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La falacia de composición y la paradoja de la austeridad pública en política económica: ¿que florezcan decenas de Letonias? Marshall Auerback · Rob Parenteau · · · ·   14/03/10  

Si ustedes quieren ver las consecuencias reales de la teoría económica dura, de la teoría económica con un par de huevos, olvídense de Grecia y echen un vistazo a Letonia. El desplome de un 25,5% de su PIB en los dos últimos años –sólo en el último año, un 20%— es ya el peor registro bianual de la historia. El país dio hace poco a conocer una caída del 12% anual de los salarios en el cuarto trimestre de 2009 en relación con el mismo trimestre de 2008. El FMI prevé otro 4% de caída para este año, y pronostica que la pérdida total de producto, desde el punto culminante hasta que se toque fondo, llegará al 30%. Para situar todo esto en un contexto más amplio, la magnitud de esta pérdida de producto en Letonia es superior al registrado en EEUU durante el desplome de 1929-33 en la Gran Depresión.

La teoría económica académica dominante insiste en que la vía hacia el pleno empleo pasa por unos salarios más bajos. Si quieres vender más productos del trabajo, recorta el precio del mismo, es decir, los salarios. Se trata de un argumento que incurre en la clásica falacia de composición. Lo que puede valer para una empresa, no es probable que valga para todas. Los recortes salariales, tomados de consuno, lo que hacen simplemente es destruir la capacidad agregada de gasto, a menos que la demanda evaporada se reconstituya por otras vías.

Pero aunque la balanza exterior de Letonia está mejorando (en buena medida a causa del colapso de las importaciones resultante del colapso de la demanda interna), el país es incapaz de poner por obra una política fiscal  efectiva a causa de las restricciones externas de su sistema monetario, anclado a un tipo de cambio fijo. Es verdad: la balanza por cuenta corriente se está volviendo ahora positiva, pero sugerir que cualquier país puede "deflacionar internamente" su economía mediante una destrucción salarial de esta magnitud, a fin de alcanzar una situación así, es un argumento basado en otra falacia de composición. No todo el mundo puede, de consuno, incurrir en excedentes comerciales, particularmente no, si sus políticas tienden a destruir la demanda mediante la destrucción salarial masiva. 

Más importante, todavía: la propia estructura de un sistema de cambio fijo es un error. Requiere que una nación tenga reservas extranjeras suficientes como para facilitar la convertibilidad al 100% de su base monetaria (reservas y efectivo rebosante). Bajo ese sistema, el banco central tiene que garantizar la convertibilidad a una tasa fija de cambio frente a la llamada divisa-ancla. El gobierno se ve entonces fiscalmente constreñido, y todo el gasto público ha de respaldarse o con ingresos fiscales o con emisión de deuda. Fijar la propia moneda, pues, significa que el banco central tiene que gestionar los tipos de interés de manera tal, que garantice el mantenimiento de la paridad, de modo que la política fiscal se ve limitada por las exigencias de reservas (y por eso resulta eso tan grato a organizaciones como el FMI: ata a los gobiernos de pies y manos). Letonia fija su moneda a 0,71 lats por euro, y se asoció en 2005 al Mecanismo Europeo de Cambio, a fin de preparar su entrada en la eurozona. Opera con un sistema similar al de la Argentina en los 90, que terminó por colapsar y condujo a la quiebra de 2001 (Argentina había fijado su sistema al dólar).

La deuda de la economía se prevé que alcance el 74% del PBI a fines de este año, y supuestamente se estabilizará en un 89% hacia 2014 en el mejor escenario contemplado por el FMI. Sin embargo, una devaluación elevaría substancialmente las tasas de servicio de la deuda, dada la gran preponderancia de la deuda exterior (cerca del 89% de la deuda letona está denominada en euros). Así pues, el régimen de cambio fijo no sólo restringió el margen de maniobra fiscal del gobierno letón, sino que engendró una enorme fragilidad fiscal, porque los letones operaban de acuerdo con el ilusorio supuesto de que el cambio fijo era inviolable, animando a los prestatarios a actuar ignorando el riesgo de la tasa de cambio. Como en la Argentina de hace una década, una devaluación llevaría, con toda probabilidad, a una quiebra y al impago de la deuda exterior. Argentina logró finalmente una recuperación del 25% de su producto en los dos años que siguieron al primer trimestre de 2001, pero sólo tras una devaluación del 190% (que llegó a ser del 300% en el momento culminante).

