema integrado de autodefensa de los intereses compartidos, alcanzable por la conciencia de propietarios sobre los medios de producción, que hoy no existe porque “todo pertenece al estado”.

Esa “economía de servicios” que algunos nos están “pintando” para un “cercano vuelo nupcial” con el imperio, tiene una clara fetidez anexionista, por muy buenas “perspectivas económicas” que nos  quieran “vender” para bien del “estado socialista”. Hay que aguzar el olfato, la visión, el tacto y todos los sentidos. Nuestros especialistas en “marketing” internacional dirigiendo la “economía del socialismo” pueden resultar muy peligrosos.

Pero además, como el suelo y el subsuelo patrios son de todos los cubanos, debería tenerse en cuenta la opinión del pueblo a la hora de hacer contratos con empresas extranjeras para explotar nuestros recursos naturales, sobre todo antes de contraer tales compromisos con vecino tan poderoso. El petróleo ha llevado a la mafia texano-californiana a tres guerras bien lejos de sus fronteras, en el Medio Oriente. Más nos valdría buscar en el ALBA y en cualquier otro lugar antes que  en EE.UU., fuentes externas de financiamiento y continuar profundizando las ideas de la  revolución energética que nos legó Fidel, investigando todo tipo de alternativas con el concurso  de nuestros trabajadores y técnicos y nuevas posibilidades de ahorro en cada centro, en cada equipo, en cada puesto, pero eso demanda -¡claro!- que los trabajadores se sientan dueños, participen de la ganancia y cada uno sufra en sus ingresos las consecuencias de sus acciones de ahorro o despilfarro.

Por muchas razones no tenemos que seguir los senderos de China y Viet Nam que algunos compañeros proponen. Empezando porque estamos en Cuba, a un “brinquito” del imperialismo más fuerte de la historia, que lleva 200 años tratando de anexarse este país y está dispuesto a ensayar todos los medios incluido el cambio de política ya anunciado por Obama -zanahoria que no pocos admiran entusiasmados- y el que van a apoyar allá cientos de  miles de cubanos, por razones diversas, pero entre ellos muchos dueños de capitales deseosos de lograr la completa restauración capitalista acá, para la cual cuentan ya con el apoyo explícito o tácito de no pocos dentro, colados en todas partes, que han perdido toda confianza en el socialismo.  

Ya se ha visto en la práctica, el “socialismo de estado”, en verdad un capitalismo de estado –así lo llamó el propio Lenin aunque desagrade el uso del término-, es incapaz de pagar la fuerza de trabajo por la falta de correspondencia entre sus fines distributivos “socialistas” y su forma de producción asalariada, capitalista.  Nuestra propia práctica con empresas extranjeras que pagan más salario por la izquierda, lo ha evidenciado. Romper el ciclo que conduce de nuevo al capitalismo, pasa por ser consecuentes con el ideario socialista marxista que preconizamos y avanzar hacia la abolición del trabajo asalariado.

Tienen razón quienes plantean que es demasiado grande nuestro aparato burocrático improductivo. No por gusto Raúl se propone disminuir los ministerios, compactar sus estructuras, llevarlos al mínimo y probablemente dejarlos sólo en funciones  metodológicas, descentralizando la administración y municipalizando todas las decisiones posibles. Las ramas y aparatos no productivos que deberán funcionar de todas formas, tendrán que readecuarse a nuevos presupuestos, reajustar su personal, optimizar sus recursos y tendrán que agenciarse otras formas de financiamiento y mecanismos de recaudación. La municipalización de los presupuestos debe jugar un papel determinante en esto; así como la vinculación a importantes centros de producción y servicios de círculos Infantiles, escuelas específicas de enseñanza técnica, el médico de los trabajadores  y otras prestaciones comunales, que los financien de forma autogestionaria. Estas experiencias se dieron  en Cuba, pero el centralismo burocrático las desapareció en la medida en que el estado fue creando su poder “independiente”.

