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El Socialismo

HISTORIA, MARXISMO Y POLÍTICA – Maria Battegazzore 3ª parte.

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Escrito hace cinco años, publicado en la revista Estudios de Uruguay, creo que mantiene toda su vigencia en la actual coyuntura que vive nuestro país y el mundo, en torno a la confusión ideológica, el rebajamiento de la izquierda, las concesiones a la clase dominante.

Ruben López – www.quehacer.com.uy

 HISTORIA, MARXISMO Y POLÍTICA – Maria Battegazzore 3ª parte.

LA RENOVACIÓN Y LA HISTORIA

Si afrontamos la relectura de Gorbachov, vale la pena examinar su concepto de la historia. Luego de descubrir, que “el mundo actual es complicado, variado y dinámico, está penetrado de tendencias contrapuestas y lleno de contradicciones” -lo que supondría que ‘el mundo’ alguna vez fue simple, uniforme, estático y exento de contradicciones- Gorbachov declara que la historia es un proceso ascendente regular. “Sus contradicciones no sólo dictan la sentencia al mundo viejo, a todo lo que impide avanzar, sino constituyen también la fuente, la fuerza motriz del progreso social (...) Y por muchas que sean las dificultades, objetivas o artificiales, interpuestas por el mundo viejo en este camino, la marcha de la historia es inexorable”.[1]

Como se sabe, él se encargó de demostrar prácticamente la falsedad del postulado inicial. Luego de esa acotación irresistible, veamos el contenido. Primero, este optimismo histórico implica una falacia, quizás ingenua, pero nada inocente: induce a creer que cualquier cosa nueva no puede ser sino mejor, un progreso respecto a lo previamente existente, a lo viejo. Segundo, y como consecuencia de lo anterior, conduce al dogmatismo, pues otorga una certidumbre absoluta. “... el materialismo histórico mecánico no considera la posibilidad del error, sino que considera a todo acto político como determinado por la estructura inmediatamente...”.[2]

Esta concepción de la historia como una marcha triunfal, apoyada en una noción lineal y acumulativa de progreso que, para mayor tranquilidad sería “regular”, está mucho más próxima al evolucionismo positivista que al marxismo. Asimismo, la segunda parte implica la idea de fuerzas que actúan por sí mismas, determinaciones suprahistóricas, que dictan el resultado del proceso. En esa formulación, el sujeto del proceso histórico no son los hombres, ni las clases sociales: son las contradicciones, que luego serán expuestas, prolijamente clasificadas en cinco grupos o “nudos” de contradicciones, que serían la fuerza motriz.

Sólo esta línea de pensamiento puede ayudar a interpretar la división de las “dificultades” en “objetivas y artificiales”, que es, por otra parte, a primera -y segunda- vista casi absurda. Si objetivas se distingue, contraponiéndolo a artificiales, podríamos concluir que lo artificial es lo subjetivo y por tanto, que lo objetivo es natural. Estas concepciones suponen una distancia considerable del materialismo dialéctico, que sabe, primero, que todos los aspectos de la vida humana, desde la técnica a la religión, son productos sociales e históricos, en modo alguno naturales. Segundo, que lo subjetivo no es un artificio sobreimpuesto -no se puede evitar, dice Engels, “que todo cuanto mueve al hombre tenga que pasar necesariamente por su cabeza: hasta el comer y el beber...”.[3] 

Llevando el problema hasta el límite, Gramsci cuestiona el materialismo trivial: “¿Es posible que exista una objetividad extrahistórica y extrahumana? (...) Puede muy bien sostenerse que se trata de un residuo del concepto de Dios...”.[4] 

Y, en tercer lugar, que en el proceso histórico los elementos subjetivos devienen factores objetivos.