Como han observado Michael Hudson y Jeff Sommers, "esa deuda sitúa a Letonia muy lejos de los límites de la deuda fijados en Maastricht para el euro. Pero lograr la entrada en la zona euro ha sido el principal pretexto de que se ha servido el Banco Central letón para adoptar las penosas medidas de austeridad necesarias para mantener el régimen de cambio fijo de su moneda".  Observaban también que mantener ese régimen fijo ha significado el acúmulo de una montañas de reservas de divisas que de otro modo podrían haberse invertido en la economía nacional. También ha impedido el uso de políticas fiscales, pues, a causa del ancla letona en el euro, el país opera con las mismas restricciones que si estuviera ya bajo las reglas del Pacto europeo de Estabilidad y Crecimiento.

Sin margen para ajustar la tasa de cambio, la única manera de lograr devaluar la moneda es ingeniárselas para lograr una depreciación real: reducir los costos laborales y los precios para hacer más atractivos sus productos comercializables. Eso se describe eufemísticamente como una "devaluación interna": una reducción general, subitánea y coordinada, de salarios y precios. De lo que se trata es más bien de una "devaluación infernal". Equivale a una deflación del ingreso nacional, pues se destrozan los salarios para conseguir que los precios de los bienes comercializables caigan lo suficiente como para que la balanza por cuenta corriente se incremente lo bastante como para vehicular la siguiente ola de crecimiento. El supuesto tácito es que una espiral de deflación por deuda no afecta al país que la realiza cuando los ingresos privados nacionales resultan deflacionados. El argumento para justificar este tóxico remedio es que una reducción de los salarios y de las remuneraciones nominales puede ayudar a Letonia a conseguir un auge de sus exportaciones netas, logrando así una recuperación económica que atenuaría rápidamente, o aun cortocircuitaría, cualquier dinámica de deflación por deuda que pudiera venir a acompañar a la puesta por obra de la devaluación interna.

He aquí, pues, un país que, in nuce, muestra toda la miseria que trae consigo la institución de restricciones políticamente autoimpuestas a la propia acción pública. El gobierno letón ha abandonado voluntariamente los instrumentos de política pública que podrían hacer mejor la vida de sus ciudadanos. Los decisores políticos se han atado de pies y manos, a fin de que los mercados puedan lograr sus milagreros ajustes espontáneos. Han fijado su tipo de cambio, están recortando furiosamente su gasto fiscal neto (bajo el acuerdo logrado con el FMI de recortarlo hasta el 6,5% del PIB: una desapoderada contracción fiscal), y la economía sigue deteriorándose.   

Algo parecido a lo que se cuece en Grecia, país que acaba de introducir una nueva ronda de medidas de austeridad a fin de asegurarse el éxito de su última emisión de deuda pública. Grecia y otros países se enfrentan ahora a la perspectiva de la caída de los ingresos del sector privado: tal es, después de todo, el resultado directo e inmediato de mayor fiscalidad sobre las empresas y los hogares y menor gasto público. La OCDE estima que el PIB nominal de la zona euro ha caído más de un 3% en 2009.

A menos que los déficits comerciales de las naciones que intentan el recorte fiscal logren rápidamente excedentes (la disminución de los ingresos en el país lleva a menos demanda de bienes importados, y menores costes en la producción llevan a un incremento de las exportaciones), las suspensiones de pagos en la deuda privada comenzarán a multiplicarse en cascada por todo el sistema. La pasada semana, como tuvimos ocasión de mencionar, Moody's degradó a la situación de necesitados de observación a 4 bancos griegos. Eso es sólo el comienzo: los efectos del recorte fiscal no han hecho más que empezar. Al tomar esas medidas para evitar una suspensión de pagos de la deuda pública, sugerimos que lo que hacen esas economías es exponerse a más suspensiones de pagos de deuda privada. 