Igual, las Milicias obreras, campesinas y estudiantiles,  podrían encargarse de la seguridad y defensa de los centros y áreas respectivas, si la gente tuviera sentido de pertenencia. Entonces nadie desviaría recursos y no harían falta caros y especializados cuerpos de vigilancia de los “bienes del estado”, que se contratan bajo la filosofía de protección a cambio de salario.

La Revolución se pierde o se gana, según sigamos la filosofía económica del viejo socialismo burocrático basado en la propiedad estatal, el trabajo asalariado y la centralización de la acumulación, el mercado y la planificación que lo lleva a hacer cualquier cambalache mercantil, obligado por sus contradicciones sistémicas, a fin de “tener más para controlar, hacer sus planes y repartir paternalmente”, vía por la cual “terminamos en brazos” de nuestro enemigo; o  avancemos a las nuevas relaciones socialistas de producción cooperativas, hacia el triunfo del trabajo sobre el capital. Cuba, como ningún otro país del mundo, está en condiciones, para abrir el camino del nuevo socialismo a partir del abandono progresivo del trabajo asalariado y la introducción de la autogestión socialista (con sus formas de propiedad cooperativa, autogestionada y cogestionada entre el estado y los trabajadores), la descentralización de la actividad mercantil y la acumulación, y la planificación democrática, por el hecho de haber logrado nacionalizar la tierra (90 %) y todos los medios de producción fundamentales.

Algunos, con tal de obstaculizar el desarrollo de la Autogestión Socialista, la acusan diversionistamente de promover el capitalismo sin argumentación ni base alguna, haciendo creer  que las “cooperativas son propiedad privada y compiten en un mercado capitalista”. Pero en las nuevas condiciones, ni una, ni la otra cosa según Marx: ya ha sido bien explicado en otros artículos y ensayos. Entiéndase que la gran mayoría de este pueblo no admite la explotación capitalista…ni en su disfraz estatal. La gente que no quiere trabajar lo dice claro: “no trabajo por un salario, menos si no resuelve mis problemas, quiero que me dejen trabajar para mí”. Una mala lectura de ese fraseo popular, en la que coinciden las extremas derecha e izquierda, es que la gente quiere capitalismo o son vagos. Una interpretación revolucionaria es que rechazan ser explotados y quieren autogestión. La parte corrupta de la clase burocrática que se ha ido conformando, hará todo lo posible por obstaculizar la Autogestión Socialista, al igual que el Imperialismo y la contrarrevolución quienes saben que allí, donde exista, sólo pueden entrar después de arrasar, si lo logran. Próximamente se publicará Socialismo y Mercado, para tratar de ayudar a esclarecer el inevitable y necesario papel transitorio del mercado en el socialismo.

La Autogestión Socialista, empresarial y social, que permitiría a los trabajadores sentirse verdaderos dueños de su destino, de sus fábricas, de sus centros de servicios, sería la garantía de la irreversibilidad de la Revolución y de la lucha de los trabajadores por su victoria ante cualquier intento, por cualquier vía, de apoderarse de nuestras tierras, de nuestros medios de producción, de nuestra patria y de restaurar el capitalismo anexionista. Pero eso, no lo lograrán ni por las malas, ni confundiendo.

Marx fue muy claro: ¡Abajo el trabajo asalariado!

Socialismo por la vida.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La Habana, 20 mayo de 2008.   
1) C. Marx. El Capital. T-III. Capítulo LI. Relaciones  de distribución y relaciones de producción. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana 1973.
2) C. Marx. Crítica al Programa de Gotha. O.E,  en tres Tomos, T-III, Editorial Progreso, Moscú 1974,
3) C. Marx. Salario, Precio y Ganancia. O.E. en tres tomos. Tomo II. Editorial Progreso. Moscú 1973.
4) Radulfo Páez. Ley económica que lleva al hundimiento al “socialismo estatal”. Publicado en kaosenlared.net.

Joomla templates by a4joomla