Sin embargo, esa noción de lo “artificial” es algo más comprensible -lo que no quiere decir más acertada- si la situamos en el cuadro de una concepción unilineal de los procesos históricos, como la ya señalada del “progreso ascendente regular”, sujeta a una lógica interna, que supuestamente sería lo natural, cuya perturbación sólo puede deberse a factores externos, calificados de artificiales. Se entiende así que “... un historiador armado de tal concepción casi no sea capaz de pensar los ‘reveses’, los estancamientos y los retrocesos (...) Se verá entonces tentado o bien, a negar su existencia, o bien a atribuirlos a obstáculos ‘encontrados’ por el desarrollo social pero por naturaleza extraños a su dinámica propia...”.[5] Lo notable es que este comentario, que tan bien se ajusta al texto mencionado, se refiere a las concepciones de... Stalin. También él afirmaba que los procesos de desarrollo deben entenderse “como movimientos progresivos, como movimiento en línea ascensional...”.[6] Cuando considera las categorías que obran en su relato -las ideas, las clases, las fuerzas productivas- la única determinación que importa es la de ser viejas, caducas o nuevas. La contraposición de lo viejo y lo nuevo es absoluta y se da por supuesto que lo nuevo es “para mejor”, en consonancia con la fe en el progreso, entendido en un sentido valorativo y genérico.

Para Stalin, como para Gorbachov, el progreso en la historia es irresistible: sólo se admite la posibilidad del freno o enlentecimiento del desarrollo, por obstáculos “exteriores” a la lógica del sistema. El avance se puede acelerar o retrasar, pero tendrá lugar en el sentido previsto, siguiendo una “línea ascensional”. El viejo topo corre, camina, o se frena, pero a plena luz y sin abandonar la línea recta. Posiblemente por la Perspectiva Nevski.

Para Marx y Engels, en cambio, “A pesar de las pretensiones ‘del progreso’, se manifiestan constantes retrocesos y movimientos en círculo. (...) la categoría ‘del progreso’ carece totalmente de contenido y es una categoría abstracta”.[7]

 

LAS RELACIONES PELIGROSAS

...las frases sonoras contra la fosilización del pensamiento, etc. disimulan la despreocupación y la impotencia en el desarrollo del pensamiento teórico...

V. I. Lenin – Qué hacer

 

Ya vimos la pasmosa novedad teórica que inspira la “renovación” del marxismo que, a compás del derrumbe del socialismo real, marca los tres lustros que cierran el siglo XX. No pensamos que en ella radique la explicación única ni fundamental del proceso uruguayo, pero sin duda lo retroalimenta e irradia su influencia al conjunto del movimiento comunista y de izquierda.

En el Uruguay de esos años el discurso político se puebla de llamados a pensar con la propia cabeza e invocaciones a la nueva forma de hacer política, la credibilidad, las ideas-fuerza, las políticas de Estado, el gobierno para todos o para la gente. Las condiciones y circunstancias, hasta las relaciones de fuerzas y el propio Estado, son enunciados como escenarios. La categoría “gente”, por otra parte, es legitimada por Gorbachov, ingresándola en la terminología del marxismo oficialmente renovado. El concepto de alianzas de clase es suplantado por unas indiscriminadas mayorías nacionales, noción cuantitativa, apta para confundirse con mayorías electorales.

En la medida que se diluía el reconocimiento del carácter policlasista del frente político, cobraba relevancia el elemento pluripartidario, el carácter de coalición en desmedro de su dimensión de movimiento. La contradicción dialéctica de la definición del FA como coalición y movimiento[8], con su expresión práctica, los Comités de Base, dejó de ser comprendida. La unidad como adición predominó sobre la organicidad. Esto contribuyó al retroceso de la actividad de las bases, sustituida por mecanismos de representación, en beneficio de los acuerdos y decisiones de cúpula, acrecentando el personalismo en los liderazgos. En la medida de la indefinición programática, aumenta la importancia de la persona que ocupa el puesto de decisión. El quién lo hace prevalece sobre el qué se hace.