Creemos que los inversores privados todavía no alcanzan a ver esa conexión, pero les resultará diáfana en los meses venideros. Letonia, con un colapso del PIB que raya en el 25%, se convertirá a este respecto en el emblema de la región. Esta tensión en la deuda privada repercutirá en mayores pérdidas –derivadas de préstamos no honrados— para la banca alemana. El tan trabajosamente logrado excedente de la balanza por cuenta corriente alemana seguirá desvaneciéndose. El crecimiento del préstamo está ya ahogado en Europa, y si el análisis aquí desarrollado está en lo cierto, la percepción que de la credibilidad del sector privado tienen los banqueros se hará "periforme", como ellos mismos tan deliciosamente dijeron en Londres.

Y no es eso todo. Todos y cada uno de estos países irán descubriendo lo que aquí llamamos la paradoja del ahorro público. Argentina la descubrió en 2001-2. Letonia y Estonia la acaban de redescubrir. Irlanda está en vías de hacerlo, y en los próximos tres meses, Grecia, sin duda alguna, hará lo propio. Bill Mitchell describió en su excelente blog la naturaleza de esa paradoja de un modo que ilumina la esencia del dilema que tenemos entre manos:

"De Irlanda: el gobierno sacó de la economía miles de millones de euros en forma de recortes en los servicios públicos, recortes en las pensiones y recortes asistenciales, más una oleada de empleados del sector privado substituidos por trabajadores colocados por agencias por un salario mínimo…

¿Y saben qué? Los ingresos fiscales volvieron a desplomarse en enero por debajo de las previsiones.

Luego de dos recortes presupuestarios sistemáticos, los ingresos fiscales siguen en el congelador.

¿El consenso dominante?

Necesitamos más recortes (¡salvo para los banqueros y los altos funcionarios, que no tendrán que tragar con los recortes salariales!). Y el mercado internacional de deuda está feliz con Irlanda. 

Algún día podremos competir con China en materia de niveles salariales y generosos incentivos fiscales para las empresas transnacionales. Mientras tanto, saluden de mi parte a todos los inmigrantes irlandeses."

Ese el futuro descubrimiento que harán Grecia, España, Portugal, Italia… y el Reino Unido…, posiblemente Japón… y tal vez los EEUU, aun cuando podrían lograr aplazar eso otro año. En todos esos países, si el sector privado se está encogiendo ya y el sector público trata de seguir encogiéndolo más, entonces, a menos que acontezca un rápido auge del comercio exterior, lo que, sin sospecharlo siquiera, están haciendo quienes toman decisiones políticas es invitar a los desmayados ingresos privados y a la insatisfecha deuda privada a ingresar en el rompecabezas, puesto que se invierte el estímulo fiscal.

A medida que caen las rentas, los ingresos fiscales caen. Para poder lograr los objetivos fiscales prometidos a los tenedores globales de obligaciones, hay que poner por obra ulteriores recortes de gastos, con lo que vienen, a su vez, ulteriores subidas de impuestos. Como dice el bloguero  irlandés antes mencionado, eso no es una mera teoría; está sucediendo ya. Pero los políticos al mando y los inversores no están dispuestos a reconocerlo. No obstante, para quienes comprenden que las balanzas fiscales no pueden alterarse sin incidir en los flujos de efectivo y en las balanzas fiscales de los restantes sectores de la economía, la paradoja del ahorro público en esta coyuntura resultará harto evidente.  

No estamos defendiendo los generosos niveles de pensiones y bienestar de los trabajadores públicos de la eurozona, las jubilaciones anticipadas, las prácticas corruptas, etc. Eso son decisiones que deben tomar por sí mismos los ciudadanos de cada nación, preferentemente con pleno conocimiento de sus consecuencias, a corto y a largo plazo. No pretendemos dictar los compromisos que tienen que elegir los ciudadanos de cada nación.

La cuestión que estamos planteando es más bien si las tasas de apalancamiento privado de esos países les permitirán resistir las presiones inherentes al tránsito hacia un nuevo crecimiento en ausencia de autonomía fiscal. La pretensión, ahora dominante, de buscar por doquiera la "sostenibilidad fiscal" puede colocar a esas economías en una vía de suspensión de pagos de la deuda privada, que es, al final, insostenible para el conjunto de la economía. Si se pone por obra el recorte fiscal, entonces hay que lograr, a gran escala y a su debido tiempo, una renegociación ordenada de la deuda privada y una liquidación de los activos privados. Nuestra experiencia dice que eso no es cosa fácil, como ilustró en términos inequívocos la observación de cerca de los varios canales financieros que siguieron a la debacle de Lehman. Lo normal es que una receta así termine en una implosión financiera. 

