bridge6.jpgbridge2.jpgbridge1.jpgbridge3.jpg

Gramsci

El número y la cualidad en los regímenes representativos. Antonio Gramsci

Ratio:  / 0
MaloBueno 
Compartir

Uno de los lugares comunes más triviales que se van repitiendo contra el sistema electivo de formación de los órganos estatales sostiene que "en él es ley suprema el número" y que las "opiniones de un imbécil cualquiera que sepa escribir (y hasta de un analfabeto en algunos países) valen, a los efectos de determinar el curso político del Estado, exactamente igual que las del que dedica sus fuerzas mejores al Estado y a la nación", etc. *.

Pero el hecho es que no es en modo alguno verdad que el número sea "ley suprema", ni que el peso de la opinión de cualquier elector sea "exactamente igual". También en este caso los números son un simple valor instrumental, que dan una medida y una relación: nada más. ¿Qué es, por otra parte, lo que se mide? Se mide precisamente la eficacia y la capacidad de expansión y de persuasión de las opiniones de pocos, de las minorías activas, de las élites, de las vanguardias, etc., o sea, su racionalidad o historicidad funcional concreta. Eso quiere decir que no es verdad que el peso de las opiniones de los individuos sea "exactamente"" igual.

Las ideas y las opiniones no "nacen" espontáneamente en el cerebro de cada individuo: han tenido un centro de formación, de irradiación, de difusión, de persuasión, un grupo de hombres o incluso una individualidad singular que las ha elaborado y las ha presentado en la forma política de actualidad.

La numeración de los "votos" es la manifestación final de un largo proceso en el cual la influencia mayor pertenece precisamente a los que "dedican sus fuerzas mejores al Estado y a la nación"" (cuando de verdad lo hacen). Si este presunto grupo de óptimos, pese a las fuerzas materiales ingentes que posee, no tiene el consentimiento de la mayoría, habrá que juzgarlo inepto o no-representante de los intereses "nacionales", los cuales tienen que prevalecer al inducir la voluntad nacional en un sentido y no en otro.

"Desgraciadamente", cada uno tiende a confundir su "particularidad" con el interés nacional, y a estimar, por tanto, "horrible", etc., que sea la "ley del número" la que decida; sin duda es mejor hacerse élite por decreto. No se trata, por tanto, de que el que tiene "mucho" intelectualmente se sienta reducido al nivel del último analfabeto, sino de que el que presume tener mucho quiere quitar al "cualquiera" incluso la fracción infinitesimal de poder que posee en la decisión del curso de la vida estatal.

Partiendo de la crítica (de origen oligárquico, no de élite) al régimen parlamentario (y es notable que no se le critique porque la racionalidad histórica del consentimiento numérico queda sistemáticamente falsificada por la influencia de la riqueza), esas afirmaciones triviales se extienden a todo sistema representativo, aunque no sea parlamentario y no esté construido según los cánones de la democracia formal. Tanto menos exactas son entonces esas afirmaciones. En estos otros regímenes el consentimiento no tiene, ni mucho menos, su fase final en el momento del voto. Se supone que el consentimiento ha de ser permanentemente activo, hasta el punto de que los que consienten pueden considerarse como "funcionarios" del Estado, y las elecciones son un modo de alistamiento voluntario de funcionarios estatales de un cierto tipo, sistema que en cierto sentido podría relacionarse (en planos diversos) con el self government. Como las elecciones no se basan en programas genéricos y vagos, sino en programas de trabajo concreto inmediato, el que consiente se compromete a hacer algo más que el corriente ciudadano legal, con objeto de realizar aquellos programas: se compromete a ser una vanguardia de trabajo activo y responsable. El elemento de "voluntariedad" en la iniciativa no podría estimularse de ningún otro modo en las grandes muchedumbres, y cuando éstas no se componen ya de ciudadanos amorfos, sino de elementos productivos calificados, se puede apreciar la importancia que puede llegar a tener la manifestación del voto. (C. XXX; M. 80-82) **.

* Hay formulaciones numerosas, algunas más afortunadas que la aquí recogida, que es de Mario de Silva en la Crítica fascista, del 15 de agosto de 1932; pero el contenido es siempre igual.

** Estas observaciones podrían desarrollarse más amplia y orgánicamente, poniendo de relieve también otras diferencias entre los varios sistemas electorales, según el cambio de las relaciones generales sociales y políticas: relación entre funcionarios electivos y funcionarios de carrera, etc.

www.gramsci.org.ar


Compartir
Joomla templates by a4joomla