La definición del marxismo como “método para la acción” se impuso como formulación supuestamente antidogmática. Entendida unilateralmente, como definición total, encubre muchas veces el abandono del marxismo como concepción del mundo, lo que va de la mano con la pérdida de un punto de vista de clase y la resignación de los objetivos revolucionarios. Dice Gramsci, al que tanto y tan vanamente invocaban los renovadores, “... la filosofía de la praxis se ‘basta a sí misma’, contiene en sí todos los elementos fundamentales para construir una total e integral concepción del mundo, (...); y no sólo ello, sino también los elementos para vivificar una integral organización práctica de la sociedad, esto es, para llegar a ser una civilización íntegra y total. (...) Una teoría es verdaderamente ‘revolucionaria’ en la medida en que es un elemento de separación y de distinción consciente entre dos campos, en cuanto es un vértice inaccesible al campo adversario. Considerar que la filosofía de la praxis no es una estructura de pensamiento completamente autónoma e independiente, en antagonismo con todas las filosofías y religiones tradicionales, significa, en verdad, no haber roto los lazos con el viejo mundo y, por añadidura, haber capitulado”.[9]

Considerar al marxismo una concepción íntegra y total no excluye, sino que implica, el concepto de su desarrollo creador, fecundado por la conjunción de la indagación intelectual y la praxis revolucionaria. No sólo según el conocido aforismo, “no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria”, sino que “La praxis revolucionaria mundial -que se nutre primordialmente de la experiencia de cada pueblo- enriquece la teoría, produce teoría; es la recreación sin tregua de práctica y teoría tan característica del marxismo”.[10] En este sentido, conforma una totalidad acabada e inacabada, completa en sí misma, pero no concluida.

La reducción del marxismo a metodología implica, más allá de intenciones, una posición instrumentalista. Asimismo, a partir de ella se llega fácilmente a ver el marxismo como una doctrina, que debemos aplicar.

De allí a gestar otro recetario no hay más que un paso. La renovación se consuma en un nuevo dogma, cuya expresión exige una terminología renovada, tan formal y obligatoria como la antigua. En 1988, se puede leer “Son exigencias nuevas, que debemos abordar con espíritu crítico, con método, con la utilización de nuestra ciencia, el marxismo-leninismo...”.[11] Al año siguiente, del marxismo se pasa al “método crítico” que se apoya en esta joyita de la teoría y la sintaxis: “Aquí valdría (...) aquella frase señera de Marx de que hemos nacido para transformar el mundo y no para interpretarlo o para pintar sus ribetes grises y negros”.[12] De este texto, que postula la idea de la predestinación -la libertad sólo concierne al uso delas fuentes de cualquier manera- se sigue que el mundo tiene ribetes y alguien se los pinta. No “nosotros” que no nacimos para eso. Asimismo se deduce que la praxis transformadora excluye la interpretación de la realidad, es decir, tampoco nacimos para la elaboración teórica.

La obsesión por “el país gris” abarcó todo un período en las inquietudes del sagaz publicitario que desde la Secretaría de Propaganda del PCU, fue principal ideólogo de la renovación oficial. Como digresión, cabría preguntarse por qué, de todas las autoimágenes de los uruguayos a lo largo de la historia, prevalece entre los renovadores la “grisura”, cuando en su mayoría compartieron la experiencia de una generación que luchó con una perspectiva revolucionaria y estuvo dispuesta a afrontar, y afrontó, la tortura, la cárcel, el exilio y la muerte. Se debería pedir ayuda al psicoanálisis, recordando las afinidades que entre Marx y Freud descubriera Mariátegui, en particular porque, “humillando el sentido común” y las concepciones idealistas, develan los “móviles comprimidos”, enmascarados por las “deformaciones de la conciencia”, social, en uno, individual, en el otro.[13]

Para equilibrar el collar tomemos otra perla, de opuesto origen, pero con igual concepto instrumental del marxismo y otra fantástica versión de la desventurada tesis XI: “Estamos convencidos porque contamos con un instrumento que nos permite el estudio de la realidad en su permanente desarrollo y transformación, para actuar sobre la misma. Nuestro Weltanschauung, concepción del mundo, manera en la que nos paramos sobre la realidad y la contemplamos para modificarla...”.[14] No se puede ser más ajeno a la realidad: la miramos desde afuera, al parecer desde arriba, sin mencionar que la pisamos. Por cierto, ¿no dijo algo Marx sobre la actitud contemplativa del viejo materialismo? Es como siempre esclarecedora -y hermosa- la formulación gramsciana: “...la filosofía de la praxis (...) es la conciencia plena de las contradicciones a través de las cuales el filósofo, entendido individualmente o como grupo social entero, no sólo comprende las contradicciones, sino que se coloca a sí mismo como elemento de la contradicción, eleva este elemento a principio de conocimiento y, por lo tanto, de acción”.[15]

