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Menos Keynes y más Lenin

Javier Parra | Thursday, February 2nd, 2012

 LeninEn medio de la tormenta política, social y económica más profunda de los últimos 80 años, buena parte del abstracto espectro de eso que llamamos Izquierda se debate entre humanizar el capitalismo volviendo  a los “añorados” años del Estado del Bienestar, o declarar abiertamente que es necesario acabar con él. El debate, no exento de interés – como todos los debates políticos que se precien-, no tiene sentido si cada una de las propuestas no sólo tiene una hoja de ruta clara, sino que demuestra que lleva a algún sitio.

Resulta curioso que entre los primeros, quienes quieren ponerle bridas al capitalismo – no destruirlo – Keynes y su teoría económica ocupe buena parte de las bases de sus análisis de la realidad actual, así como de sus propuestas como alternativas a las políticas actuales de los gobiernos nacionales y las instituciones internacionales. En líneas generales lo que Keynes planteaba es dotar a las instituciones nacionales o internacionales del poder suficiente como para controlar la economía en las épocas de recesión o crisis a través de la política fiscal.

Déjenme decirles que en mi opinión, ser “keynesianista” para acabar con el capitalismo es tan absurdo como ser hitleriano para acabar con el nazismo.

Sea como sea, ni siquiera quienes dicen desear humanizar el capitalismo nos explican cómo lo van a hacer. Y no me refiero a programas electorales, porque que yo sepa ni en las elecciones municipales, ni en las elecciones generales, ni en las europeas, se pregunta a los ciudadanos sobre qué sistema quieren. Me refiero a qué hoja de ruta nos marcan esos ideólogos de reformismo para variar siquiera un poco el rumbo de las brutales reformas involucionistas que está viviendo éste y otros países “casualmente” desde la caída del campo Socialista. El debate está muy bien, y los análisis, y la información crítica, pero pocos de ellos han conseguido de momento hacer que los trabajadores y las clases populares dejen de estar a la defensiva y pasen al contraataque y a la conquista de nuevas cotas de poder y derechos.

Quizá cada persona de izquierdas debería interiorizar y responderse a una pregunta: “¿Quiero reformar y poner coto al capitalismo para que las cosas sean como antes o por el contrario lo que quiero es acabar con él por su naturaleza criminal y explotadora?”. Y cuando nos la respondamos de la manera más profunda y sincera, preguntarnos: ¿y yo dónde estoy?. Porque quizá deseemos lo primero y hasta presumamos de tener  - o de haber tenido – el carné de un Partido Comunista  y simpaticemos o militemos en una organización anticapitalista. Esa entonces ya será una cuestión de identidad política personal que cada uno – y cada organización – deberá resolver como mejor pueda.

Por contra, si la respuesta es que lo que queremos realmente es acabar con el capitalismo, surge una nueva cuestión casi tan importante: ¿Cómo? Y no me refiero tampoco a programas electorales, ni siquiera a repetir como autómatas postulados o ejemplos de los más grandes revolucionarios y pensadores marxistas. A lo que me refiero es a ¿cómo vamos a acabar con el capitalismo? ¿con qué lo vamos a sustituir? ¿cual es la ruta que vamos a seguir para conseguirlo?. Y con esto no digo que no se estén haciendo por parte de numerosos grupos, colectivos, organizaciones, etc. interesantísimos análisis, y se estén desarrollando fantásticas experiencias  y propuestas. Sólo digo que de momento no son capaces de aparecer ante el pueblo y ante los trabajadores como alternativa real de nada. La únicas esperanzas que tienen hoy los ciudadanos que quieren “otra cosa” son, o encomendarse a unas nuevas y lejanas elecciones para que gane “lo menos malo”,  confiar en que todo se vaya al traste y ver qué pasa, o pasar de todo y tratar de salvarse uno mismo. Y con esto no me refiero tampoco a esa parte consciente de la sociedad que ha decidido legítimamente militar, simpatizar o colaborar con la organización que considera oportuno para transformar la realidad; me refiero a las grandes masas, al 90% de los ciudadanos que no tienen ninguna implicación política, pero de cuya implicación – o su pasividad – depende al fin y al cabo que se produzcan o no grandes transformaciones en este país.

Por tanto, si lo que queremos no es reformar la realidad, sino transformarla; si no queremos poner coto al capitalismo, sino acabar con él; si queremos llegar a las masas y no quedar marginados, la respuesta tiene un nombre: Lenin.

Antes de que alguno se eche las manos a la cabeza y diga “¡ya ha llegado el trasnochado!”, déjeme decirle que el modernito Keynes  y los suyos fueron prácticamente contemporáneos a Lenin, y que lo único que hicieron fue salvar al capitalismo. Lenin y los suyos lo hicieron añicos. Pero ser “lenista” no puede ser repetir párrafos enteros de la obra de Lenin – increíblemente actual si se lee atentamente -, ni siquiera repetir su nombre un millón de veces, aunque a muchos nos encante. Ser leninista es partir del hecho impepinable que somos la inmensa minoría pero que defendemos los intereses y las aspiraciones de la inmensa mayoría, para a continuación coger la realidad en nuestras manos y tener la suficiente audacia y osadía para transformarla, poniendo en marcha los mecanismos oportunos donde los trabajadores y las clases populares – de izquierdas y derechas – se vean representados y ser capaces de empoderarlos de tal forma que sean capaces de desafiar y derrotar al poder económico establecido, y al poder político que esté servicio.

En los últimos meses he tenido la ocasión de conocer a numerosos grupos de personas de diversos territorios del país que están desarrollando una labor en este sentido, – sin contacto entre ellos y quizá sin ni siquiera haber leído a Lenin -, pero que merecen y merecerán la atención de quienes nos consideramos “leninistas”. No olvidemos que en ninguna de las organizaciones de la izquierda son todos tan puros, ni todos tan infieles. Lo que sí es importante delimitar la línea entre quienes quieren acabar en serio con el capitalismo, y quienes quieren hacerlo un poco menos criminal.

Mientras no hagamos eso podremos sacar más o menos pecho por ser de la organización más o menos revolucionaria, más o menos leninista, pero sólo servirá para prolongar la desorientación de la llamada izquierda transformadora, para dejar que el capitalismo cure su herida, y para que tengan que volver a pasar una o varias generaciones para tener una oportunidad como ésta.

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