Incluso el honorable David Walker, director ejecutivo del Instituto Peter G. Peterson, antiguo contable general y ardiente enemigo del despilfarro público y el gasto irresponsable, está empezando a entender la precaria naturaleza de la actual situación. En un artículo escrito con Larry Mishel y publicado el pasado 24 de febrero en Politico.com, Walker insiste en la primacía de la creación de puestos de trabajo en la actual coyuntura y reconoce que eso podría actualmente ayudar a su objetivo de reducir los déficits fiscales a largo plazo:

"El presidente Obama se halla en una difícil situación en lo tocante al déficit. Los elevados déficits actuales tendrán que aumentar para contribuir a corregir el desempleo. Al propio tiempo, muchos norteamericanos están cada vez más preocupados con la espiral de déficit y deuda. ¿Qué tiene que hacer un presidente?

La respuesta, desde una perspectiva de políticas públicas, no es difícil: centrarse ahora en el empleo es congruente con la futura corrección de nuestros problemas de déficit."

De eso, queridos lectores, precisamente de eso, se trata, y ni se informa de ello, ni, menos, se discute sobre públicamente sobre el asunto. Ya hemos visto esta película en la Argentina de hace una década. Lograron salir del paso con una devaluación masiva de la moneda "exterior" rayana en el 300% y con un rápido incremento, igualmente masivo, de su balanza comercial, Pero los costes del retraso fueron enormes: desde 1998-2001, Argentina sufrió la mayor recesión de su historia y arrojó a la miseria al 42% de sus hogares. 

Y no todos los países pueden hacer lo que ha hecho la Argentina. Porque, una vez más, no todo el mundo puede lograr simultáneamente excedentes comerciales; el primero que lo consigue tiene ventaja sobre el que viene después, etc. Además, la Argentina repudió explícitamente la deuda externa y devaluó "externamente" un 300% en un momento que coincidió oportunamente con una recuperación de la economía mundial: unas condiciones muy distintas de las hoy prevalentes.

Los EEUU han logrado hasta ahora substraerse a problemas de esa magnitud. Pero a medida que se intensifican las voces del recorte fiscal, podría aguardarnos un futuro no muy alejado de las experiencias  letona, griega y argentina. Al pueblo de Islandia cupo la tarea de plantarse por vez primera ante esta creciente locura neoliberal. En un referéndum histórico, más del 90% de la población ha rechazado una propuesta de devolución de miles de millones de libras esterlinas prestadas por Gran Bretaña y Holanda en concepto de compensación a los depositantes de un banco islandés quebrado. 

Caso de haber aceptado ese trato, los ciudadanos islandeses habrían cargado con una deuda adicional de 16 mil dólares cada uno para poder compensar al Reino Unido y a Holanda con un monto de 5,3 mil millones de dólares por la quiebra de sus bancos locales. Eso, en un país de sólo 300.000 ciudadanos. El voto negativo ya ha impulsado a las agencias de calificación del riesgo a degradar totalmente al país, y ha dejado en el limbo un crédito prometido por el FMI. Los "expertos" proclaman que esto es un desastre para Islandia, pero tanto ellos como sus aliados en la banca lo que deben es estar muertos de miedo por dentro con el resultado de un referéndum que demuestra a las claras que un perro guardián de los rescates internacionales es verdaderamente impotente cuando el pueblo de la nación receptora del rescate se niega a aceptar el regalo envenenado de un "salvamento" económico que no hace sino crear un país de ciudadanos degradados a la servidumbre por deuda.

Llegó la hora de que todos nosotros sigamos la senda marcada por los liliputienses de Islandia: derrocar al juggernaut rentista, antes de que ponga fin a su tarea. Es tiempo de sacarnos el vampiro de la cara para volver a ver la luz del día y dejar que alguna apariencia de humanidad vuelva a florecer. Afortunadamente, Islandia representa el futuro, no Lituania.

Marshall Auerback, uno de los analistas económicos más respetados de los EEUU, es miembro consejero del Instituto Franklin y Eleanor Roosevelt, en donde colabora con el proyecto de política económica alternativa new deal. 2.0. Rob Parenteau es el propietario de MacroStrategy Edge. Editor de Richebacher Letter, es investigador del Levy Economics Institute.

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