En términos más restringidos, al considerar la cuestión metodológica, señala Arismendi: “Es preciso atenerse a un riguroso y consecuente punto de vista de clase, proletario. (...) Debemos de tener, por lo tanto, una conciencia muy clara de su interés histórico como clase...”.[16] Destacamos ‘interés histórico’ pues indica su distancia del corporativismo economicista, que agota la lucha sindical en los objetivos inmediatos y ostenta una supuesta neutralidad política. Asimismo porque reafirma la primacía de la concepción estratégica sobre la táctica. Arismendi señaló reiteradamente que, si bien toda estrategia reclama una táctica, que debe ser lo suficientemente flexible para manejarse acertadamente en el accionar inmediato, para incidir en el cuadro dinámico de las correlaciones de fuerzas y para ser comprendida por las grandes masas, “ello no quiere decir que las tesis teóricas o el plan estratégico puedan subordinarse a las exigencias de éste u otro aspecto de la táctica”.[17]

El neoliberalismo reafirma elementos de la concepción mecanicista del mundo y la sociedad, característica del temprano pensamiento burgués. Confluye con la tendencia determinista de ciertas corrientes marxistas -el stalinismo y el revisionismo clásico- que la perestroika hace suyas, tomando lo peor de ambas. En Stalin los procesos históricos se presentan como producto de la acción independiente de las fuerzas productivas, reducidas en último análisis a los “instrumentos de producción”, cuyos “representantes” serían las clases dominantes. Los sujetos son abstracciones personificadas: “las fuerzas productivas exigen trabajadores más cultos”, “el capitalismo se enreda en contradicciones insolubles para él”, las “ideas y teorías viejas que han cumplido su misión”, “las nuevas ideas... que organizan y movilizan a éstas [las masas] contra las fuerzas sociales caducas”. Gorbachov dice “el capitalismo se rechaza a sí mismo”, con lo cual no sólo se le adjudica una personalidad sino conflictos psicológicos. Los hombres dejan de ser “autores y actores de su propio drama”[18], para convertirse en objeto de fuerzas y determinaciones extrahumanas. El elemento realmente actuante se convierte en el elemento actuado. Es la conversión del marxismo en ideología, entendida como “toda conciencia espontánea que trata al mundo de lo inintencional como un mundo intencional”.[19]

La concepción del funcionamiento automático del mercado y su papel de regulador económico social no fue exclusiva de la prédica neoliberal. El fetichismo del mercado pasó a formar parte del discurso de la izquierda renovada. Julio Rodríguez atribuye a la revolución técnico-científica una  transformación drástica del mercado, cuyas demandas determinarán, a su criterio, la transformación del modo de producción. Por su parte, en un desborde teleológico, que “con osadía” vindica a Kautsky y se remite a Marx, en el que descubre una “apología del capitalismo”, Grompone sostiene: “...el capitalismo existe porque cumple una finalidad y porque existe una necesidad histórica. (...) El capitalismo existe mediante el mercado, mediante la competencia (...) lo que podemos denominar la selección darwiniana de los productos. (...) Esa función de selección darwiniana para lograr el bienestar material es el papel histórico del capitalismo y mientras no cumpla ese papel (...) no va a ser un obstáculo para el progreso, sino el motor del progreso.” El límite no se alcanzará “mientras tenga mercados por conquistar y mientras haya hambrientos que se puedan convertir en consumidores”.[20] Como el capitalismo produce hambrientos con igual eficacia que productos, su misión es más bien imposible. Al menos Julio Rodríguez tiene la lucidez y la honestidad de aclarar que su hipótesis de la liberación humana por la “nueva economía” hace “abstracción de les damnés de la terre”.[21] Hasta el topo los excluye.

