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Chile

Las elecciones en Chile y los equilibrios y desequilibrios en América Latina y el Caribe

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Resulta evidente que mi predicción hecha en Santiago, en junio pasado, de que Michelle Bachelet sería electa como la nueva Presidenta de Chile se hará realidad este domingo, si bien mi percepción de que ganaría en primera vuelta no se materializó. No obstante, el triunfo de la Nueva Mayoría en las elecciones de noviembre hace factible tener un Congreso que, lejos de poner trabas y reparos, lleve a la aprobación de las nuevas normas de convivencia que exige la población, desde una nueva ley de educación hasta las imprescindibles reformas electorales. Un cambio sustancial ha quedado todavía en duda: una nueva Constitución. Será el pueblo el que decida, con su fuerza política desde la calle y las instituciones, la forma de lograr la nueva Carta Magna.

Chile celebrará el triunfo de la Nueva Mayoría. No solamente la derecha anda de capa caída y sumamente desprestigiada, sino que su candidata no despierta entusiasmo ni siquiera entre la línea dura pinochetista. Pese a lo anterior, se hace necesario convocar a la participación más amplia posible del pueblo chileno en esta segunda vuelta, porque el enemigo no es el rival en la elección sino que el poder hegemónico localizado en Washington y sus alrededores. Para Estados Unidos, el fin de la era de Sebastián Piñera es una gran pérdida, que ha de ser compensada con presiones constantes contra la Nueva Mayoría y esfuerzos de desestabilización del nuevo gobierno. No sería raro que WikiLeaks diera a conocer en el futuro cercano los cuantiosos fondos invertidos por el Departamento de Estado para inflar a los candidatos de derecha, al igual que se ha inflado a Henrique Capriles en Venezuela, o para que sus agentes se infiltren a lo largo y ancho del país. En este sentido, mientras más contundente sea el voto del pueblo chileno, menos margen de acción tendrán los emisarios del imperio. La juventud, dudosa todavía de votar, debe darse cuenta de que solamente se le podrá exigir al nuevo gobierno que cumpla con las promesas de campaña en la medida en que se haya asumido como propio su programa, mediante el voto, y se mantengan las calles y los recintos educativos como plataforma de lucha.

Washington busca equilibrios que le convengan en América Latina y el Caribe, mientras continúa su asalto contra el Oriente Medio, para apoderarse de sus recursos y entronizar el poder israelita, e intenta poner freno a la creciente influencia mundial de China. Las recientes elecciones en Paraguay y Honduras, fraudulentas y violentas, en el segundo caso, le permite al imperio mantener sus enclaves político-militares en América del Sur y América Central. En México, para contener el avance del centro-izquierda, permitió la imposición fraudulenta del centro-derecha, con un renovado PRI, aunque hubiese preferido un nuevo triunfo del PAN, con el compromiso de profundizar la Iniciativa de Mérida. En Venezuela, han hecho todos los esfuerzos posibles por socavar a la Revolución Bolivariana y al gobierno de Nicolás Maduro, mientras que tratan de fortalecer a su inventado candidato con el apoyo de las grandes cadenas de noticias (con espacios de prensa desde el Miami Herald en Estados Unidos hasta El Mercurio en Chile), que ahora se tienen que tragarse su supuesto plebiscito en las elecciones municipales del 8 de diciembre, publicitadas como “rechazo a Maduro”, y de las cuales el Chavismo ha salido fortalecido. Desde luego, los recientes hechos de violencia en Brasil y Argentina llevan el sello del desequilibrio propio de las agencias secretas estadounidenses. Por un lado, se espió constantemente (o se espía aún) a la Presidenta Dilma Rousseff y se ha aprovechado el disgusto de miles de personas por las inversiones millonarias de cara al Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos para intensificar los disturbios callejeros. Por otro, Cristina Fernández ha dicho que los saqueos en Argentina del 9 y 10 de diciembre, fueron planeados “con precisión quirúrgica”, agregando que “No soy ingenua, no creo en las casualidades, tampoco creo en los contagios. Algunas cosas que pasan en Argentina, en determinadas fechas, no son por contagio, son por planificación”. Tampoco es de extrañar que se busque socavar a Evo Morales, en Bolivia, y a Rafael Correa, en Ecuador, tratando de enfrentarlos con sus bases naturales de pueblos indígenas y organizaciones obreras.

Centroamérica y el Caribe son dos áreas de influencia que el imperio no ha querido soltar desde la construcción del Canal de Panamá. Los problemas que hoy resurgen entre la República Dominicana y Haití, entre El Salvador y Honduras, o entre Nicaragua y Colombia se convierten en pretexto para que las flotas estadounidenses sigan considerando al Mar Caribe como su Mare Nostrum, que les garantiza que las inversiones canaleras o de canal seco, desde Guatemala hasta Panamá, sigan estando bajo su control político y militar, ya sean que se ejecuten con capital estadounidense, de China o de otros países asiáticos. Será difícil que Washington encuentre en Nicaragua un rival de peso contra el Sandinismo de Ortega; pero ya las diferencias con Colombia han llevado a Nicaragua a pedir los “buenos oficios” de los Estados Unidos para resolverlas. El Sandinismo ha dejado de ser “rojinegro” para hacerse “rosado pálido”. La pérdida de Chile llevará a Estados Unidos a intensificar la presión para derrotar al FMLN en El Salvador. Usará fondos cuantiosos para inflar a la oposición de derecha y manejará el fenómeno migratorio, vía amenazas de deportación, para cambiar la intención de voto de los salvadoreños. Guatemala, Costa Rica, Panamá y Colombia se ven como piezas fundamentales del andamiaje conservador en la subregión y, por ahora, hay la creencia de que están bajo férreo control imperial.

Ante el empuje de los países progresistas, que han impulsado el ALBA y han convencido a toda la región de la necesidad de contar con una Comunidad de Estados de Latino América y el Caribe (CELAC ), que, sin competir con la OEA, promueva procesos que realmente respondan a la identidad latinoamericana (el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio dentro de un marco de soberanía y dignidad), Estados Unidos ha respondido ya con el empuje del Acuerdo de Asociación Transpacífico (Trans Pacific Partnership, TPP), como mecanismo para garantizarse sus intereses y privilegios en la cuenca del Océano Pacífico, incluido el control del uso del Internet en todos los países socios. Afortunadamente, las dudas de algunos países impidieron que este Acuerdo se firmara en menos de 48 horas con el concurso de los incondicionales de Washington. Lo anterior refleja que los avances de los sectores progresistas de América Latina, lamentablemente, no son irreversibles. Solamente su desarrollo a nuevos estadios, nuevas alianzas estratégicas a nivel mundial, el respeto profundo de los derechos humanos y del estado de derecho en sus territorios, y el creciente apoyo de las grandes mayorías de sus pueblos, harán posible la consolidación de los gobiernos democráticos progresistas y el logro de los índices más altos posibles de desarrollo humano en nuestra región. Hoy, Chile tiene la responsabilidad de dar un mandato firme y sólido a la Nueva Mayoría y su candidata Michelle Bachelet y ella tiene el compromiso de volver su mirada al Sur y evitar las tentaciones y presiones del Norte.

Raúl Molina Mejía, Profesor de Historia de Long Island University de Nueva York y Secretario de Asuntos Políticos de la Red por la Paz y el Desarrollo de Guatemala (RPDG)
Nueva York, 11 de diciembre de 2013

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