El determinismo materialista que exalta la espontaneidad de los procesos sociales e invoca constantemente las nuevas condiciones de la globalización para devaluar la actividad consciente y voluntaria de los hombres se complementó con el idealismo subjetivo y moralizante. “La renovación es el intento de recuperar (...) toda la fuerza de la dialéctica en nuestras ideas, en cada una de las categorías que manejamos”.“No existen objetivos buenos a los que se pueda llegar por cualquier medio. El camino democrático no es una vía impuesta por las circunstancias, sino elegido por los comunistas uruguayos...”.[22] La sujeción servil al reino de la necesidad se sublima en la ilusión de la libertad interior.

Y porque, como Alicia, ansiamos llegar a alguna parte y estar seguros de dónde estamos, ha resurgido el concepto del necesario cumplimiento de “etapas”, que deben agotarse en su evolución espontánea para que surjan las condiciones de su superación. Es decir, la noción más vapuleada del marxismo stalinista, al menos por historiadores y antropólogos. Muchos que en los años 60 exaltaban el factor subjetivo hasta el voluntarismo y creían firmemente que la revolución no tenía lugar porque los comunistas lo impedían, hoy son fervorosos conversos del gradualismo evolucionista y de proyectos de un “capitalismo en serio”. Por cierto que ya no se auspician acciones violentas, pero la noción de revoluciónque se declara obsoleta o imposible es similar: se reduce al momento de ruptura política, la insurrección, y sólo se constata su función destructiva.

Si las contradicciones no se entienden como inherentes a la naturaleza de las cosas sino como puntual confrontación violenta, sin matices, sin mediaciones, en el plano de la estrategia y de la táctica se opondrán sin remedio, se excluirán mutuamente, la vía pacífica y la vía armada, la evolución y la revolución, la oposición y el acuerdo, la ruptura y la continuidad. Esto conduce a la rigidez y el unilateralismo en política. La gran polémica que desarrolla Arismendi en Lenin, la revolución y América Latina es, más allá de los temas particulares, un combate contra esta forma de pensar.

Puede parecer un anacronismo gratuito insistir en las concepciones de Stalin. Pero lo cierto es que los refutadores y renovadores del marxismo, mal que les pese, comparten en lo esencial sus premisas intelectuales, aunque no la grandeza de sus realizaciones. Por una parte, no se lo puede evaluar en general, abstractamente, al margen de sus circunstancias históricas. Por otra, no hay que perder de vista la capacidad movilizadora del stalinismo, al proporcionar un paradigma claro y distinto, por las virtudes que eran la precisa contrapartida de sus defectos, simplicidad y lógica de hierro, así como la convicción de la inevitabilidad del triunfo. Como de la doctrina calvinista de la predestinación según Cromwell, del marxismo según Stalin puede decirse que era apto para constituir un acicate y un reaseguro para la acción.

 

EL TERRENO Y EL ABONO

La herencia cultural es un acervo que no podría dilapidarse sin que antes se extinguiera la conciencia histórica del hombre como ente pasional y meditativo.

Héctor Agosti – Defensa del Realismo

 

El problema es cómo estas ideas pudieron arraigar en el PCU cuando su orientación teórica desde el XVI Congreso se sustentó en premisas radicalmente diferentes. Voy a aventurar algunos elementos para una hipótesis de trabajo en torno a la herencia cultural, esto es, a lo que no elegimos. Los caracteres peculiares de cada proceso histórico nacional generan ciertas condiciones ideológicas que no son cabalmente formuladas, ni formulables. Es una herencia incorporada que comporta un elemento afectivo y un direccionamiento intelectual, es “la tradición que merodea como un duende en la cabeza de los hombres”.[23]

en el Uruguay la influencia del positivismo spenceriano fue tan profunda que dejó su impronta evolucionista aún en los disidentes, como Rodó. El nacional reformismo batllista reforzó la visión evolucionista como elemento de ideología político social. El componente materialista del positivismo, muy consistente en algunos casos, como en Pedro Figari, se diluyó mucho más en la conciencia social, excepto como el que Gramsci llama “materialismo de sentido común”. El espiritualismo, en su modalidad ecléctica, sobrevivió a los embates del positivismo que, en el último cuarto del siglo XIX, había sido impuesto con mano militar -y no es metáfora- al mundo académico. Otra influencia persistente es el liberalismo, que conllevaba, fundada filosóficamente o teñida de pragmatismo, una axiología relativista. Sólo marcamos líneas dominantes en un medio que nunca fue homogéneo.

las concepciones stalinistas predominaron en un largo período de la vida del PCU, bajo la dirección de Eugenio Gómez. Aún en 1961, cuando Gómez publica un libro, generoso en epítetos contra la nueva dirección, sobre la historia del partido, su referencia teórica sigue siendo Stalin.

Sin embargo, en los trabajos de Arismendi se pueden detectar precavidas pero esenciales discrepancias. En una crítica a un libro de Alberto Zum Felde, publicada en Justicia en 1945, luego de una frase que repite casi textualmente expresiones de Stalin sobre “las ideas que brotan sobre la base de las tareas ya maduras”, expone, apoyándose en la carta de Engels a Starkenburg, una interpretación significativamente distinta, que combate la posición del “subjetivista recalcitrante que mira la historia a la luz de las grandes ideas” y, asimismo, la del “fatalista que menosprecia la actividad subjetiva del hombre a pretexto de incontrastables ‘tendencias históricas’, inconmovibles pese a la acción racional de los hombres”.[24] Y nótese que no dice leyes sino tendencias.

luego del XVI Congreso del PCU, en 1955, es evidente la preocupación de la nueva dirección por la comprensión de la dialéctica y de la historia. La selección de materiales teóricos publicados en los primeros números de la revista Estudios, es expresiva: las cartas de Engels a Bloch y a Starkenburg, las Tesis sobre Feuerbach, las Palabras finales a la segunda edición de El Capital, Fragmentos sobre Metafísica y Dialéctica de los Cuadernos Filosóficos de Lenin.

En el XVI Congreso (1955) y los debates posteriores se acusa a la anterior dirección de “concepciones socialdemócratas acerca de las cuestiones cardinales de la revolución democrática” y de “nacionalismo burgués”, lo que habría conducido a “negar la hegemonía del proletariado (...) a considerarlo un mero auxiliar de la burguesía, a desdibujar su perfil y a confundirlo con el conjunto de las distintas clases que constituyen la nación”. De este modo se comprende “la cuestión nacional desde el punto de vista nacionalista en vez deinternacionalista”. Se señala asimismo la carencia de un conocimiento de la realidad uruguaya que le permitiera “delimitar claros objetivos estratégicos y precisar una táctica correcta”. Como consecuencia de todo ello, el Partido Comunista quedaba reducido a ser “un ala más o menos radical del movimiento democrático”.[25]

Una comprensión mecánica, no dialéctica, del marxismo tiene indudablemente su proyección práctico-política. La idea de que el proceso histórico debe recorrer todas y cada una de una serie progresiva de etapas previamente definidas, que deben agotarse en su evolución espontánea para que surjan las condiciones de su superación; que la actividad consciente y voluntaria no puede desarrollarse hasta que se haya llegado a dicho momento del desarrollo del modo de producción correspondiente, influye directamente en el proyecto político.

Este modo de entender el marxismo no fue exclusivo de Stalin ni de la academia soviética. Mucho antes lo hallamos en el revisionismo clásico y la línea reformista de la II Internacional. Contra este género de interpretaciones batalló incesantemente Lenin. Igualmente se muestra en postulados muy generalizados en el movimiento comunista latinoamericano del siglo XX, en el sentido de que había que culminar la etapa democrático-burguesa, completar la supuestamente inconclusa revolución burguesa, definida según un modelo esencialmente europeo y, más concretamente, francés. Esto condujo, en muchos casos, al alineamiento tras partidos burgueses reformistas o desarrollistas, en pos del cumplimiento de esa etapa necesaria. La noción de “capitalismo deforme” o desarrollo deforme del capitalismo también presupone una norma.

Ciertamente el pensamiento de Arismendi conoce una evolución, fruto de la síntesis de su permanente profundización en la teoría marxista, del atento estudio de los datos de la realidad y de la experiencia de la práctica de los movimientos sociales y políticos en Uruguay y en el mundo. En 1956 el carácter de la revolución uruguaya se definía como “agraria, antifeudal y antiimperialista”. La segunda categoría puede ser vista como una supervivencia del concepto desucesión de formaciones económico-sociales en estado puro. La caracterización de la estructura uruguaya como semifeudal aparecía todavía en Problemas de una revolución continental. En ocasión de la reedición de este libro se halló unaanotación de puño y letra de Arismendi que decía “categoría errada”, de lo cual se dejó la debida constancia, por entender que esta modificación tenía gran importancia teórico-práctica, además de ser testimonio de una actitud intelectual que no declara cerrada y concluida ninguna reflexión, ni siquiera la propia. Por otra parte, Problemas... recoge textos de diversas épocas entre 1945 y 1961, lo que permite seguir, en parte, un proceso de precisión y refinamiento del análisis teórico que implica asimismo el desarrollo de la estrategia y la táctica. Que Arismendi no basa esta elaboración en categorías generales y abstractas queda bien claro en su Esbozo del desarrollo del capitalismo en el campo uruguayo, de 1960, en el cual propone una serie de cuestiones para la investigación que, en su mayor parte, son todavía vigentes.

Vale la pena, sin embargo, advertir una particularidad uruguaya de innegable significación política e histórica: aún cuando entre socialistas y comunistas prevalecieran en la primera mitad del siglo XX estas concepciones, obviamente con sustento en diversas y opuestas fuentes teóricas, ambos partidos mantuvieron su independencia y no se convirtieron, en la práctica, en “auxiliares” del nacional reformismo batllista, del que supieron discernir el carácter de clase. Es cierto que, por sus avances en materia social y su fuerte signo estatalista, la relación de la izquierda uruguaya con el batllismo no estuvo exenta de cierta ambigüedad. Al mismo tiempo, históricamente, la experiencia colectiva de un proyecto reformista nacional-burgués que, tan temprano en el siglo XX, y a diferencia de lo que sucedió en otros países de América Latina, aparentemente logró triunfar y consolidarse, pudo haber contribuido a debilitar las ilusiones acerca de la potencialidad revolucionaria de una etapa democrático burguesa incumplida.

Sin embargo, no hubo un ajuste de cuentas -a la manera concreta y explícita de Marx, Engels o Gramsci con sus raíces filosóficas- con el positivismo ni con el stalinismo que, por otro lado, eran compatibles en varios aspectos. Hay que detectar la herencia con la que se rompe por oposición, pues se convierte en el blanco prioritario de la crítica, en el objetivo más sensible de la batalla ideológica. Es significativa la frecuencia con que Arismendi confronta al relativismo, al positivismo o neopositivismo y sus “incrustaciones en el marxismo”.  En este sentido, hizo suya la opinión de Lenin “que veía en el reformismo una degeneración positivista del marxismo llevada al campo político”. Explicando el concepto de “período de acumulación de fuerzas” subraya que debe ser concebido de modo dialéctico, y no según “la concepción cuantitativa y gradualista” del evolucionismo. “Esta comprensión dialéctica del desarrollo es fundamental para no perder el paso de la historia; si no se quiere extraviar la perspectiva revolucionaria (...) Porque sería ingenuo ver como único peligro el infantilismo. Tan grave y muchas veces más grave, es el riesgo de la adecuación a los procesos característicos de fases lentas o relativamente lentas del desarrollo social”.[26] Destacó el papel activo del partido en la conquista de las masas y en la promoción de su experiencia, la importancia de la elaboración teórica y de la lucha de ideas, la necesidad de claros objetivos estratégicos; reconoció, en fin, la unidad contradictoria de los factores objetivos y subjetivos en la forja de la conciencia y la organización de la fuerza social capaz de llevar a cabo la revolución uruguaya y latinoamericana.

Hay críticas explícitas a algunos aspectos del período stalinista, como la burocratización, pero no a su fundamento, que podemos encontrar en la tesis de la supervivencia del Estado hasta en el comunismo, que evidentemente no fue abandonada por el marxismo soviético posterior. Sin embargo, no puede ser casual la insistencia de Arismendi en las clásicas tesis marxistas y leninistas sobre la necesaria destrucción del aparato burocrático represivo del Estado.

Queda planteado como problema si las negaciones y rupturas por elevación bastaron para que, en el conjunto del partido, quedaran claras las líneas de demarcación filosófica que Lenin consideraba esenciales, hasta en los matices, para la práctica política. “De la consolidación de tal o cual ‘matiz’ puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa por años y años”.[27]



[1]      M. Gorbachov. Cit. Págs. 12-13.

[2]      A. Gramsci.- El materialismo histórico y la filosofía de B. Croce. Cit. Pág. 102.

[3]      F. Engels. Ludwig Feuerbach – O.E.- cit. Pág. 646.

[4]      A. Gramsci. El materialismo histórico y la filosofía de B. Croce. Cit. Págs. 145-146

[5]      A. Pelletier- J-J. Goblot. Cit. Pág. 94

[6]      J. Stalin. Cit. Pág. 638

 

[7]      La Sagrada Familia. Cit. Págs. 149-150. Énfasis de los autores.

[8]      El debate sobre el carácter del FA -coalición o movimiento- fue intenso en los años fundacionales. Para Arismendi su carácter era dual, en tanto constituía “un auténtico movimiento popular” al tiempo que tenía “el pluralismo propio de un frente”, reflejo político de una amplia coalición de clases y capas sociales. (Informe al XX Congreso del PCU- 1970) Una característica que reforzaba el carácter de movimiento y diferenciaba al FA de otras experiencias frentistas, fue el gran contingente de frentamplistas a secas, “independientes”, tanto en la dirigencia como en las bases.

[9]      A. Gramsci. El materialismo histórico y la filosofía de B. Croce.. Cit. Págs. 160-161.

[10]     R. Arismendi. Vigencia del marxismo-leninismo. Grijalbo, México.1984. Pág. 128

[11]     Esteban Valenti. El optimismo de la voluntad el pesimismo de la inteligencia. Estudios, Nº 101, Montevideo, Julio/ 1988. Pág. 8.

[12]     E. Valenti. La revolución necesaria. Estudios, Nº 104, Montevideo, Set/ 1989. Pág. 5. 

[13]     J. C. Mariátegui - Defensa del marxismo. Biblioteca Amauta – Lima – 1967 – Págs. 67 ss.

[14]     Sin firma. Separata Estudios Nº 114. Montevideo, Enero/ 2002. Págs. 8-9.

[15]     A. Gramsci. El materialismo histórico y la filosofía de B. Croce. Cit. Pág. 99

[16]     R. Arismendi – Problemas de una revolución continental. Fundación Arismendi-Grafinel. Montevideo. 1998. T. II. Pág. 140.

[17]     R. Arismendi – Lenin, la revolución y América Latina – EPU. Montevideo. 1970. Pág.206

[18]     C. Marx.- Miseria de la Filosofía. Cit. Pág. 93.

[19]     Maurice Godelier y otros. Marxismo, antropología y religión. Roca, México, 1974. Pág.47

[20]     J. Grompone. Recoger las lecciones. En Marx hoy. Cit. Págs. 212 / 207

[21]     Julio Rodríguez. Ponencia. En Marx hoy. Cit.- Pág. 375, n. 26

[22]     Una reflexión sobre la base de la renovación. Documento del CC del PCU. Junio 1990. La Hora. Montevideo. Págs. 4/ 12

[23]     Carta de Engels a J. Bloch. O.E. Cit. Pág. 734

[24]     R. Arismendi. Problemas de una revolución continental. Cit. T. II. Pág. 293.

[25]     Estudios. Nº 1. Febrero-Marzo 1956. Págs. 52 y 54

[26]     R. Arismendi. Lenin, la revolución y América Latina. Cit. Págs. 382-383.

[27]     Qué hacer. O.E. Cit. T 1. Pág. 137

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